La ausencia o la presencia de respeto es el fundamento de las sociedades decentes. Así lo expresa, taxativamente, el sociólogo israelí Avishai Margalit, profesor emérito en la Universidad de Jerusalén y honorario en la de Oxford, en su libro La sociedad decente. En ese tipo de sociedades, sostiene este pensador, el respeto es un derecho de las personas y un deber de los gobernantes y las instituciones. Si la conducta del que se considera su máximo representante, es decir su presidente, reflejara a un país en su conjunto, la Argentina no aplicaría como sociedad decente. El respeto no es un atributo del que Javier Milei haga gala ni en el orden interno ni en el externo de acuerdo con lo que revelan sus frecuentes desbordes de ira, sus llamados al odio y sus ataques insultantes a todo aquel que disienta con él. El más reciente, pero posiblemente no el último, de esos arrebatos consistió en una destemplada injerencia en la política interna de Brasil, país que lo tuvo como huésped durante un par de días, donde además de insultar al presidente y al máximo magistrado de esa nación tensó peligrosamente los límites de la diplomacia y llegó al borde de la ruptura con el mayor e imprescindible socio económico de la Argentina.
De todos modos, no debería ser el cuidado de acuerdos comerciales, sino simplemente una cuestión de dignidad, el principal motivo para actuar respetuosamente ante un semejante (se trate de país o persona). Decía el filósofo alemán Emmanuel Kant (1724-1804), uno de los pilares del pensamiento occidental, que el amor universal no es posible ni obligatorio. No se puede amar a todo el mundo, y amar a la humanidad es una abstracción. Pero, señalaba Kant, sí es obligatorio el respeto universal, el respeto al otro en su dignidad humana. No se puede pedir respeto para uno mismo si no se empieza por tenerlo hacia los demás. Esta idea, un principio moral básico, no parece formar parte de aquellas con las que Milei se asoma al mundo y actúa en él. En el plano exterior ya había exhibido actitudes similares o parecidas con España y con México y con sus gobernantes.
Se especuló en estos días con la posibilidad de que los desbordes de nervios e intemperancia de Milei sean acciones sobreactuadas y destinadas a complacer a Donald Trump, de quien suele funcionar como fiel escudero, y consensuadas con este, ya que los países en cuestión son blanco de la prepotencia impotente (valga la paradoja) del presidente norteamericano. Si así fuera, se trataría de una táctica política pueril en un mundo carente de líderes competentes, que vive al borde del abismo por la abundancia de gobernantes mediocres. Fuese o no verificable la especulación, la ira destemplada y la falta de respeto no son novedad en las maneras de Milei, y suelen entrar en erupción cuando, como en las últimas semanas, su imagen negativa aumenta y la positiva decrece, más allá de una estabilidad económica cuyos beneficios teóricos no se reflejan en la vida cotidiana de una población acosada por penurias que van desde el cierre de fuentes de trabajo, el deterioro sensible de la calidad de vida, la agonía de las expectativas y estrecheces y privaciones variadas y crecientes.
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Lo cierto es que no se puede juzgar a todo un país o a una sociedad por la conducta de uno de sus miembros, así se trate del presidente. De lo contrario, los cultores de la fobia antiargentina desatada (con impulso de las redes y de las bocas oportunistas de intelectuales, artistas, deportistas, periodistas y variopintos odiadores extranjeros) durante y tras el Mundial de fútbol habría encontrado en Milei un oportuno punto de apoyo. Pero Milei es Milei y Argentina es Argentina.
*Escritor y periodista.