Un libro de cuentos titulado Todos siguen aquí ha convertido a Liadan Ní Chuinn en la próxima revelación de las letras mundiales. Al menos, así dice en la contratapa. La particularidad del autor es que no se sabe si ese es su nombre, qué cara tiene, cuál es su sexo ni cuándo nació. Es un nuevo caso de escritor que publica de incógnito, como Elena Ferrante u Homero. En esta época, hasta es posible que Chuinn no exista y el libro lo haya escrito un comité o la inteligencia artificial.
Pero aceptemos que los seis relatos que componen el libro son el resultado de la inspiración y los esfuerzos de alguien que nació en Irlanda del Norte en una época reciente, la misma que sus personajes más jóvenes, que tienen entre veinte y treinta años. De lo que sí se puede acusar a quien haya escrito Todos siguen aquí es de explotar en cada cuento el mismo concepto.
Tomemos por ejemplo el primero, “Vamos todos”. Como en los que le siguen, no hay en él un momento de alegría, de felicidad o siquiera de calma, sino solo una serie de circunstancias terribles que se apilan hasta logran un efecto abrumador. En ese cuento el padre de Jackie, su protagonista adolescente, rememora la atroz muerte de su padre como resultado de una infección progresiva y prolongada que lo va minando de a poco. Al mismo tiempo, y con lujo de detalles, se narran las clases prácticas de anatomía a las que Jackie asiste en la facultad, en las que manipula cadáveres previamente descuartizados. Además, estos horrores tienen un trasfondo político: el maltrato sufrido por la familia de Jackie a manos del ejército británico, que tuvo secuestrados en un campo de torturas a su abuelo y a su tío, que solo sobrevivieron pocos años a los tormentos y la humillación.
Esto no les gusta a los autoritarios
El ejercicio del periodismo profesional y crítico es un pilar fundamental de la democracia. Por eso molesta a quienes creen ser los dueños de la verdad.
Las atrocidades de los ingleses contra los irlandeses del norte católicos durante el período de guerra civil llamado “The Troubles”, que tuvo como epicentro el Domingo Sangriento de 1972, son el núcleo del libro y los asesinatos de civiles desarmados se hacen explícitos en “Daisy Hill”, el último relato, que incluye, acaso como yapa, la agonía de un perro. Pero Liadan Ní Chuinn va mucho más allá de recordar esos crímenes, de no aceptar ningún tipo de perdón ni de reconciliación y de insistir en que no hubo dos bandos (ni siquiera se nombra al IRA) sino una guerra de ocupación del Estado británico contra la parte insumisa de la población. Aunque los verdaderos villanos del libro son los que no quieren recordar o quieren dar vuelta la página. En todos los cuentos hay un personaje joven y sensible que choca con un entorno inhumano que prefiere olvidar y vive en el vacío y la impostura.
En uno de los cuentos son los vascos a quienes Franco no dejaba expresarse en su lengua quienes ocupan el lugar de los irlandeses pero en “Rusia”, Liadan Ní Chuinn extrema la apuesta y habla de un movimiento para evitar la exhibición de momias milenarias en el museo antropológico por ser un acto de racismo que viola la intimidad de los muertos. Y allí, llevado casi hasta su máxima expresión, el argumento de Liadan Ní Chuinn se hace abstracto y logra un efecto poético que es la condena definitiva del mundo porque las injusticias no prescriben ante el ojo de dios.