La inversión ausente, un problema y una oportunidad

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La inversión ausente, un problema y una oportunidad

Previsible: si la economía no termina de arrancar y sigue en modo serrucho, tal cual pasa hace tiempo, ahí mismo aparecen algunas explicaciones llamadas incertidumbre, falta de estrategias o estrategias desacertadas al por qué la inversión continúa en lista de espera o se contrae. Eso existe y salta a la vista, aunque los funcionarios martillen con el pregón del crecimiento productivo o intenten vender “récords históricos”.

Para empezar por lo que le toca directamente al gobierno liberal-libertario, tenemos algunos ejemplos tomados de informes del IIEP, un instituto de investigaciones de la Universidad de Buenos Aires y del Conicet. Uno de ellos revela que mayo de 2026 contra mayo de 2025, o sea, en un año, el gasto público en infraestructura cayó 27,8% real y compitió de igual a igual con el considerable 33,2% que la inflación marcó durante el mismo período.

Otra muestra de lo mismo cuenta que esa inversión básica a cargo del Estado nacional retrocedió así al 2,1% del PBI; esto es, a uno de los registros más bajos de los últimos 65 años. Y la última, que desde noviembre del 2023 el bajón alcanzó nada menos que al 85% real: nuevamente, descontada la inflación. Todo “cosa juzgada” y a la vez irreversible.

Poco consuelo hay en argumentar que meter mano en el también llamado gasto de capital es un clásico de los clásicos en los acuerdos con el FMI. Ocurre que bajar la inversión pública a mínimos históricos también implica hablar del impacto sobre el stock de infraestructura, de la competitividad de la economía, del transporte, las comunicaciones, de puertos, de aeropuertos y de los etcéteras más variados. Soñar por soñar no cuesta nada, pero nada gratuito pinta plantar franjas de “Clausurado” que crucen las puertas del Estado Nacional.

Y por si el ruido que ya existe no alcanza, el dato que falta dice que el superávit fiscal acumulado durante la era mileísta aún está por debajo de la meta comprometida con el Fondo Monetario. Luego, habría que pensar en un ajuste adicional, mayor, para cumplir con la meta pactada.

Previsible, otra vez: de algo parecido al cómo sigue la película tratan los arriba de US$ 57.100 millones que la Argentina adeuda al FMI. Y eventualmente, la bien posible posibilidad de que el caso hubiese sido tratado entre Kristalina Georgieva, la directora gerente del organismo y el ministro de Economía, Luis Caputo, durante la visita de ambos a Vaca Muerta transformada en una máquina de producir dólares.

De vuelta a la inversión escasa, datos del INDEC informan que en el primer trimestre de 2026 la también llamada formación bruta de capital fijo bajó 11,6% respecto del mismo período de 2025. Aquí aparece un ejemplo claro de la desinversión: la compra de maquinarias y equipos para la producción retrocedió 18,1% (20,6% la importación) y sumó el cuarto traspié consecutivo.

Así la inversión nacional va alejándose del 25% del PBI, considerado el umbral apropiado para que una economía como la nuestra pueda crecer sostenidamente. Hoy estamos en el 17,2% bajando desde el 19,4% del primer trimestre de 2025. Brasil oscila alrededor del 16% después de un 17,8% previo y Chile se mueve en la misma zona.

El telón de fondo, la variable que acosa al mileismo, lo pone la caída del empleo. Concretamente, los 575.654 puestos de trabajo registrados, en blanco, que se perdieron entre agosto 2023 y abril 2025 según un informe del Centro de Estudios de la Unión Industrial (CEU) basado en fuentes oficiales. Unos 87.000 desaparecieron en el sector fabril y alrededor de 84.000 en la construcción; justamente, en dos actividades que son empleadoras fuertes.

Si la medida del cuadro pasa por el impacto digamos regional, la peor parte le tocó a la provincia de Buenos Aires, con 32% de los empleos caídos, seguida por el 17% de su pariente directa, la Ciudad Autónoma. Entre ambas, 49% del total.

Está claro que aun cuando el fenómeno hubiese tenido lugar durante el gobierno libertario ahí dentro existe mucho lastre o ineficiencias que vienen de antes, unas cuantas de la era kirchnerista. Y también claro que en el revoleo de responsabilidades al mileismo le toca lo que le toca, incluido un plan para salir del pozo de la desinversión.

Se entiende, un plan articulado al menos de mediano plazo, creativo, necesariamente complejo, sostenido en acuerdos firmes y no una simplificación convertida en ley. Sería algo semejante a una oportunidad para tomar por el camino del crecimiento económico, la recuperación del empleo, la mejora de los ingresos y cierto equilibrio social. Finalmente, de cosas semejantes también trata el arte de gobernar.

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