Día 960: La nueva jugada de CFK para albertizar a Kicillof

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Día 960: La nueva jugada de CFK para albertizar a Kicillof

La carta abierta de Cristina Kirchner en la que afirma que en realidad está presa y “proscrita” porque es la única mujer “electa y reelecta” presidente, categorizando la decisión judicial que la tiene presa de “machista”, contiene los nuevos lineamientos del kirchnerismo para la batalla interna del peronismo de cara a las elecciones del año que viene. Cristina podría haber dicho, como lo hizo antes, que está presa por ayudar a los pobres, por construir universidades, por la Asignación Universal por Hijo o la estatización de YPF. Pero tiene un problema: esto no la diferencia en nada de Axel Kicillof, su principal oponente y su exministro de Economía.

Al plantear que está presa por mujer y denunciar la complicidad de un sistema judicial y político machista, deja asentado como argumento para el futuro que Kicillof es cómplice de un sistema misógino y patriarcal para ser el candidato del peronismo y obviar su jefatura. Cristina trata de transformar una debilidad —ella está presa y Kicillof no; ella es considerada corrupta y Kicillof, honesto— para transformarla en una fortaleza. Ella es una mujer perseguida y él, un hombre cómplice de la justicia machista.

La acusación anterior del kirchnerismo a Kicillof era que no defendía a Cristina Kirchner con suficiente vehemencia porque no utilizaba el “Cristina Libre” como principal consigna de campaña. Esa línea resultó ridícula para todo el peronismo que no es totalmente kirchnerista y ahora cambian de línea. ¿El objetivo es que Cristina sea candidata? No, la presentación judicial que hicieron sus abogados a la Comisión de Derechos Humanos de la ONU no llegaría a revisarse y estudiarse en el tiempo que le queda hasta la inscripción electoral y, además, no siempre es vinculante.

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Cristina Kirchner repite la frase de “todo tiene que ver con todo” y es cierta. Su apelación a la justicia se relaciona con el caso que tiene mi apellido, “caso Fontevecchia”, y el otro expresidente que estuvo preso, Carlos Menem. La relación la leí en una buena nota de Lucía Salinas en el diario Clarín de hoy.

En 1995, en la revista Noticias publicamos una investigación sobre el hijo extramatrimonial del presidente. Menem nos denunció y, luego de pasar varias instancias, la Corte Suprema de Justicia convalidó el caso contra Perfil. Tuvimos que pagar una importante suma económica y apelamos a la Corte Interamericana de Derechos Humanos, que nos dio la razón. Primero, en 2001, la Corte no quiso revisar su fallo y luego, en 2017, lo hizo parcialmente. Finalmente, el Estado argentino nos devolvió el dinero que habíamos tenido que pagarle a Menem, que donamos al Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS) por haber hecho la defensa judicial. En ese fallo se estableció una importante jurisprudencia que relaciona la justicia internacional con la local. Es decir, el caso “Fontevecchia” estableció que la Corte Suprema argentina reconoce la obligatoriedad de los tratados y acepta cumplir con reparaciones económicas o simbólicas, pero prohíbe taxativamente que un tribunal extranjero anule sentencias locales firmes. De esta manera, el estándar determina que los organismos internacionales pueden declarar la violación de un derecho y exigir reparaciones, sin tener la potestad de actuar como una instancia de apelación superior o de alterar la cosa juzgada del Poder Judicial argentino.

Vale aclarar que nos llevó veintidós años conseguir revertir el fallo de la Corte Suprema de Menem con la mayoría automática a favor de aquel presidente. Veintidós años: son triunfos más simbólicos y morales que cambios concretos y prácticos en el presente, lo que no le quita su importancia histórica.

Vale recordar que Milagro Sala también argumentó cuestiones de prejuicios por grupo de pertenencia: “Me metieron presa por ser negra, por ser colla, por ser india y por haberle devuelto la dignidad a los que menos tienen”, declaró, y también ella apeló a la Corte Interamericana de Derechos Humanos al mismo tiempo que ese tribunal del Pacto de San José de Costa Rica ordenaba a la Corte Suprema de Argentina que revocase el fallo del llamado “caso Fontevecchia”, y nuestra Corte acató la devolución material en forma de resarcimiento pero no modificó su fallo condenatorio contra mí, lo que en 2017 se interpretó que era para cubrirse de un eventual fallo de la Corte Interamericana para anular la condena de Milagro Sala.

Lo mismo valdría hoy para el caso de Cristina Kirchner.

En la misma línea hay que agregar un dato contundente: nunca un presidente condenado tuvo una modificación en su pena tras un fallo internacional en ningún país del mundo. Es decir, si bien los abogados del expresidente brasileño Lula da Silva hicieron una presentación en la misma Comisión de Derechos Humanos de la ONU, la resolución vino tiempo después por la propia justicia brasileña.

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El caso de la expresidenta de Corea del Sur, Park Geun-hye, también es ilustrativo al respecto. Park Geun-hye, primera presidenta de Corea del Sur, fue destituida en 2017 por un escándalo de corrupción (extorsionó a Samsung, Hyundai y Lotte junto a su confidente Choi Soon-sil) y condenada en 2018 a veinticuatro años de prisión, luego fijados en veinte o veintidós años. Cumplió cárcel efectiva casi cinco años, sin prisión domiciliaria. Salió libre en 2021 por un indulto presidencial de Moon Jae-in “por unidad nacional”, no por revisión judicial ni intervención internacional: la condena nunca fue anulada. Es decir, no tuvo que ver la justicia internacional, sino la política, tal vez el verdadero objetivo de Cristina: que la indulte un futuro gobierno peronista porque, como dijimos recién, nunca un fallo internacional modificó la condena de un expresidente.

Esto lo saben Cristina Kirchner y sus abogados, pero refuerza nuestro planteo en relación a que esta presentación tiene más un objetivo partidario interno que el objetivo manifiesto que dicta la carta. Ahora bien, titulamos que Cristina Kirchner quiere convertir al gobernador bonaerense en Alberto Fernández: ¿qué queremos decir con eso?

Cristina Kirchner tiene un problema y no se llama causa Vialidad, sino Axel Kicillof. El gobernador bonaerense es el candidato natural del peronismo y, si la dinámica de caída de popularidad de Milei sigue de la misma manera, posiblemente podría ser el próximo presidente y, por consiguiente, el jefe del peronismo. El principal peligro es que Kicillof es alguien con ideas similares en lo económico, más, según su exviceministro de Economía Emmanuel Álvarez Agis, una importante atención al equilibrio fiscal y algo mucho más importante: una carrera de total e intachable honestidad. Es decir, Kicillof representa una suerte de kirchnerismo mejorado y, en lo concreto, la posibilidad de hacer con el kirchnerismo lo que este hizo con el duhaldismo: simplemente absorberlo.

Cristina Kirchner lucha denodadamente por su existencia, pero, dada la estructura vertical de su espacio, no puede hacerlo a través de su hijo Máximo, porque este aparece solo como un delegado de sí misma. Tiene que luchar ella, que se encuentra impedida de hacerlo por obvias razones.

Ahí entra la carta y la operación simbólica que intenta hacer con ella, mencionada anteriormente.

Cristina Kirchner quiere convencer al electorado que comparte con Kicillof que cualquier tipo de búsqueda de independencia por parte del gobernador bonaerense es una traición y una complicidad con un sistema judicial, empresarial y político machista. Lo que busca en lo concreto son lugares en las listas y en los ministerios de un posible gobierno peronista que hagan que comparta el poder. Esto es en esencia lo que sucedió durante el gobierno de Alberto Fernández. El balance que hace el propio kirchnerismo no es que el gobierno fracasó por una estructura de poder bicéfala que hacía imposible la conducción de un curso de gobierno; tienen una visión más simple. El kirchnerismo entiende que el gobierno fracasó porque Alberto no hizo lo que ellos creían que había que hacer.

La anterior táctica era plantear que, si Kicillof no se subordinaba al kirchnerismo, este rompería el peronismo y presentaría su propio candidato. De hecho, Guillermo Moreno, actual aliado del kirchnerismo, lo expresó en un canal de streaming: “Los perucas por un lado y los progres por el otro”. Lo mismo hace Sergio Berni, exministro de Seguridad bonaerense de Kicillof, quien coloca al gobernador como progresista, de izquierda, cuando el peronismo de verdad es “de derecha”, en extrañas piruetas como en su momento fueron con Alberto Fernández, que se autopercibía socialdemócrata para dejar fuera del sentimiento verdaderamente peronista también a Kicillof, tildándolo de progre y de izquierda.

La semana pasada, en el espacio de estas columnas titulamos que “Cristina cantaba truco con un ancho falso”, para plantear que era una jugada para condicionar a Kicillof y que no tenía posibilidades reales de hacer una buena elección con este planteo. Este cambio de táctica demuestra que tan equivocados no estábamos. Diferentes tácticas, un mismo objetivo: condicionar a Kicillof.

Para el kirchnerismo, las condiciones de detención de Cristina Kirchner son más restrictivas porque responden a una persecución judicial llamada lawfare que hace a una supuesta orientación internacional en la que, según este espacio, la justicia limita la soberanía de los sectores populares. Antes, Cristina decía que este lawfare respondía a su cercanía con los sectores populares y su enfrentamiento con los poderosos; ahora, además, plantea que tiene que ver con su condición de mujer.

El expresidente brasileño Jair Bolsonaro, que es hombre y de una orientación ideológica opuesta a Cristina Kirchner, tiene peores condiciones de detención. Más allá de que Bolsonaro estuvo un tramo de su detención en cárcel común hasta que tuvo un problema de salud, tiene totalmente prohibido hacer política. Es decir, Bolsonaro no podría haber publicado una carta abierta como Cristina ayer.

Bolsonaro tiene, desde marzo, una restricción judicial explícita que le prohíbe cualquier manifestación política o electoral, incluso a través de terceros, mientras dure su condena bajo arresto domiciliario. Y esa prohibición no es teórica: a mediados de julio, la Corte Suprema le endureció el régimen después de que redactara una carta de apoyo a la candidatura presidencial de su hijo Flávio, difundida en redes, lo que el juez Alexandre de Moraes consideró una violación directa de la cautelar que le veda “cualquier otro medio de comunicación externa” y la comunicación “directamente o a través de terceros”. Como sanción, Moraes le prohibió recibir visitas sociales durante treinta días —salvo médicos, fisioterapeutas y abogados— y bloqueó cualquier actividad proselitista hasta que terminen las elecciones de octubre, además de mantener vigente el castigo a su hijo Flávio, con las visitas a su padre suspendidas por noventa días por haber divulgado esa carta. Es decir: a Bolsonaro no solo se le prohíbe escribir cartas políticas, sino que ya pagó un costo concreto (más restricciones, menos visitas) por haberlo intentado.

Por eso, en el lanzamiento de la candidatura presidencial de Flávio Bolsonaro, en la que Milei insultó a Lula, la imagen que se proyectó en el videowall de Bolsonaro padre apoyando a su hijo fue hecha con inteligencia artificial, un ardid para no incumplir su prohibición de actuar en política desde su prisión domiciliaria.

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Volviendo a nuestro país, el kirchnerismo utiliza la idea de que en Argentina “está presa la principal figura de la oposición”, pero eso, técnicamente, es muy cuestionable. Vamos a hacer un análisis valiéndonos de las últimas encuestas.

Según el promedio de encuestas relevadas en 2026, Kicillof aventaja a Cristina Kirchner en intención de voto de cara a 2027, mientras que en imagen el resultado es más parejo y varía según la consultora, aunque la mayoría le da al gobernador bonaerense un saldo menos negativo que a la expresidenta.

En materia de imagen, el estudio de Trespuntozero de enero mostró a Kicillof con un 40,3% de imagen positiva y un 53% de negativa, contra el 37,6% y el 60,8% de Cristina, y tanto Isasi/Burdman como el resto de las mediciones relevadas por ese informe coincidieron en ubicar al gobernador por encima de la expresidenta en ese ítem. En febrero, Management & Fit midió a Kicillof con un saldo de -23,1% (29,5% positiva y 52,6% negativa) contra el -24,4% de Cristina (29,7% y 55,1%), y en marzo Giacobbe le dio a Kicillof un 23,6% de imagen positiva, seis puntos por encima de Cristina. Sin embargo, no todos los sondeos coinciden: en junio, la encuesta de Haime difundida por Carlos Pagni ubicó a Cristina por encima de Kicillof y del resto de la oposición, con Kicillof en un 39,5% positiva y un 52,9% negativa, y agregó que la mejora de Cristina no se tradujo en un correlato electoral del kirchnerismo, sino en una consolidación de su núcleo duro frente a otros dirigentes opositores.

Donde Cristina sí se mantiene arriba es como referente: el Termómetro Ciudadano de Opinaia la ubicó como principal líder de la oposición a Milei con un 29%, contra el 13% de Kicillof. Pero en intención de voto de cara a 2027 el gobernador saca ventaja clara: un relevamiento de Zubán Córdoba de mayo lo situó liderando con un 44%, cerca de ganar en primera vuelta, y en julio un estudio de Proyección mostró un balotaje simulado entre Milei y Kicillof empatado en un 39,9% cada uno. Ayer, en este programa, Facundo Nejamkis dijo que el escenario más probable si hoy fuesen las elecciones es que resultarían en un balotaje entre Milei y Kicillof y agregó que, de darse este balotaje también en el día de hoy, ganaría el gobernador bonaerense por cinco puntos.

Kicillof tiene una ventaja y una desventaja. La primera es la obvia: está libre y es considerado honesto; la desventaja es más compleja: no puede hacer valer esto sin romper conceptualmente con Cristina Kirchner y, más importante aún, con el electorado que comparten. Si Kicillof hace campaña con su honestidad, es en oposición tanto a la corrupción de Milei como a la del propio kirchnerismo. Es decir, termina de matar simbólicamente a Cristina. Dejarla viva implica que ella utilice su propia detención contra Kicillof para intentar condicionarlo. Esta doble realidad es lo que lo mantiene en una táctica de quietismo: sabe que, a medida que llegue la elección, el tiempo jugará a su favor porque el kirchnerismo no tiene candidato propio. Mientras Milei caiga en las encuestas y el peronismo tenga una posibilidad real de retorno, Kicillof se fortalece; si en realidad Milei sube en su intención de voto y se encamina a una reelección, la que se fortalece es Cristina, porque puede amenazar con romper —habiendo menos en juego— y quedarse con una porción de diputados y senadores que le sigan siendo fieles.

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En ese caso, si el peronismo no vuelve, Kicillof saltaría de la gobernación al vacío y, al no tener una Cámpora propia, podría llegar a quedar directamente en el llano.

Por eso, si efectivamente el peronismo gana, Cristina podría aspirar a un indulto, pero resultaría vencida en su liderazgo en el peronismo y tal vez llegaría su ocaso como figura central de la política nacional; y mientras el peronismo siga debilitado, puede hacer valer su posición dominante.

Producción de texto e imágenes: Matías Rodríguez Ghrimoldi

MV

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