Inevitable referente de la narrativa nacional, la autora de ‘Como vivido cien veces’ conserva intacta esa curiosidad voraz que la definió desde la infancia.
Considerada por la crítica y los lectores como la madre de la novela histórica argentina, la escritora cordobesa mantiene una rutina envidiable: dicta talleres, conferencias y trabaja en nuevas obras.
La saga de los Osorio no solo posicionó a una de las familias más aristocráticas de la Córdoba del siglo 19 en el panorama literario global —con traducciones hasta al griego y al rumano—, sino que operó como un verdadero fenómeno cultural que revitalizó la industria editorial de la provincia.
—Llegás a los 89 años con una actividad constante. ¿Cómo vivís este presente y este reconocimiento?
—Entre el año pasado y este he tenido muchas consideraciones, mucho reconocimiento. Cumplí 89 años, todavía estoy trabajando, tengo alumnas, sigo haciendo la columna en La Voz, y no sabés la alegría que me da poder haber llegado a esta edad estando lúcida, trabajando y con ganas de hacer cosas. Siempre me acuerdo de mi madre; ella no llegó a cumplir los 89 porque tuvo un problema con los remedios y sufrió una muerte súbita estando sana. Mamá también pintaba.
—¿Y tu papá a qué se dedicaba?
—Papá era arquitecto e ingeniero. A ambos les gustaba mucho el arte, sobre todo la pintura, y leían muchísimo. Mamá tenía solo tercer grado porque su padre murió y no pudieron seguir pagando el colegio de monjas, pero leía a los grandes autores de filosofía. A mí la filosofía no me atrae tanto, prefiero la narrativa y la historia, algo que saqué de mi padre, que tenía una colección buenísima de historia internacional y argentina.
—Creciste literalmente con una biblioteca a los pies de tu cama…
—Sí. En la última casa que tuvimos en Cabana, cuando yo tenía unos 12 o 13 años, tanto en mi pieza como en la de mis hermanos, a los pies de la cama teníamos una biblioteca de más de dos metros de alto empotrada en la pared. Y mamá tenía en la pieza de costura su propia biblioteca con libros de filosofía, poesía de García Lorca y revistas de moda extranjeras.
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—¿Cómo se despertó tu vocación como escritora?
—Empezó con los cuentos que nos leía mamá antes de dormir. Cuando entré al colegio de monjas yo ya sabía leer y muy joven empecé a escribir. Recuerdo que una monja se enojó conmigo porque nos pidió una composición sobre las vacaciones de verano y yo escribí una historia ambientada en Nueva Zelanda inspirada en ‘Capitanes valientes’, de Rudyard Kipling. Cuando le confesé que no había viajado sino que lo había leído, le gustó tanto que me propuso escribir todos los días para corregirme. Ya en el secundario escribía como un adulto.
—¿Cuándo empezás a darle forma a ‘Como vivido cien veces’?
—Entre 1955 y 1960, cuando tenía unos 18 o 20 años. Todavía conservo los cuadernos. Iba a ser un libro totalmente distinto: el personaje de Fernando iba a morir en el tercer capítulo, pero terminó protagonizando un tomo entero de la saga. Ahí comprendí que los personajes toman vida propia. Me fascinó la historia de la época de Rosas a través de una colección de libros que me regaló mi padre y de obras de Manuel Gálvez. Escribía por necesidad, pero en esa época era muy difícil publicar sin un padrino literario.
—¿Y cómo se concreta la publicación en los años 90?
—La novela estaba escrita al 70% y la había dejado por cierto miedo a terminarla. En ese tiempo me enfermé gravemente y estuve internada con pronóstico reservado. Un amigo, Javier Montoya —que luego se convirtió en mi editor—, y su esposa leyeron el manuscrito. Me dijeron que era un bestseller y así nació Ediciones del Boulevard. Recuerdo que nos sugirieron hacer una edición modesta de 50 ejemplares, pero Montoya se arriesgó e imprimió 1.500. Se vendieron en un solo día. Tuvimos que hacer varias ediciones más, hasta que me llamaron de la Editorial Atlántida y luego pasé a Sudamericana.
—¿A qué atribuís el estallido de ventas que tuvo esa primera novela?
—En los 90 hubo una explosión popular y social terrible en Córdoba que dejó a la gente muy desconcertada. Siempre tuve la impresión de que el público buscó el libro como una forma de responder a la pregunta de por qué estábamos atravesando esa situación. Al presentar la novela haciendo hincapié en que lo sucedido un siglo atrás tenía un sentido muy actual, el cordobés se sintió inmediatamente representado.
—La saga continúa con ‘En tiempos de Laura Osorio’ y las entregas posteriores…
—Claro. Decidí entrelazar las familias, continuar la historia desde la muerte de Facundo Quiroga hasta la caída de Rosas, y abarcar cada etapa a través de los Osorio. Mantener la misma saga facilitó mucho la escritura porque los personajes ya tenían una línea de vida trazada.
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—Tu obra fue traducida a idiomas como el griego o el rumano. ¿Cómo viviste esa dimensión internacional?
—Fue insólito. Conseguí apenas un ejemplar de cada edición extranjera gracias a una amiga en Francia. Nunca cobré los derechos de la mayoría de esas traducciones; el dinero quedaba dando vueltas por los bancos de distintos países. Pero más allá de lo económico, que nunca fue mi motor principal, para mí el verdadero premio fue saber que la historia llegaba a lectores de lugares tan distantes.
—Llama la atención la gran recepción que tuviste siempre en el público masculino. ¿Por qué creés que ocurre?
—Creo que se debe al análisis histórico riguroso que tienen mis novelas, algo que aprendí de mi padre. Mis libros tienen una veta romántica, pero no empalagosa, y los personajes masculinos son creíbles, lejanos al prototipo del príncipe azul. Eso enganchó mucho a los hombres.
—¿Qué te dejó la saga de los Osorio?
—El reconocimiento de la gente y el haber despertado el interés por nuestra propia memoria. Cuando se empezaron a vender mis libros, se dispararon las ventas de autores cordobeses que no se vendían tanto. Los libreros me contaban que la gente comenzó a pedir libros sobre la historia local, lo que llevó a reeditar autores valiosísimos y a recuperar nuestras costumbres. Siento que en ese sentido hice un buen trabajo.
—¿En qué proyectos estás trabajando hoy?
—Estoy organizando material para un libro sobre la historia de la vida privada en Córdoba: cómo se vestían, qué comían y cómo festejaban en distintas épocas. Además, tengo empezada una novela ambientada en 1600 con una trama de crímenes. Estoy un poco frenada buscando un dato histórico muy puntual porque soy sumamente meticulosa. Y sigo escribiendo siempre a mano, en cursiva; siento que ayuda al cerebro a pensar mejor antes de pasar el texto a la computadora.