Hoy la libertad se enfrenta a un nuevo conjunto de enemigos, tanto internos como externos”. La frase la pronunció Javier Milei el 17 de agosto frente al monumento a San Martín, con el ministro de Defensa, teniente general Carlos Alberto Presti, como interlocutor. No dio nombres, ni hacen falta: los enemigos internos son los kukas, y los externos, los Lula de la vida. Pero Milei completó la escena con otra frase que merece leerse dos veces para no atorarse: “El mal existe y quienes eligen ese camino deben ser sometidos por la fuerza”.
La figura del enemigo interno fue el corazón de la Doctrina de Seguridad Nacional que sostuvo filosóficamente a las dictaduras del Cono Sur en los años 60 y 70 del siglo pasado. No aludían a un ejército extranjero sino a una idea, a posiciones políticas legítimas en un entorno de Estado de derecho pero que, decían, ponían en vilo a la seguridad nacional. Por eso debían combatirse puertas adentro y hasta con recursos de guerra. Las dictaduras pronto le encontraron reemplazo a la palabra disidencia y la llamaron subversión, un demonio que no vestía uniforme; podía ser el vecino, el gremialista, el periodista, el docente, el obrero. Cualquiera.
Esa genealogía tiene nombres. Fue el general Juan Carlos Onganía quien la trajo a estas costas: en West Point, en 1964, ya sostenía que el nuevo enemigo estaba “fronteras adentro”; como dictador, advertía a los “agentes del caos” que las Fuerzas Armadas “no dudaremos un instante en cobrarnos” vidas si la lucha llegaba al combate. Jorge Rafael Videla perfeccionó la fórmula: definió como terrorista a quien atacara “a través de ideas contrarias a nuestra civilización occidental y cristiana”; y de los desaparecidos (definidos a priori como enemigos internos) llegó a decir, ante una pregunta directa del periodista José Ignacio López, que “no están ni vivos ni muertos”. Leopoldo Galtieri aplicó esa gramática antes de llegar a la Casa Rosada: al mando del Segundo Cuerpo de Ejército en Rosario, entre 1976 y 1979, fue responsable de buena parte de los crímenes de la dictadura en esa región.
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Washington no miró para otro lado: en junio de 1976, el secretario de Estado Henry Kissinger le dijo al canciller argentino César Guzzetti que si había “cosas que había que hacer” debían hacerse “rápido”, para volver “cuanto antes a los procedimientos normales”.
Milei no cita esa doctrina, pero reproduce su espíritu y su letra: habla de “someter por la fuerza” a quienes elijan “el mal”. Su lista de sospechosos es largamente conocida: antes que nadie más, son periodistas, políticos kirchneristas, empresarios que quiebran y reclaman por la industria, los movimientos sociales, la militancia de izquierda, los econochantas. Todos cumplen la función que cumplía el enemigo interno hace cincuenta años.
Claro que ese relato no nace en Buenos Aires. El 16 de julio, en el Departamento de Estado en Washington, el secretario Marco Rubio había inaugurado la Reunión Ministerial sobre el Resurgimiento del Terrorismo Político, con representantes de más de sesenta países, y con una definición casi idéntica: Rubio invitó a trazar un mapa del “terrorismo político de extrema izquierda trasnacional”, y mentó, como si se tratara de un riesgo real, a tupamaros, montoneros, las FARC y el ELN. Sabemos, claro, que es apenas un recurso propagandístico en sepia. “Llegó el momento de aplastar este mal para siempre”, dijo, sin embargo, el secretario de Estado.
Lo que distingue a esta reedición es que ya no necesita un aparato represivo estatal; le alcanza con uno de comunicación. Ahí entra Fernando Cerimedo, fundador de La Derecha Diario, que aplicó en Argentina, Brasil y Bolivia la misma lógica de guerra permanente contra un enemigo interno a medida: difundió que el kirchnerismo sabía del atentado contra Cristina Kirchner y organizó granjas de bots.
Esa lógica, esta semana, dejó de ser metafórica. Cerimedo, asesor del presidente boliviano Rodrigo Paz, fue detenido el martes en Santa Cruz de la Sierra tras el ataque a balazos contra Nadia Beller, su expareja y también figura de influencia en el entorno de Paz. Dos sicarios disfrazados de repartidores le dispararon frente a un hotel; Beller fue operada de urgencia. La Justicia boliviana imputó a Cerimedo por tentativa de femicidio, sumó un cargo de enriquecimiento ilícito y pidió 180 días de prisión preventiva.
Lo nuevo del 17 de agosto pasado fue el escenario: el enemigo interno dejó de ser metáfora de campaña para integrarse al discurso oficial de seguridad del Estado. Y ante el padre indiscutido de la patria.
Esa narración reapareció el viernes en Rosario. Frente a empresarios aplaudidores, en el 142° aniversario de la Bolsa de Comercio, Milei volvió a señalar enemigos: otra vez calificó a parte de la prensa de corrupta, una cloaca más, “mercenarios del micrófono”. Encuadró las críticas por la morosidad como “estrategia de campaña negativa” montada sobre la idea de “mercados repugnantes”, y se justificó: “Las elecciones son el año que viene, pero la campaña ya empezó”. El mecanismo es el mismo: se nombra un mal difuso (kirchnerismo, periodismo, mercados repugnantes) y se lo combate con descalificación total, la lógica que necesita un enemigo interno para sostenerse en pie.
Pero la retórica del enemigo interno no es un estilo discursivo más: tiene una función histórica precisa, preparar el terreno para que la violencia contra ese enemigo aparezca como legítima defensa. Lo hizo la Doctrina de Seguridad Nacional con las Fuerzas Armadas como brazo ejecutor; hoy lo intenta una derecha hemisférica que alterna el acto castrense con la tribuna empresaria, pero conserva la pregunta original: ¿quién es el enemigo? Cada semana, la respuesta se amplía un poco más.