En un año atravesado por la campaña electoral, conviene detenerse en algunas de las posiciones que viene adoptando Javier Milei y en las contradicciones que aparecen detrás de su discurso. La reciente polémica por las críticas a la Argentina, la ofensiva contra los estudiantes extranjeros y el decreto vinculado con el llamado discurso de odio forman parte de una misma discusión: hasta dónde puede avanzar el Gobierno cuando lo que está en juego son las libertades y el modo en que el país se relaciona con el mundo.
Estamos en un año de modo electoral y conviene revisar en qué está Milei. Pensemos en la campaña antiargentina que se produjo al final de la Copa del Mundo, cuando comenzaron las críticas a la Argentina por racismo. Fueron críticas delirantes, producto de cuatro o cinco personas que dijeron barbaridades y que, como consecuencia de los algoritmos, se dispararon a la estratósfera. Los algoritmos están pensados para eso. Si el comentario de Samuel Jackson o de Rosalía hubiese sido halagador respecto de las virtudes de la Argentina, eso no se hubiese viralizado. Pero como han dicho barbaridades, las barbaridades se viralizan rápidamente. De hecho, no conozco ninguna viralización de algo que no sea una barbaridad. Así funciona esto.
Entonces, el presidente aprovechó esa supuesta campaña contra la Argentina para plantear que estaba financiada por Lula, por el wokismo y por el multiculturalismo. Eso derivó rápidamente en una campaña contra los estudiantes extranjeros que vienen a la Argentina, acusándolos de aprovecharse de nosotros y planteando que hay que cobrarles todo. Al mismo tiempo, en el Senado se está discutiendo la Ley de Tierras, para darle la bienvenida a los extranjeros que puedan comprar la mitad de la Patagonia. Doble discurso.
Esto no les gusta a los autoritarios
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Después se presentó un decreto planteando la deportación o el impedimento para ingresar al país de personas que hayan criticado a la Argentina, bajo el argumento del discurso de odio. Es raro en el caso del gobierno del presidente Milei, o incluso en su momento en el caso de Cristina Kirchner, que, siendo grandes propagadores de odio, se espanten por el odio de otros. Esto es medio tuerto y ese decreto es un tema peligroso porque entramos a discutir las libertades.
Por supuesto en diversas entrevistas, Milei criticó mucho a Lula y a Pedro Sánchez sobre el tema de Ceuta y dijo unas cuantas barbaridades. Las palabras del presidente tienen un sesgo muy claro: están dirigidas a la gente que quiere creer que lo que pasó en Ceuta es un problema estrictamente migratorio, que Europa tiene las fronteras abiertas y que está invadida por musulmanes, hindúes y africanos. La conclusión es que deben cerrar sus fronteras porque, si no, les pasa lo que le pasó a Ceuta. Pero pasó otra cosa distinta que no tiene nada que ver con eso. Lo de Ceuta fue un acto de extorsión de parte de Marruecos y de Trump. Es difícil explicar de modo sencillo un fenómeno tan complejo como son las relaciones entre España y Marruecos, entre Marruecos y Argelia, entre España y Argelia, entre todos ellos con el Sáhara Occidental y todo eso con Trump.
Pero ahí está lo que pasó, lo ocurrido fue una derivación, un desenlace de un problema cuyo origen está en otro lado. El problema está en las relaciones estratégicas entre Estados Unidos y Marruecos y en el modo en que Marruecos se venga de España cuando España hace algo que no le gusta al delirante rey Mohamed VI. Además, esto que pasó en Ceuta es la segunda vez que ocurre en los últimos años.
El problema, entonces, no parece estar en la supuesta campaña contra la Argentina ni en el episodio de Ceuta como hechos aislados. Hay detrás cuestiones mucho más profundas que no se resuelven con consignas ni con discursos dirigidos a quienes ya están convencidos. Cuando el Gobierno convierte las críticas en una amenaza, utiliza el concepto de odio de manera selectiva y al mismo tiempo sostiene posiciones contradictorias frente a los extranjeros, el debate deja de ser solamente político: empieza a involucrar las libertades y la forma en que Argentina decide relacionarse con el mundo.
LMM/ff