Pan y circo como política de Estado

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Pan y circo como política de Estado

Basta con mirar de reojo los movimientos políticos de nuestra clase dirigente para notar que nos encontramos frente a nuevos ensayos del espectáculo pugilístico al que nos hemos acostumbrado. La política no es solo un enfrentamiento entre opuestos, sino también pan y circo.

Para Carl Schmitt, lo político se determina por la distinción amigo-enemigo. Desde esta óptica, un grupo político se define por quién identifica como adversario más que por sus propuestas; al señalar a un rival –sea la casta, la élite, el empresariado, el populismo o el 95% de algo–, el grupo fortalece su cohesión interna y la identidad política se vuelve reactiva: no solo soy lo que el otro no es, sino lo que ese otro detesta.

Ernesto Laclau retomó parte de esa lógica al señalar que muchas identidades políticas se construyen articulando demandas dispersas alrededor de antagonismos comunes. Así, más que organizarse exclusivamente en torno a programas o ideas, amplios sectores terminan enlazándose a partir del rechazo compartido hacia un adversario. El enemigo deja de ser apenas un actor político para convertirse en condición de existencia del propio espacio.

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Desde esta óptica no existe un nosotros, sino un ellos, y la propia existencia del grupo necesita de la supervivencia de aquel que declama como motor de todos los males –pasados, presentes y futuros, reales o ficticios. Así como la oscuridad es ausencia de luz, si me defino exclusivamente por lo que no soy, la conversión constante resulta inevitable, la falta identitaria se convierte en premisa: hoy puedo ser exactamente lo contrario a lo que seré mañana o lo que odié ayer.

La confrontación política no es en sí misma un problema – e incluso muchas veces expresa disputas reales de intereses, valores o modelos de país -, por el contrario, es parte del combustible necesario para el debate, la búsqueda de acuerdos y consensos democráticos, pero su conversión permanente en espectáculo emocional termina mancillando progresivamente la deliberación y el progreso.

El circo romano no es una novedad. Hace más de 2.000 años que los gobernantes desvían la atención de los problemas reales organizando entretenimientos masivos; ayer fue la arena y hoy son las redes sociales, donde todo pareciera valer y hasta el más mínimo decoro desaparece en nombre de la confrontación permanente. Guy Debord advertía que el espectáculo no era simplemente una acumulación de imágenes, sino una relación social mediada por ellas. La política contemporánea parece haber asumido plenamente esa lógica: dirigentes convertidos en personajes, discusión pública reducida a clips virales y una ciudadanía cada vez más expuesta a consumir emocionalidad antes que deliberación.

La escena no es nueva. Cambian los nombres, los formatos y las plataformas, pero la lógica permanece. Antes fueron los gladiadores romanos; hoy son dirigentes convertidos en personajes permanentes de un ring mediático donde oficialismo y oposición parecen necesitarse mutuamente para sobrevivir. Algo similar a aquellas películas posguerra fría binarias donde Rocky enfrenta a Drago: héroes y villanos simplificados para consumo masivo, identidades construidas a partir del enfrentamiento y públicos sentimentalmente alineados detrás de un bando.

Puede que ahí aparezca uno de los problemas centrales de nuestro tiempo: la política dejó de estructurarse únicamente alrededor de ideas, propuestas, proyectos y valores, y comenzó a hacerlo alrededor de emociones. Mientras el sistema continúe recompensando emocionalidad por encima de racionalidad, la cosa pública seguirá produciendo más gladiadores que estadistas.

La política nunca fue completamente racional. Roma tuvo su arena y la prensa amarilla existe desde hace más de un siglo. Lo novedoso no es la pasionalidad, sino la velocidad, escala y capacidad algorítmica con la que hoy se produce, distribuye y consume. Lamentablemente, las sociedades son las que buscan liderazgos compatibles con sus estímulos emocionales y culturales. La inmediatez, el consumo efímero y el miedo a quedarse afuera (FOMO) son bienvenidos para quienes utilizan el poder desde este lugar.

La Argentina tampoco es ajena a esa tradición. Menem entendió al manejo del poder como construcción estética y emocional: los trajes extravagantes, la Ferrari viajando en tiempo récord de Olivos a la Costa Atlántica, la farándula y los Rolling Stones convivían con el ejercicio del poder. De la Rúa tuvo su fenómeno de celebridad alrededor de sus hijos y el Grupo Sushi. El Kirchnerismo perfeccionó los shows masivos “gratuitos”, mientras que el PRO convirtió globos de colores y escenarios circulares en identidad política. Hoy por su parte, Milei se viste de rockstar y su espacio convierte la política en performance permanente.

La dirigencia política sabe bien que no resulta extraño que amplios sectores sociales prioricen pasión sobre futuro, y no son pocas las figuras centrales de nuestra vernácula dirigencia las que fueron mutando de opuesto, ropaje e identidad de acuerdo con su necesidad de supervivencia y la demanda de espectáculo. A quien le quepa el sayo…

La política contemporánea parece haber abandonado progresivamente la construcción de consensos para abrazar la administración permanente del conflicto. Ya no se trata solamente de discutir modelos económicos, ideas o programas de gobierno, sino de consolidar identidades construidas a partir del rechazo. El votante muchas veces ya no elige por adhesión, sino por temor a que gane “el otro”, porque ese otro encarna nuestros peores miedos y todo lo que no deseamos ser, no queremos enfrentar o directamente negamos y ocultamos.

Sociedades agotadas económica, social y psicológicamente demandan certezas simples frente a la complejidad. La distracción no es solo manipulación dirigencial; responde a una demanda de supervivencia emocional que el ecosistema digital potencia. Las plataformas contemporáneas operan como la nueva arquitectura del debate: actúan como tragamonedas que premian la indignación inmediata y la pertenencia tribal. En este diseño, la moderación carece de incentivos y el conflicto permanente se convierte en el único capital político rentable.

La indignación genera más adhesión que la racionalidad. El algoritmo entiende mejor el enojo que la reflexión.

Las sociedades cansadas no eliminan el espectáculo político: lo consumen, premian, naturalizan y demandan. El asunto de fondo ya no es únicamente que la cosa pública haya degradado progresivamente su debate, sino que la sociedad contemporánea parece volver electoralmente inviable otra posibilidad.

Basta observar cualquier sesión legislativa convertida en entretenimiento televisivo, conferencias diseñadas para circulación en redes o dirigentes que parecen hablar más para humillar adversarios y ganar “likes” que para persuadir ciudadanos.

Como en el mito del Minotauro nuestras sociedades ingresan al laberinto de la confrontación permanente, alimentando una maquinaria política que necesita sacrificar racionalidad, matices y consensos para sostener su funcionamiento emocional. El desafío urgente no es cambiar a los gladiadores de turno ni añorar una sociedad idílica que nunca existió, sino rediseñar las reglas e incentivos de nuestro sistema institucional sin destruir todo lo que se construyó hasta ahora. Solo con una arquitectura pública que premie la deliberación sobre el espectáculo podrá, eventualmente, volver a transformarse el circo en república.

* Escritor.

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