En Tierra del Fuego todavía existen peces que la ciencia no termina de conocer. Una peladilla que requirió nueve años de búsqueda para obtener un único registro, una lamprea que resultó ser una especie propia de la Argentina y poblaciones nativas sobre las que persisten enormes vacíos de información conviven en los ríos fueguinos con salmones y truchas introducidos que pueden superar el metro de longitud.
El nuevo episodio de Ciencia en Fuego, un ciclo de streaming de divulgación científica coproducido por la Agencia de Innovación de Tierra del Fuego y el CADIC-CONICET para acercar el trabajo de campo y de laboratorio a la comunidad, tuvo como protagonista al biólogo e investigador Tomás Chalde, quién se sumergió en este particular ecosistema. El objetivo fue explicar las diferencias entre peces nativos y especies exóticas, pero también poner sobre la mesa una cuestión fundamental: conocer qué especies habitan los ríos fueguinos es el primer paso para poder protegerlas.
Salmones y truchas: parecidos, pero diferentes Aunque truchas y salmones pertenecen a la misma familia, presentan diferencias importantes en su comportamiento y, particularmente, en su relación con el mar. “La principal diferencia es que los salmones, no todas las especies pero sí, están obligados a migrar al mar”, explicó Chalde. Allí encuentran una mayor disponibilidad de alimento y espacio, condiciones que les permiten alcanzar grandes tamaños. Las truchas, en cambio, pueden completar todo su ciclo de vida en ambientes de agua dulce. Además, incluso entre los propios salmónidos introducidos existen estrategias diferentes. El salmón Chinook y el Coho, por ejemplo, pueden reproducirse en momentos distintos para disminuir la competencia por los mismos espacios y recursos.
“Si uno se reproduce en marzo, el otro se va a reproducir en junio para evitar solaparse y competir por el espacio”, explicó el investigador. El Coho, además, representa un desafío relativamente reciente para la ciencia fueguina. Fue detectado en 2019, mientras que los investigadores ya estudiaban al Chinook desde 2006.
El gran vacío: conocer a los peces nativos La situación cambia considerablemente cuando se habla de las especies originarias de Tierra del Fuego. En los ambientes fueguinos habitan puyenes, peladillas y lampreas, entre otras especies. Muchas son pequeñas, difíciles de encontrar y, sobre todo, cuentan con mucha menos información científica que los salmónidos exóticos. “Para estudiar los salmones nosotros teníamos toda la bibliografía del hemisferio norte de años y años y años de conocimiento”, recordó Chalde. En cambio, respecto de los peces nativos, el investigador fue contundente: “hay mucho menos datos, hay mucho menos investigadores”.
Y la dimensión del problema queda todavía más clara con otra de sus afirmaciones: “En Tierra del Fuego ni siquiera sabíamos qué había y todavía no terminamos de saber qué hay”.
Nueve años para encontrar una peladilla Uno de los casos que mejor refleja las dificultades de estudiar la fauna nativa es el de la peladilla (Aplochiton taeniatus). Los investigadores necesitaron nueve años de búsqueda hasta conseguir capturar un ejemplar en Tierra del Fuego. Pero el resultado también mostró las limitaciones existentes: hasta el momento, ese ejemplar constituye el único registro conocido de la especie en la isla. Y cuando le preguntaron qué se sabe sobre esta especie en Tierra del Fuego, la respuesta fue todavía más contundente: “Nada. Sabemos que está, que es un montón, pero no tenemos material para trabajar”.
Por otra parte, la otra especie de peladilla presente en la provincia, (Aplochiton zebra), tiene una distribución diferente y se encuentra solamente en los ríos que desembocan hacia el Pacífico.
La investigación científica también encontró nuevas herramientas para estudiar a estas especies difíciles de detectar. Para identificar genéticamente a un pez nativo poco conocido, primero es necesario establecer su “huella genética”. En el caso del único ejemplar de Aplochiton taeniatus capturado en el río Olivia, los investigadores tomaron un pequeño fragmento de su aleta caudal para realizar estudios de biología molecular. Después, el pez fue devuelto al agua. A partir de ese tejido pudieron obtener un marcador molecular característico de la especie. Esto abrió una posibilidad enorme: ahora los investigadores pueden buscar esa peladilla en distintos ríos sin necesidad de capturar ejemplares, mediante el análisis de ADN ambiental presente en muestras de agua.
Así, una pequeña muestra puede convertirse en una poderosa herramienta para conocer la distribución de una especie que durante años fue prácticamente invisible para la ciencia.
La falta de información no representa solamente un problema académico o científico. También tiene consecuencias directas sobre la conservación de los ecosistemas fueguinos. “El no conocer también te impide cuidarlo”, advierte Chalde. Sin datos suficientes sobre dónde viven las especies, qué tamaño tienen sus poblaciones o cuáles son sus características, resulta mucho más difícil diseñar estrategias de protección y tomar decisiones adecuadas sobre los ambientes que ocupan. En un territorio donde las especies nativas conviven con peces introducidos y de gran tamaño, conocer el equilibrio existente resulta fundamental.
La lamprea argentina: un descubrimiento que cambió todo Entre los hallazgos más llamativos de la investigación sobre los peces fueguinos aparece el caso de la lamprea argentina.Durante mucho tiempo, la lamprea presente en nuestro país había sido considerada la misma especie que se encontraba registrada históricamente en Chile y Nueva Zelanda. Sin embargo, los estudios genéticos modificaron esa interpretación.
El análisis molecular permitió determinar que la lamprea presente en la Argentina no correspondía a aquella especie, sino que se trataba de una especie propia. Chalde explicó el descubrimiento mediante una particular metáfora: “Teníamos una especie que sabíamos que estaba, pero que la estábamos llamando Carlos cuando era Juan”.
La comparación resume de manera sencilla la importancia del hallazgo: no se trató solamente de corregir un nombre científico, sino de reconocer la identidad propia de una especie singular que habita las aguas de Tierra del Fuego. Para los científicos locales, este descubrimiento representa una verdadera “coronación de gloria”. No solamente permitió corregir un error histórico de clasificación, sino que además otorgó una identidad nacional única a un animal sumamente enigmático.
En definitiva, el desafío no es únicamente descubrir qué peces viven en Tierra del Fuego. También es entender cómo se relacionan con su ambiente, cómo conviven con las especies introducidas y qué medidas serán necesarias para conservarlos. Porque, como advierte Chalde, para proteger aquello que habita nuestros ríos, primero hay que conocerlo.
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