Promueven sello en libros en defensa de la traducción humana contra la IA

gigjageir_e8160ev0
7 Min Read
Promueven sello en libros en defensa de la traducción humana contra la IA

“¿Sabes quién o qué ha traducido lo que lees? ACE Traductores presenta el Sello de Traducción Humana, una herramienta de descarga gratuita y universal que reivindica la transparencia en el uso de la Inteligencia Artificial Generativa (IAG) aplicada al sector editorial.

“Los libros son fruto de la creación humana y como tal merecen una traducción a su altura, no menos creativa, no menos humana. Por su parte, los lectores, como consumidores finales de ese producto al que llamamos libro, tienen derecho a saber si este ha sido traducido, en todo o en parte, mediante IAG.

“Confiamos también en que las editoriales que se precian de cuidar los textos y las traducciones se avengan a anunciarlo en un lugar bien visible de los libros que publican estampando en ellos el Sello de Traducción Humana.”

Esto no les gusta a los autoritarios

El ejercicio del periodismo profesional y crítico es un pilar fundamental de la democracia. Por eso molesta a quienes creen ser los dueños de la verdad.

De esta manera, el pasado 21 de abril, ACE Traductores (ace-traductores.org) lanzó la campaña a favor de un sello de traducción humana. Esta institución española, fundada en 1983 y ubicada en Madrid, tiene como fin defender tanto los intereses como los derechos jurídicos, patrimoniales o de cualquier otro tipo de los traductores de libros, promocionando actividades e iniciativas en torno a la traducción su importancia cultural. Al sello promocionado lo acompaña un manifiesto –con el título Que no te den datos por libros– y videos de adhesión de distintas personalidades de la cultura disponibles en youtube.com/@acetraductores4586. Clara Juan es la diseñadora del sello propuesto.

El Manifiesto resalta que “la literatura es una fuente de inspiración para todo tipo de narraciones que se consumen masivamente y generan pingües beneficios, desde las series y las películas hasta los videojuegos. A diferencia de las máquinas, los humanos necesitamos la ficción como el comer.” Si bien los gobiernos de turno despectivos de la actividad intelectual bajo la consigna “que no representan un bien de primera necesidad” –y así desfinanciar actividades artísticas mientras construyen cascadas decorativas al estilo de emperador romano–, es el mercado del espectáculo quien mayor usufructo obtiene de las ideas originales humanas; lo que significa: allí existe un valor para la industria cultural.

El núcleo del texto advierte, también, sobre la complejidad de intereses en juego, al punto que conspira contra el mismo mercado: “Que nadie se llame a engaño: lo que busca la industria editorial no es una mayor calidad del producto final, ni tan siquiera una rebaja del precio de venta al público (pese a la significativa reducción de costes que supone emplear la IAG), sino incrementar su propio margen de beneficio en detrimento de la calidad de los libros editados y a costa de precarizar aún más a un colectivo, el de los ‘parias de la edición’ –traductores, correctores, maquetadores, ilustradores–, que a duras penas subsiste desde hace décadas. De prosperar la automatización de los procesos editoriales, este colectivo se verá abocado a la imposible tarea de intentar insuflar vida a textos sin alma, porque, si las obras literarias creadas por seres humanos se retroalimentan en un diálogo eterno, los textos generados por IAG se retroempobrecen, víctimas de una autofagia incesante que devora todo atisbo de creatividad. Y qué decir del coste medioambiental que supone el uso masivo de la IAG en un planeta agonizante o el peligro que representan las ‘alucinaciones’ a las que tan propensa es la máquina, con el consiguiente riesgo de desinformación y destrucción cultural.”

Y concluye exigiendo “transparencia a la hora de emplear la IAG en los procesos editoriales. Esa transparencia debe concretarse en una información clara, sencilla y fácilmente accesible”, de ahí la promoción del sello propuesto.

El pasado martes, Literary Hub publicó un comunicado oficial de la Premio Nobel de Literatura 2018, Olga Tokarczuk: “Como cualquier otra conversación –dice–, los comentarios realizados ante un público en directo durante un evento público pueden malinterpretarse. No escribí mi próximo libro [que se publicará en otoño de 2026 en polaco] ni con inteligencia artificial ni con la ayuda de nadie. Durante varias décadas he escrito sola.” Y agrega: “Utilizo la inteligencia artificial siguiendo los mismos principios que la mayoría de la gente: la considero una herramienta que permite documentar y verificar los hechos con mayor rapidez. Siempre que la uso, verifico la información, tal como lo he hecho durante décadas leyendo libros y consultando bibliotecas y archivos. Ninguno de mis textos, incluida la novela que se publicará en polaco este otoño, ha sido escrito con la ayuda de inteligencia artificial, salvo para utilizarla como herramienta para una investigación preliminar más rápida.” Esto significa que para un autor contemporáneo el uso de la IA para escribir es un desprestigio, por no decir que es un bochorno lamentable.

Hasta aquí dos actores del ecosistema editorial frente a la IAG, los que hacen posibles los libros como tales, los que escriben para que se publiquen, ¿y los lectores? También el martes pasado, el diario Clarín publicó una noticia bajo el título “Creen que las pantallas están afectando la forma en que los chicos se mueven”. En esencia, el texto denuncia: “señalan que el sedentarismo, la pérdida del juego libre y el uso prolongado de celulares y tablets durante la infancia afectan el desarrollo motor y generan lo que llaman analfabetismo motriz.”

La noticia cierne sombras sobre el libro, desde sus géneros infantiles y juveniles en adelante: ¿en qué medida tal exceso afecta la capacidad lectora? ¿Estamos ante la pérdida del lector con capacidad de comprensión de textos?

Share This Article
Leave a Comment

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *