Cuando hablamos de chacras multiproductivas y de agroecología, muchas veces lo hacemos como si fueran conceptos separados. En la chacra de Rodrigo Kramer, en Andresito, esa división pierde sentido: allí, la diversidad no es solamente una característica del paisaje, sino una parte fundamental de la forma de producir.
Profesor de Ciencias Agrarias, Kramer divide sus horas entre la enseñanza, la investigación, el asesoramiento técnico en el INTA de Andresito y su propia producción. En su chacra, produce “de todo y un poco más”, como él mismo resume, aunque esta vez la mirada se detiene especialmente en las parcelas de yerba mate.
Entre las plantas de yerba aparecen árboles nativos y frutales. El suelo permanece cubierto, las malezas se controlan de manera mecánica y manual y la sombra se convierte en una aliada frente a las condiciones climáticas. No hay un cultivo aislado: hay un sistema en el que cada componente cumple una función.
Caminar por el yerbal permite entenderlo antes de que Rodrigo lo explique. Un lapacho, un cedro misionero, un guatambú o un loro negro conviven con pitangas, ubajay, guayabas, mamones y paltas. Algunas especies aportan madera, otras frutos; otras funcionan como refugio y alimento para la fauna. Y, en el centro de ese ambiente diverso, crece la yerba mate.
La escena resume una idea que atraviesa toda la experiencia: la biodiversidad puede ser mucho más que una consecuencia de producir de manera agroecológica; también puede convertirse en una herramienta para producir mejor.
El yerbal tiene 14 años. Pero la historia de su transformación comenzó en 2019, cuando Kramer inició el proceso de transición hacia la producción orgánica. Después de 36 meses de trabajo y certificación, la yerba comenzó a comercializarse bajo esa condición. Hoy transita su tercer año como producción orgánica certificada.
Una yerba que no está sola
El manejo del yerbal parte de una premisa concreta: mantener el suelo cubierto durante todo el año. Para eso, Kramer combina coberturas naturales con especies implantadas y trabaja especialmente con maní forrajero, una alternativa que considera óptima para el manejo orgánico, tanto por su aporte a la protección del suelo como por su capacidad para reducir la competencia de otras especies.
En este sistema, las malezas no se controlan con productos químicos. Machetes, motoguadañas y desmalezadoras mecánicas son las herramientas que ingresan al yerbal entre dos y tres veces al año. Pero incluso la propia planta de yerba forma parte de esa estrategia: una planta correctamente manejada y cosechada conserva suficiente follaje para generar sombra y reducir el espacio disponible para las malezas.
“Siempre dejamos una buena reserva de hojas en la planta y esto favorece a que el sombreamiento al suelo sea mayor, entonces la competencia de maleza es menor”, explicó Kramer.
La lógica se repite en cada parte del sistema: intervenir lo necesario y aprovechar las funciones naturales que ya existen dentro de la chacra.

Árboles que cumplen una función
Uno de los rasgos más visibles del yerbal es la presencia de árboles nativos y frutales entre las plantas de yerba. Pero no se trata simplemente de incorporar especies para aumentar la diversidad del paisaje. La distribución está pensada para que cada árbol cumpla una función sin competir con el cultivo principal.
En algunas zonas, Kramer trabaja con líneas de árboles; en otras, aprovecha los espacios donde existen fallas de yerba para incorporar especies nativas. Entre las forestales aparecen loro negro, lapacho, cedro misionero, caña fístula y guatambú.
La diversidad también se extiende a los frutales, con pitanga, cereza, ubajay, guayaba, mamón y palta, entre otras especies. Algunas están destinadas al consumo familiar y a la comercialización de excedentes, mientras que otras cumplen además una función dentro del ecosistema, al ofrecer alimento a aves y animales silvestres.
Por eso, para Kramer, incorporar árboles no significa “llenar de árboles” el yerbal, sino diseñar una convivencia entre las especies. “El árbol tiene que estar manejado dentro del sistema productivo. No significa llenarte de árboles en el yerbal, sino trabajar de tal manera que el árbol haga parte del sistema que estamos produciendo”, explicó.
El resultado es un ambiente multiproductivo donde la yerba comparte espacio con especies forestales, frutales y una fauna que también forma parte del sistema.

La biodiversidad como aliada frente al clima
La presencia de árboles adquiere otra dimensión cuando se observan los efectos de las condiciones climáticas. Kramer señala que durante los años de sequía registrados en la zona, el yerbal prácticamente no tuvo mermas de producción asociadas al estrés hídrico, algo que vincula directamente con el aporte de sombra de las especies arbóreas.
El mismo principio se aplica al suelo. La cobertura permanente funciona como una protección frente a las lluvias intensas y, al mismo tiempo, evita que la exposición directa al sol afecte la vida del suelo durante los períodos secos.
“Estamos con un suelo 100% cubierto los 365 días del año”, remarcó. Frente a una lluvia torrencial, explicó, la cobertura permite que el suelo absorba el agua que necesita y que el excedente circule sin llevarse consigo la capa superficial.
En el otro extremo, durante una sequía, esa cobertura ayuda a mantener protegido el suelo y evita que la insolación termine afectando la vida que existe en él.
El sistema, entonces, no busca solamente responder a un escenario climático determinado, sino generar condiciones que permitan que la chacra tenga mayor capacidad de adaptación frente a situaciones opuestas.

Fertilizar bajo normas orgánicas
El manejo orgánico tampoco significa prescindir de la fertilización. En la chacra se utilizan productos de nutrición orgánica certificados, que deben cumplir con las normas correspondientes y contar con la aprobación de SENASA para su utilización en agricultura orgánica.
Actualmente, Kramer trabaja con productos como FolSuelo y Organutsa. Pero detrás de cada insumo existe una condición fundamental: conocer qué está permitido utilizar y contar con asesoramiento para sostener la certificación.
“Los productos que se usan tienen que estar certificados en las normas orgánicas y aprobados por SENASA para la agricultura orgánica”, explicó.
Para el productor, este es uno de los puntos que diferencian a la producción orgánica de simplemente dejar de utilizar agroquímicos. Existe un protocolo, una certificación y un conjunto de prácticas que deben sostenerse en el tiempo.

Una planta preparada para volver a brotar
La cosecha se mantiene de manera manual y también forma parte de la estrategia de manejo del sistema. El objetivo es que la planta no quede excesivamente descubierta después de la cosecha, sino que conserve un volumen suficiente de hojas para recuperarse.
Kramer sostiene que una planta bien manejada puede responder mejor tanto a una sequía como a la aparición de determinadas plagas. En su experiencia, la combinación entre follaje, sombra y biodiversidad permitió atravesar los últimos años sin pérdidas importantes por ataques de insectos.
“Al tener una planta así cubierta y que tenga buena posibilidad de un rebrote rápido, nosotros nunca tuvimos problema de plagas”, señaló.
No se trata de eliminar cualquier presencia de insectos, sino de mantener un sistema en equilibrio donde la aparición de fauna no necesariamente se transforme en un problema productivo.

Tres años de yerba orgánica y un mercado que la busca
La producción que sale de esta chacra tiene hoy un destino comercial específico. La yerba se vende a empresas que trabajan con productos orgánicos y que, según Kramer, muestran un interés creciente por este tipo de materia prima.
La diferencia no está solamente en que la planta no haya recibido productos químicos. El valor está puesto en el sistema completo: un ambiente diverso, manejado bajo normas orgánicas certificadas y con prácticas que permiten garantizar la trazabilidad del producto.
“Hay empresas que ya hoy están demandando el producto orgánico fuertemente y esto nos está favoreciendo la parte comercial”, contó.
Ese interés se traduce actualmente en un valor diferencial para los productores. En un contexto complejo para la yerba convencional, esa diferencia genera un incentivo para quienes consideran iniciar el camino hacia la certificación.
Pero el productor aclara que el beneficio económico llega después de un proceso que exige tiempo, inversión y cambios profundos en la forma de trabajar.

El desafío de la transición
Convertirse en productor orgánico no ocurre de un día para otro. En el caso de Kramer, la transición comenzó en 2019 y demandó 36 meses antes de obtener la certificación.
Durante ese período, el productor debe asumir los costos de la certificación y adaptar progresivamente todo el sistema. La tarea cotidiana también cambia: donde antes podía resolverse rápidamente una maleza con una aplicación química, ahora hay que planificar el ingreso con machetes, motoguadañas y desmalezadoras, además de sostener las coberturas y controlar el desarrollo de cada especie.
“Esto no es gratuito”, advierte Kramer. La certificación tiene un costo anual y los tres años de transición requieren que el productor sostenga las nuevas prácticas antes de poder comercializar formalmente su producción como orgánica.
Por eso considera fundamental que quienes quieran comenzar el proceso estén acompañados y asesorados. La producción orgánica no consiste solamente en reemplazar un producto por otro, sino en modificar la lógica completa de manejo.

Producir pensando en el largo plazo
Para Kramer, el precio diferencial es importante, pero no es el único motivo para sostener este modelo. El grupo de productores orgánicos de Andresito comenzó a transitar este camino incluso cuando la yerba convencional atravesaba un período de fuerte crecimiento y buenos valores.
La decisión, explica, estuvo vinculada también con una forma distinta de entender la producción: cuidar el ambiente, conservar la biodiversidad y pensar qué quedará en la chacra después de cada cosecha.
“Se trata no solo de producir, sino de producir a largo plazo”, sostiene.
Esa mirada aparece especialmente cuando habla de las familias y de las nuevas generaciones. Los productores que hoy trabajan bajo este sistema, afirma, están dejando algo positivo para sus hijos y para quienes continúen trabajando la tierra.
Y quizás ahí está la imagen que mejor resume la experiencia. En esta chacra de Andresito, la yerba mate sigue siendo el cultivo que organiza buena parte de la producción, pero ya no está sola. Entre sus plantas crecen árboles nativos, frutales y coberturas; circulan insectos y animales; el suelo permanece protegido y cada componente encuentra un lugar dentro del sistema.
La biodiversidad, entonces, no queda solamente como una palabra asociada a la conservación. Se convierte en una herramienta concreta para producir, adaptarse al clima, diversificar la chacra y pensar la agricultura más allá de una sola cosecha.
