La mística no es suerte

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La mística no es suerte

El martes entendí otra vez por qué a Estudiantes nunca se lo puede dar por muerto. Y menos que menos en la Copa Libertadores. La verdad es que no tenía muchas dudas. Pasado el minuto 40 del segundo tiempo, cuando algunos seguramente estaban abriendo una cerveza o pensando en el mensaje que iban a escribir en Twitter, se me vino a la mente una frase que repito bastante seguido: Estudiantes nunca defrauda. Nunca. Se puede perder (porque es lógico y porque es parte del juego), pero no es lo mismo perder blandiendo los escudos que bajar los brazos. Y eso pasa siempre en Estudiantes. Siempre.

Lo del martes no fue solamente una clasificación. Ni siquiera el alivio final cuando terminó el partido y todo explotó. Fue otra cosa. Algo más difícil de explicar y que, sin embargo, cualquier hincha del club reconoce enseguida. Esa sensación de estar viendo una historia que ya pasó muchas veces. Como si la camiseta, la Copa y la noche se conocieran de memoria.

Somos coperos. Estudiantes tiene eso. Una relación especial con la Libertadores. Una mística que suena exagerada para el que la mira desde afuera (aunque cada vez menos), pero que aparece siempre en los momentos límite. En las difíciles. Cuando hay que aguantar. Cuando hay que sufrir. Cuando hay que morderse los labios. Cuando parece que el equipo no encuentra el rumbo. Ahí, de alguna manera, algo empuja. Sobran los ejemplos. Y no me vengan con la suerte y esa frase que se hizo bandera (mística de la c… de tu madre).

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El martes había ese clima. Esa tensión que no se explica sólo por los puntos o la tabla. No era un simple partido de fútbol. Era una noche copera. Una noche copera de verdad. De las que se juegan en la tribuna, en los pasillos, en las caras de la gente. Y Estudiantes, otra vez, se movió cómodo en ese terreno.

No importa cuántos años pasen. No importa si cambian los jugadores, los técnicos o las generaciones. Hay partidos en los que el club parece recordar quién es. Y entonces aparece esa identidad incómoda para cualquiera que lo enfrente: la de un equipo que entiende la Copa como pocos.

Tal vez por eso la clasificación se sintió distinta. No como una simple obligación cumplida ni como un trámite deportivo. Se sintió como una confirmación. Cómo volver a comprobar que hay noches en las que Estudiantes se transforma. Algo así como lo que le pasa a Bruce Banner cuando se convierte en el hombre Hulk (pero rojo y blanco).

Y quizá esa sea la verdadera mística. No una cuestión sobrenatural ni una frase hecha repetida por televisión. La mística, en todo caso, está en la memoria colectiva. En jugadores como Amondarain, Santi Núñez, Piovi, González Pirez y Guido Carrillo que entendieron lo que había que jugar. En hinchas que sienten que esas noches tienen algo especial incluso antes de empezar.

El martes, otra vez, pasó eso.

Y por unas horas, mientras la gente se abrazaba, lloraba y cantaba después del final, la Libertadores volvió a parecer el lugar natural de Estudiantes.

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