El ganador del Premio Alfaguara de Novela, David Toscana, vive entre Ciudad de México, Cracovia (ciudad natal de su esposa polaca) y Madrid. Es un escritor reconocido a nivel internacional, multipremiado antes del Alfaguara por El ejército ciego y esencialmente literario. Ya lo explicaremos.

Con motivo de la promoción de su novela en todo el mercado hispanohablante, que lo trajo ahora a la Feria del Libro de Buenos Aires, ha dicho que no escribe sobre el presente, que deja este tiempo en manos de otros autores, a quienes lee, y que su interés está en los hechos históricos, desde los cuales puede desovillar historias literarias.
Por eso comenzamos nuestra charla con el autor con una pregunta sobre el presente mexicano. No por llevarle la contraria, sino porque, más allá de cuál sea el alimento de su literatura, vive en un país que recibe a diario los coletazos de las políticas desconcertantes de Donald Trump.
“Mayormente vivo fuera de México. Donde más tiempo paso es en Madrid, luego en Cracovia y, en tercer lugar, en Ciudad de México. Entre las tres ciudades paso mi tiempo. Sigo entre espantado y maravillado por lo que ocurre en México. Ayer nomás hubo una orden de aprehensión desde Estados Unidos para el gobernador de Sinaloa, esta tierra de narcos. Y esto va a causar en México un impacto político tremendo, porque hasta dónde el Estado está dispuesto a arrestar a un gobernador del propio partido del presidente Manuel López Obrador. No sé anticipar qué pasará, pero sí sé que tenemos en este momento una papa caliente”, nos cuenta el escritor a modo de introducción de nuestra conversación.
Una pérdida de libertad
Y agrega que en México, a diferencia de Madrid y Cracovia, vive más encerrado y pone en foco un tema acuciante: que el tema de la inseguridad es más complicado para las mujeres que para los hombres en su país natal. “Vivo mucho más en libertad en un país europeo que en un país inseguro. El problema es que la inseguridad se convierte en una pérdida de libertad”, concluye.
Volvemos a El ejército ciego. En el año 1014, o siglo XI, ocurre un hecho despiadado cuando el emperador bizantino Basilio II ordena quitarles los ojos a 15.000 soldados búlgaros derrotados. Ese acontecimiento horroroso, que solo ha merecido un párrafo en un códice bizantino del siglo XII, que cuenta lo sucedido tras la batalla de Kleidon, fue la semilla de esta novela que se puede leer más allá de la tragedia. Porque no es un libro que se regodea en el espanto, sino que se centra en la resiliencia de esos sobrevivientes, con pinceladas de humor contenido que empujan al lector a enfocarse en las vivencias posteriores de los ciegos y en el modo en que cambia su perspectiva de la vida y del mundo que los rodea a partir de la experiencia atravesada.
Es una epopeya de los derrotados, una “fábula oscura y poderosa”, como la describió el jurado del Alfaguara. Pero el autor no está tan seguro de que pueda definirse como una novela sobre la guerra, el poder y la resistencia. Se queda pensando cuando le hacemos esa pregunta a lo largo de la charla y dice: “Creo que es más bien una novela sobre el espíritu humano”.
Un escritor de pluma y papel
Apenas tuvo el párrafo sobre la ceguera de los 15.000 búlgaros, Toscana comenzó a rumiar cómo escribir una novela sobre ello. Cómo narrar lo imposible: escribiendo desde la ceguera.
David Toscana trabaja con método propio. El primer borrador en papel y bolígrafo o pluma (para usar un mexicanismo) y sin bosquejo previo. Cuando comienza no sabe hacia dónde lo llevará la historia. Hace intentos hasta que encuentra el tono.
Al final de la lectura podemos decir que es un libro luminoso, que, más allá de la tragedia y el horror del acontecimiento, muchos de esos ciegos encuentran el modo de reconciliarse con lo que les toca a partir de una resiliencia que juzgará el lector si le resulta verosímil o no. En todo caso, Toscana dirá en la charla que no es obligación de la narrativa ser verosímil.
–¿Por qué el jurado definió tu novela como una fábula oscura y poderosa?
–Cuando estaba escribiendo no sabía cómo calificar la novela y por momentos pensaba que era un cuento de niños para adultos. Y decía que era un cuento de hadas sin hadas. Porque, al final, lo que necesitaba era que lo que estaba contando tenía que invitar al lector a ser un poco niño, para entrar en las historias de los ciegos, que evidentemente no son verdaderas. No quería contar lo que les pasó a los ciegos, sino la leyenda de los ciegos. Eso me daba la posibilidad de torcer alguna historia, de contarla como no fue. Y por ahí dos o tres veces el narrador señala que se lo dice la gente, pero no lo prueba. Por ejemplo, se usa la palabra “verosimilitud”, pero yo creo que el texto tiene que ser cierto. Hay que seducir y, una vez hecho, ya no importa qué tan inverosímil puede ser.

–Mientras leía tu novela pensé en los puntos de convergencia o diferencia con Ensayo sobre la ceguera, de José Saramago. Los ciegos de Saramago tienen bandos, hay bondad pero también crueldad. Pero tus ciegos son todos buenos.
–Por ejemplo, Saramago me sirvió mucho para respetar su territorio y forzarme a contar otras cosas. En la novela de Saramago, caer en la ceguera es una tragedia. Pero, en mi novela, los ciegos, una vez que lo son, empiezan a jugar. Hacen malabares con los ojos, se ríen, y ahí hay otra dimensión. La novela de Saramago es razonable y se parece más a una sociedad normal pero sin vista. Hay un laboratorio de pasiones humanas. Yo me salto al juego y cambia el tono.
–¿En tu novela podríamos decir que la ceguera se convierte en oportunidad?
–Podríamos decir que se convierte en otra forma de existencia que se impone a la derrota que les provocó Basilio II. Los quiso aplastar y ellos se resisten. La historia no nos cuenta nada sobre lo que les pasó a los quince mil ciegos, pero sí nos dice que el Imperio búlgaro cayó a los tres años. Sin ningún relato histórico, un historiador puede imaginar lo que ocurrió: son quince mil ciegos en un imperio que no tendría tantos habitantes. Puedes imaginar a toda esa gente hambrienta, que no puede trabajar, en un país en guerra, sin recursos, que tiene que ser un drama terrible. Pero no quería contar la tragedia de la tragedia.
–Aunque no quieras hablar del presente, el lector encuentra resonancias en el presente de aquella tragedia histórica.
–Los clásicos nos cuentan siempre el presente. Como escritor no tengo control sobre lo que pase en el futuro. Sí encuentro que la novela tiene elementos clásicos. Parte de soñar con que me pueden leer dentro de cien años tiene que ver con que la novela no tiene agenda en el presente. Si hubiese querido caricaturizar a Basilio II como un Trump, entonces se convierte en un personaje que pierde interés. Si Basilio II es Basilio II y los ciegos son los ciegos, entonces sí la novela se seguirá leyendo en cien años.
–¿Por qué leemos? ¿Para organizar las experiencias del presente?
–No estoy seguro. La mayoría de las veces odio leer, pero leer es algo maravilloso, aunque no es todo el tiempo. A veces estás obligado a leer algo que no te gusta. Es una experiencia pesada. No todas las lecturas te provocan amor. Pero hay muchas cosas que se desprenden de la lectura. Lo más sencillo que puedo dar como respuesta es que la lectura destila placer. Alguien que lee mejora la organización de sus ideas y tiene pensamiento crítico, mejora la memoria. La gente que lee sabe hablar. Y leer es como salir a correr. Es un ejercicio de placer.
–En tu novela la ceguera es un recurso para cambiar la perspectiva sobre la vida y el mundo. ¿Metafóricamente cómo llegas a la transformación de la perspectiva?
–De eso me fui dando cuenta. Yo tenía este párrafo como semilla. Ahí me pregunté qué novela podría haber detrás de ese hecho. Y, a partir de ahí, empecé a pensar en la voz narrativa, en los personajes. A medida que van saliendo vamos descubriendo cosas. La literatura es un ejercicio de muchos entendimientos. La música va al oído. Las artes plásticas, al ojo. Y la literatura permite que la atrapemos por donde queramos. Es un arte del entendimiento.

–¿Has escrito una fábula sobre derrotados?
–El escritor tiene que dejar al lector en plena libertad de interpretar. No tiene que decir cómo leerla. Y no es por esquivar la respuesta. No obstante, me gusta pensar que, si la historia nos empuja a relatar algo, la novela se va haciendo con distintas voces que, por distintas razones, no pudieron ser testigos de lo que cuenta, y así se van construyendo las leyendas. Esta es una forma de torcer la historia. La Historia nos conduce a pensar que esto fue una derrota de los búlgaros, un aplastamiento de quince mil personas, pero eso carece de belleza. Y, para convertirlo en algo bello, hay que torcer las cosas. Me has metido en un lío para responderte (se ríe). En definitiva, esta novela es un homenaje al espíritu humano. En Madrid paso varias veces por la ONCE (la organización de ciegos de España) y hay que ver cómo disfrutan la vida, además de que tienen una ciudad amable para transitar.
–Entre los quince mil hay quienes sucumben a la tragedia y quienes encuentran en ella una oportunidad y son resilientes.
–Sí, están los dos extremos. Están los que prefieren no seguir viviendo y están los que dicen: “Quítame los ojos pero no me mates”. Y, en aquel entonces, por cruel que nos parezca arrancar los ojos, se consideraba menos cruel que matar. Lo que nos escandaliza es el acto más que la consecuencia, porque es más fácil ser valiente cuando te van a matar que cuando te van a sacar los ojos. En Bulgaria hay monumentos que recuerdan a estos quince mil soldados ciegos. Sin embargo, los historiadores que consideran el hecho como algo real no han escrito más sobre esto. Otros historiadores cuestionan que hayan sido quince mil soldados ciegos.
El libro El ejército ciego, de David Toscana (Premio Alfaguara) se puede comprar en Penguin Random House, stand 1017 del Pabellón Verde.