Alguna vez declaré con todo el énfasis de que soy capaz, que es inaudible y poco duradero ya que a cada afirmación la sigue una vacilación y luego una negación, que cada escritor argentino quiere alguna vez escribir una versión de ese famoso cuento, o siquiera del encuentro visual, con el Aleph o el falso Aleph que el Borges-personaje cuenta que vio en el sótano de la calle Garay. Si en literatura siempre se trata de hacer cosas con las palabras, la versión más ajustada debía ser aquella en que menos se reconociera la fuente, una fuente que ni siquiera debía encontrarse en el cuento del propio Borges, ya que nuestro Homero prácticamente no escribió texto alguno que no fuera a su vez una reescritura de otros textos anteriores y que el lector vuelto detective a su turno sabrá encontrar –o no.
La primera vez que tuve la impresión de que alguien había reescrito “El Aleph” fue en Moncada, la novela de Jorge “Dipi” Di Paola y Roberto Jacoby que tal vez sin buscarlo y de manera extendida y alucinatoria ofrecía las dimensiones del texto precursor, el Universo en una cáscara de nuez.
La segunda fue “Help a él”, de Rodolfo Fogwill, que a fuerza de alevosía y talento reescribía desde el título la historia original denunciando lo que a esa historia faltaba desde una mirada que incluya los asuntos del cuerpo y sus derivas. Entonces, donde Borges hay omisión, elipsis, pudor de caballero argentino, en Fogwill hay un narrador deslenguado que denuncia lo faltante y protagoniza tríos, consume drogas y derrama esperma.
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La tercera reescritura posible del momento cumbre del encuentro del narrador con su Aleph lo encontré en Antes de nada, de Martín Caparrós. ¿Qué hizo a su vez? Vio, bien, que Borges montó su escena recurriendo a una selección exquisita de elementos que en sucesión armaban la perspectiva de una totalidad visual suficiente, la de una revelación extraída de la totalidad de sus lecturas escogidas. Caparrós, en no menos de veinte páginas, despliega, no lo que leyó a lo largo de su vida y que fue destilando en una operación exquisita, sino todo lo que vio a lo largo de sus viajes: tiempo acumulado que convirtió en un maravilloso, extenso momento de revelación.