Manuel Vilas: “El amor necesita un cultivo diario o termina muriéndose”

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Manuel Vilas: “El amor necesita un cultivo diario o termina muriéndose”

“Ya no estoy enamorado de ti”. Hay frases que parecen apenas seis palabras y, sin embargo, contienen el derrumbe entero de una vida. Manuel Vilas escuchó esa sentencia una noche, mientras se encontraba en Sevilla por una conferencia. Aquella conversación telefónica marcó el comienzo de una novela que tardaría poco en encontrar su título: Islandia (Destino). Desde ese instante, la pregunta dejó de ser cómo termina una historia de amor para convertirse en otra mucho más difícil: qué queda de alguien cuando el amor cambia de forma.

Manuel Vilas. Foto: Carlos Ruiz, gentileza.

La conversación transcurre sin apuro. Hay silencios, sonrisas y pausas que parecen formar parte de la misma materia con la que está escrita Islandia. Vilas habla del amor con una honestidad poco frecuente: no intenta justificarse ni ofrecer respuestas definitivas. La videollamada se convierte en una conversación sobre el olvido, la soledad, el paso del tiempo y la necesidad humana de seguir encontrando sentido cuando una historia termina.

Islandia está atravesada por la muerte, pero también por los gestos cotidianos del duelo. ¿Por qué le interesaba convertir el pésame –ese momento tan ritual y a veces tan incómodo– en uno de los ejes de la novela?

–El pésame en sí mismo es un misterio del ser humano. Tiene que ver con la compasión y la solidaridad hacia el semejante cuando le ocurre una desgracia. No sabemos ir mucho más allá del pésame. Podemos sentir compasión y expresarla con esa forma tan primitiva de decir “te acompaño en el sentimiento”, pero quien padece la pérdida se queda solo. Es una frase protocolaria que se agradece muchísimo y que suele decirse con sinceridad. Mi padre daba el pésame como un acto muy relevante, porque es la manera en que uno participa del dolor de un amigo. Pero también es un sentimiento limitado: no alcanza al corazón del otro. No puedes entrar en el cuerpo del otro y sufrir por él. El misterio del cristianismo es precisamente alguien que lleva en su cuerpo el sufrimiento de todos los demás. He pensado mucho en esto. Tiene que ver con el dolor humano y con cómo esa experiencia es consustancial al hecho de vivir.

–Hay una tensión constante entre recordar y olvidar. ¿Esa contradicción era una búsqueda consciente?

–El narrador es autobiográfico, soy yo mismo dentro de la novela. Cuando me divorcié de Ana Merino sentí la necesidad de narrar nuestra historia de amor para que no se la llevara el olvido. Ese es uno de los fundamentos de la literatura contemporánea desde Proust y sigue vigente. A veces el olvido es el gran enemigo de la literatura. Escribimos con el ánimo de no olvidar, de luchar contra la muerte.

–Sus personajes parecen convivir con los muertos más que despedirse de ellos. ¿Sirve la literatura para mantener viva una presencia?

–Lo que le ocurre al narrador es que ya no tiene padres, mientras que su mujer sí. Cuando a un ser humano le pasa algo siempre busca el consuelo de sus padres. Es un regreso a la infancia. Cuando eras niño y te ocurría algo malo, ibas hacia tu madre o tu padre y allí estaba el consuelo. Pero un hombre de sesenta y cuatro años ya no tiene a sus padres. Entonces los busca entre las sombras, invoca a los muertos para que lo auxilien en un momento devastador, cuando su mujer lo abandona. Además, por la edad que tiene, siente que se acerca la posibilidad de una vejez solitaria. Piensa que quizá ya no tendrá otro amor. Y eso le aterra.

–¿Le asusta la soledad?

–Le asustó al narrador; ahora me asusta menos. Hoy ya no podría escribir esta novela, porque está escrita a pie de divorcio. Sabía que o la escribía simultáneamente a esa experiencia o la perdía para siempre. Es una novela que me ayudó a identificar la vida con el instinto de supervivencia. A través de la adversidad y la desgracia, el ser humano descubre el fundamento de su existencia: el instinto de supervivencia, la mayor fuerza que hay en la vida. Es una fuerza bruta, primitiva, biológica. Es estar al lado de una fuerza oscura, de direcciones muy misteriosas. Es casi cósmica.

–¿Por qué trabajó una estructura fragmentaria?

–La novela está escrita según el estado psicológico del narrador. O narra su presente o recuerda cosas que vivieron juntos. Quiere, sobre todo, regresar a los primeros tiempos del amor, cuando existía una efervescencia erótica. Esa sorpresa, esa ilusión infinita, como si la vida te revelara una fiesta eterna. Las dimensiones interminables donde vas a ser dichoso y feliz. El entusiasmo, la sensualidad… es estar en una nube, fuera del mundo, del tiempo y del espacio. Son los grandes momentos de plenitud, una palabra que aparece mucho en la novela. Creo que todos los seres humanos, en algún momento de nuestra vida, estamos llamados a conocer esa plenitud. Existe una plenitud biológica, asociada al erotismo y al sexo, y otra cultural, que tiene que ver con la comunión, la complicidad, la amistad y la confianza. La lealtad entre dos personas que se aman también es una forma de plenitud. No se puede estar mejor en la vida que sintiendo la lealtad de tu pareja.

–Después de escribir esta novela, ¿qué diría que es el amor para Manuel Vilas?

–El amor lo es todo. Es la gran fuerza de la vida. Es un misterio también, y además es histórico: sus formas evolucionan. En los últimos treinta años hemos asistido a muchas transformaciones. El amor heterosexual está reconstruyéndose, estamos reconociendo otras formas de amor, como el amor homosexual. Incluso hemos descubierto que el amor puede ir más allá de la dimensión humana. Hay personas que no necesitan amar a otro ser humano; pueden elegirse a sí mismas, amar la naturaleza o vivir en soledad. Pero, en todo caso, el amor siempre es una salida de uno mismo hacia el otro. Es una búsqueda a través de la cual nos convertimos en personas. Yo acabo de cumplir sesenta y cuatro años y no creo que haya nada capaz de ilusionar tanto como el amor. No se puede vivir sin amor. La vida se resiente, aparece una forma de decepción, de amargura.

–¿Por qué explorar esa fragilidad del yo?

–Un divorcio significa quedarse sin identidad. Una relación amorosa construye una identidad compartida. Se genera una identidad común donde uno vive resguardado, amando y siendo amado. Cuando eso desaparece, hay que reconstruirse. De hecho, el gran esfuerzo de una persona divorciada consiste en reinventarse. Todo el mundo me dice: “Te tienes que reinventar”. Significa construir una identidad distinta de la que tenías con tu mujer o con tu marido. Es una tarea urgente porque nace de una ruptura. Después, con el tiempo, esa reinvención puede llegar a ser placentera.

–¿Dónde está el equilibrio entre la experiencia personal y una mirada más universal?

–Siempre he sido un escritor obsesionado con escuchar a la gente y con una enorme curiosidad por los demás. Al final te das cuenta de que somos muchísimo más parecidos de lo que creemos. A todos nos pasan, esencialmente, las mismas cosas: nos enamoramos, mueren nuestros padres, trabajamos, tenemos hijos o no los tenemos, nos divorciamos. Mi trabajo consiste en observar esos acontecimientos e intentar narrarlos. Ahí se produce la colisión entre lo cotidiano y lo universal. A raíz de esta novela me he convertido, casi sin querer, en un especialista en divorcios, porque muchos lectores se acercaban a contarme los suyos. Y descubrí que existe un ochenta por ciento de experiencias comunes. Ahí aparece el consuelo. La literatura siempre ha tenido una enorme capacidad consolatoria: te recuerda que aquello que te ocurre también les ocurrió a otros. Es como si de un libro salieran dos brazos que te abrazan y te dijeran: “No estás solo”. Ese es el gran humanismo de la literatura. Vivimos una época en la que el humanismo parece arrinconado, y quizá por eso existe tanto sufrimiento psicológico. Necesitamos esa conexión emocional con el otro. Sin ella, el sufrimiento se vuelve insoportable.

Manuel Vilas. Foto: Carlos Ruiz, gentileza.

–Si tuviera que nombrar las obsesiones que hoy atraviesan su escritura, ¿cuáles diría que son?

–La soledad es un tema metafísico. Nacemos solos y morimos solos. Incluso la contemplación de nuestra propia alma ocurre en soledad. A veces resulta imposible transmitirle a la persona que amamos quiénes somos realmente. Somos de una complejidad fascinante, y también un poco diabólica. Ni siquiera nosotros sabemos del todo quiénes somos. Otra de mis obsesiones es el tiempo. Leí El Aleph, de Borges, a los catorce años y me cambió la vida. El tiempo es uno de los grandes misterios de la existencia. Decir el tiempo es decir la vida y la muerte. Y también me preocupa mucho la libertad. A cierta edad uno se pregunta si alguna vez fue realmente libre. Estamos atravesados por determinaciones laborales, morales, sociales. ¿Existe algún momento en que podamos salir del papel histórico que nos tocó vivir y decidir por nosotros mismos? No lo sé. Es una pregunta muy dura.

–¿Qué representa dentro de la novela la palabra Islandia: un territorio, un estado de ánimo o una forma de mirar el mundo?

–El título es muy importante porque Islandia, además de ser el país al que viajan los protagonistas, es un territorio simbólico donde ocurre una metamorfosis decisiva. El amor de pareja deja de existir como tal y se transforma en amistad. Esa fue una de las ideas que me llevó a escribir la novela: la posibilidad de que el amor nunca desaparezca, sino que cambie de forma. Si ya no podemos ser marido y mujer porque esa forma de amor se agotó, todavía queda otra: la amistad, la familia. Si a ti te pasa algo, yo voy a seguir estando. Si una noche necesitas que te lleven al hospital, allí estaré. Me da igual que ya no seamos marido y mujer. Sigamos amándonos, no te vayas de mi vida. Nos seguimos queriendo. ¿Qué importa la forma que adopte ese amor? Lo importante es no expulsar de nuestra vida a alguien con quien compartimos una parte tan importante de ella. Ese territorio desconocido donde el amor se transforma se llama Islandia.

–¿Qué le gustaría que descubriera el lector al cerrar la novela?

–Hay una idea que atraviesa todo el libro: el cuidado del amor. Pensar que una vez que encontraste una pareja el amor queda asegurado es un error. El amor necesita un cultivo diario. Igual que uno dedica ocho horas al trabajo, también hay que trabajar el amor: contemplarlo, nutrirlo, alimentarlo. Si no, termina muriéndose.

–¿Y siente que eso ocurre hoy?

–Sí. El narrador de la novela nunca imaginó que escucharía la frase “ya no estoy enamorada de ti”, porque creía que el amor no necesitaba ese trabajo cotidiano. Probablemente ese sea uno de los grandes errores de la masculinidad. Y también un error histórico: pensar que, una vez casado, ya no hay nada más que hacer. Es un error sociológico y educacional muy profundo.

Manuel Vilas básico

  • Nació en Barbastro, España, en 1962 yes poeta, narrador y periodista.
  • Alcanzó reconocimiento internacional con Ordesa (2018), traducida a más de veinte idiomas y distinguida con el Premio Femina a la mejor novela extranjera en Francia.
  • También es autor de Alegría, finalista del Premio Planeta; Los besos; Nosotros, Premio Nadal 2023; y El mejor libro del mundo. Colabora habitualmente con El País, La Vanguardia, RNE y la Cadena SER.

Islandia, de Manel Vilas (Destino).

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