La reubicación de la autoridad religiosa es un síntoma del poder contemporáneo observable en casos tan diversos como disímiles, del gobierno en Argentina hasta la administración pública en Armenia.
Milei realiza una apropiación política de una tradición religiosa que se encuentra fuera de la concepción histórica del Estado argentino. El acercamiento al judaísmo, particularmente al mundo de Jabad-Lubavitch, no se cobija en el fuero privado, sino que deviene parte del discurso oficial. Su presentación de obediencia a la ley divina como fundamento del orden moral y de la prosperidad, y su definición en cuanto a la relación con Israel en términos de unión espiritual y política marcan un mapa del poder entramado con la fe.
En Armenia ocurre algo más o menos inverso: el poder político no incorpora a la Iglesia como fuente de admisibilidad, sino que intenta reducir su capacidad de producir legitimidad política. Así, en agosto de 2026 comenzó el proceso contra el Catholicos Karekin II y seis altos clérigos en el marco de una confrontación que el gobierno presenta como un problema institucional y la Iglesia como una interferencia estatal en su autonomía.
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Aquello que podemos leer en estos movimientos es que Milei no está simplemente acercándose al judaísmo, sino que está desplazando el lugar desde el cual una dirigencia religiosa puede legitimar el poder. Y Pashinyan, primer ministro de Armenia, al confrontar con la Iglesia Apostólica, está haciendo algo análogo; relega una facultad religiosa histórica para que la legitimidad nacional vuelva a concentrarse en el Estado.
La religión del presidente argentino posee una característica que resulta políticamente significativa, es una religión elegida. El presidente no necesita una Iglesia que hable por él. Habla él. Él escoge los textos, los símbolos. La mediación institucional disminuye. Por otro lado, lo que sucede en Armenia no es simplemente una laicización. Se trata de un traslado de autoridad. Y esto puede resultar funcional a la nueva orientación estratégica de Armenia. El primer ministro está buscando alejar al país de la dependencia rusa y acercarlo a Europa y Occidente. El gobierno considera que sectores de la Iglesia poseen vínculos con Rusia. La Iglesia, entonces, queda atrapada en una sospecha geopolítica.
Ambos fenómenos revelan el pasaje de la religión como influencia institucional a la religión como recurso de validación política. En ambos movimientos se dibuja una transformación de la soberanía.
Cada vez que un sistema de poder cae se vuelve a acomodar los lazos que unían la fuerza de los que mandan. Remontémonos al nacimiento de nuestra nación: la Revolución de Mayo no expulsó solamente a funcionarios. Expulsó, lentamente, una forma de dominio. La ruptura con la monarquía española no podía limitarse a sustituir un virrey por una Junta; debía alterar también el régimen de sumisiones que el orden colonial había sostenido durante siglos. Entre esas subordinaciones, ninguna era más delicada que la eclesiástica. El obispo era una figura en la que se cruzaban la religión, la monarquía, el derecho y la soberanía.
Por eso, cuando en mayo de 1810 comenzó a desmoronarse la potestad virreinal, la Iglesia quedó situada en un territorio ambiguo. La revolución debía entonces resolver una contradicción: ¿cómo fundar un nuevo poder político sin tocar el poder espiritual que había legitimado al antiguo? El nuevo Estado necesitaba que ciertas voces dejaran de hablar. Porque una revolución triunfa no solamente cuando ocupa los organismos del Estado, sino cuando consigue modificar el régimen de la palabra. Y el obispo representaba una palabra anterior a la revolución.
Más de dos siglos después, el panorama armenio presenta una estructura distinta pero reconocible. La Iglesia Apostólica armenia tampoco es una congregación surgida del Estado contemporáneo. Es anterior a la república, anterior a la Unión Soviética y, en cierto sentido, anterior a la propia configuración moderna del país. Su competencia está enlazada con una memoria nacional en la que cristianismo, supervivencia histórica y continuidad aparecen profundamente entrelazados.
En junio de 2025 se produjo incluso un acontecimiento de enorme fuerza simbólica: agentes de seguridad intentaron ingresar en el complejo de la Sede Madre de Etchmiadzin. El episodio transformó un conflicto político en una secuencia casi sacramental. El Estado entrando en el espacio físico de la jefatura espiritual. La imagen permite recordar, aunque no equiparar, la situación de los obispos en la revolución rioplatense.
Cuando Armenia gira hacia Occidente resulta tentador percibir la influencia anglosajona en su política. Entonces, podemos ir más allá en nuestro recorrido. Sostener una religión diversa a la tradicional en el caso argentino quizás pueda leerse como un modo “protestante” de pensar lo religioso.
El mundo anglosajón heredó de la Reforma una determinada relación con el señorío religioso, una sospecha respecto de la mediación institucional, una valorización de la conciencia individual y una fuerte tendencia a concebir la religión como una esfera diferenciada del poder estatal. Con el tiempo, esa genealogía se hizo profana. Ya no fue necesario ser protestante para pensar protestantemente. La modernidad liberal heredó ciertas estructuras de la Reforma incluso allí donde dejó de ser religiosa.
La “occidentalización” de Armenia coincide con el bloque de las ultraderechas en Latinoamérica y su relación simbiótica con la cultura anglosajona. La política moderna occidental ha heredado de la Reforma una determinada descomposición de las mediaciones tradicionales. Entre Dios y el individuo ya no es necesaria una institución que monopolice la interpretación. De modo que se podría decir que estamos asistiendo, tanto en Argentina como en Armenia, a una protestantización secular de la política, aunque se hable de judaísmo o de cristianismo apostólico armenio.
*Escritora.