¿Cómo se despide a un amigo? ¿Cómo se ensaya un adiós? Si el amigo es, además, escritor, editor, lector erudito, apasionado bibliófilo, hace todo el sentido que ese homenaje tome la forma de un libro. Esa fue la idea que sugirió Natalia Meta, una de las cofundadoras de La Bestia Equilátera, al cumplirse el año de la muerte de Luis Chitarroni (el 17 de mayo de 2023), tras la mesa organizada en su memoria en la Feria del Libro. La idea prosperó, y ahora se publica Luis Chitarroni. Por sus amigos, en el mismo sello que dirigió durante dieciocho años.

“Nada de obituarios ni trabajos críticos sino recordar a Luis en su ‘excéntrica suntuosidad’”, dice Claudia Melnik, a cargo del prólogo y la edición, “en lugar de colocar lámparas de agua como en China para alumbrarle el camino en las tinieblas”.
A la cita asisten sus amigos y colegas: treinta escritores, periodistas, editores, críticos, con los que Chitarroni ejercitó los dones de la palabra y de la amistad. De Luis Guzmán a Edgardo Cozarinsky, de Sergio Bizzio, Daniel Guebel y Alan Pauls a Laura Ramos y Juan J. Becerra, de Ariel Schettini e Hinde Pomeraniec a Gustavo Ferreyra y María Sonia Cristoff, entre muchos otros, cada testimonio, pequeño ensayo, irá sumando a su turno anécdotas, recuerdos, mails encontrados, epifanías para construir algo así como “las variaciones del recuerdo” sobre el amigo, colega, el maestro y no pocas veces, una figura paterna.
Porque si bien cada testimonio puede leerse de modo individual, algo termina ocurriendo y es que juntos, en sus repeticiones, subrayados, anecdotario, se termina armando una suerte de cartografía o memoria afectiva y, así, conjurar la muerte en forma de duelo colectivo.
Chitarroni rara avis
En 2012, La Bestia Equilátera publicaba Informes de lectura y Cartas a Montale: el libro compartía textos del crítico Roberto Bobi Bazlen, quien “por su pereza inigualable” –según se lee en la contratapa, probablemente escrita por el propio Chitarroni– no había publicado ningún libro en vida.
Tras su muerte, su figura y textos eran curados en una edición a cargo de su amigo Roberto Calasso, incluyendo textos de un género que podría considerarse “paraliterario”: los informes de lectura, y otro que Chitarroni cultivaría con ahínco, el epistolar. (Dice, además, María Negroni que Chitarroni le había dicho que en aquel libro estaba el germen de sus Siluetas).
Con el mismo espíritu celebratorio y evocativo del volumen de Bazlen, ahora La Bestia Equilátera publica Luis Chitarroni. Por sus amigos: un libro rara avis para despedir al amigo, al escritor, al lector, al editor.
“Casi como un oxímoron: alguien como Luis –arriesga Luis Gusmán en su texto– tan visible, sin embargo reservaba una invisibilidad impenetrable”. “Pienso en Luis y lo primero que aparece son gestos, muecas, poses, caras”, dice Alan Pauls, recordando que la barba y los anteojos eran, a su modo, un modo de esconderse, para luego hacer un elogio de su histrionismo.
“Se había esfumado y era un fantasma que aspiraba a esa acumulación de vida que hay en los libros”, especula Gustavo Ferreyra, después de haber leído El carapálida y “adivinar” allí al pequeño Luigi . “Él no tenía talento para disimular lo que había leído –comparte Carmen Cáceres–. Era tímido y el name dropping literario le daba seguridad… Detrás de todo ese ruido y enjambre, era imposible no sentir que el propio Luis se estaba ocultando”.
O la hilarante anécdota de Sergio Bizzio, como “ghostwritters extremos” del programa El Gran Club, conducido por Víctor Laplace, en canal 7. Luis, Luigi, Ludwig, Luisito, los muchos nombres del afecto aparecen en los testimonios para hablar del amigo, casi siempre oculto tras alguna forma máscara.
Diego D’Onofrio cita al propio Chitarroni sobre el sentido del sello que fundaron: “La Bestia Equilátera tiene que ver con la amistad, con el placer –en absoluto secreto– de contagiar un gusto, de transmitir un hallazgo, con los libros absolutamente enemigos del tedio”.
Se rescata, además, esa “generosidad poco frecuente”, al decir de Patricio Pron, por el importante rol que tuvo Chitarroni en la renovación de la literatura argentina a mediados de los noventas. “Fue mi academia y mi universidad, el grado y el posgrado, mi maestría”, escribe Laura Ramos, quien menciona la amistad con Luis como un malentendido después de la cual ya no pudo volver a leer con inocencia.

Peripecias de leer, escribir, editar
“Entre mis alumnos de la facultad hay un muchacho joven que es un excelente lector y muy buena persona, y seguro te puede ayudar”, fue la recomendación del editor Enrique Pezzoni a Gloria Rodrigué, directora de Editorial Sudamericana, cuando tuvo que partir a Inglaterra para dar un curso en la Universidad de Oxford.
Pasado el reemplazo del verano, Chitarroni se sumaría a su maestro como editor en la editorial de la calle Humberto Primo, dando comienzo a una carrera que lo abrazaría y a través de la cual podría dar cauce, también, a su pasión literaria, muchas veces oculto detrás de las pilas de originales.
La pregunta que late es: ¿es posible escindir al Chitarroni editor del Chitarroni escritor, a través de “los vericuetos de su mente libresca” (María Negroni)? ¿Cómo separar al lector erudito del pibe “que no había perdido el barrio” (Gusmán)? ¿Qué hilo invisible conecta las erratas como recurso retórico (Pauls) a los anacolutos mencionados por Schettini?
Para Rodrigo Fresán, Chitarroni era “El Biblioteca” –y no el bibliotecario–. Era “uno de esos escritores que no son otra cosa que lectores que escriben […] un escritor de lo que escriben otros […] durante muchos años. Un escritor de contratapas y de críticas y de textos para presentaciones de lo ajeno”.
Para Juan J. Becerra, como lector, Luis tenía “el don de paleontólogo […] que lo llevaba una y otra vez a desenterrar libros y autores […] con oído absoluto”. Porque, si como sostiene Ariel Schettini, “todas las narraciones de Chitarroni se interrogan sobre el germen de la técnica del arte y la producción artística […] no se puede respirar fuera de la literatura”, no menos cierto es que Chitarroni también encontró soporte –para sus ideas y sus palabras– en cientos de contratapas, críticas, e informes de lectura. (“Sus contratapas eran únicas, muchas veces mucho mejores que los libros que reseñaban, se sincera Rodrigué. “Fue en las cientos de cientos de contratapas que acometió: ningún material más propicio para la confección de la enciclopedia chitarroniana” –advierte Rafael Cippolini).
Pero fue quizás el género epistolar –“una tonelada de cartas y correos electrónicos”, Jorge Fernández Díaz dixit; “su gran texto inédito” (Hopenhayn)– que sus amigos lo recuerdan, y ahora acuden allí para volver a escucharlo, con hallazgos como la “perla” que Hinde Pomeraniec descubre en su intercambio mailístico, allá por 2014, sobre “la edición sin editores”, por escrito, porque “prefiero escribir siempre”.
Homeopática y magnánimamente
“Luis Chitarroni gestionó y tuteló, en suma, homeopática y magnánimamente –con la complicidad y el respaldo de su barba rabínica de entonces– la bibliografía de varias generaciones de narradores argentinos”, pondera Matías Serra Bradford.

Y otra coincidencia general, imposible pensar –recordar– a Chitarroni sin su humor –“Risa combinada, nostálgica, adusta, mezcla de gato Cheshire con Groucho Marx” (Hopenhayn), como cuando le tocó reescribir un manuscrito y, parafraseando a Faulkner, sostuvo: “Voy a hacer todo lo posible por publicarlo, pero por favor, no me obligue a leerlo”, o “Me gustan las personas cuando vienen en forma de libros”, dicho en alguna presentación.
Cinco días antes de su muerte, Edgardo Cozarinsky envío desde el hospital un poema para la antología. Dice allí: “Los libros, infalibles celestinas, / siempre guían de vuelta aquel deseo / que llevó a su lectura, a su escritura”.
Luis Chitarroni. Por sus amigos habla de una pérdida aún cercana, y un justísimo homenaje “al más querible de aquellos que lo saben todo” (Guebel). También de esas muertes que revelan un cambio de época “El mundo cambió, Lud. Ya no es el mismo” (Salvador Gargiulo). Y una dedicatoria –como cierra el testimonio de Walter Romero, en un epigrama del propio Luis–: “Todo sea a su memoria, a toute la mémoire du monde”.
Luis Chitarroni. Por sus amigos (La Bestia Equilátera).