Genio y figuras

7 Min Read
Genio y figuras

Aparece algo que sobra, que está de más y no hace falta, que es preciso desechar: decimos entonces que hay desperdicios. Pero también decimos que hay desperdicio, o que algo se desperdició, cuando pudo ser pero no fue, cuando algo de veras valioso pudo hacerse y no se hizo. El desperdicio puede tener que ver entonces con un de más; pero también, por el contrario, con un de menos, con una falta y no con lo sobrante. Basura, de Héctor Abad Faciolince, está escrita a partir de la idea de lo que se tira y luego se revuelve. Y El desperdicio, de Matilde Sánchez, con la historia de una persona muy capaz y talentosa que no hizo en su vida lo que claramente habría podido hacer, que no fue lo que habría podido ser. Aparece ahí una diferencia de grado, eventualmente terrible, entre desperdiciar y desperdiciarse. Lo desechado puede rescatarse, pero tiende más bien a perderse. Lo que no fue, y porque no fue, perdura extrañamente.

¿Un ejemplo? El Trinche Carlovich. Los que lo vieron jugar, en su tiempo, aseguran que había en él un talento descomunal, el brillo inconfundible de un genio, dotado para descollar en todas las canchas del mundo y destinado sin duda alguna a triunfar en las planas mayores, a ser una figura máxima. ¿Lo hizo? No, no lo hizo. ¿Lo fue? No, no lo fue. Por puro desgano de gloria, o por excesivo apego a la pesca (faltaba a los entrenamientos, y eventualmente a algún partido, para perderse caña en mano entre las islas del Paraná, ahí en la zona de Rosario), no despegó como podía ni desplegó su potencial, no fue lo que pudo ser. Jugó maravillosamente, según dicen, pero siempre en su zona de origen, y en partidos de segunda división mayormente, en canchas chicas, sin tanto público, sin grandes coberturas y sin televisación (por eso casi no quedan registros fílmicos de su juego; sólo testimonios personales de quienes, asombrados todavía por lo que tuvieron ocasión de presenciar, lo vieron en acción).

El Trinche Carlovich es la expresión por antonomasia del genio desperdiciado en el fútbol argentino, utopía desde el vamos sin futuro, añoranza de lo que no fue (pero pudo ser, pero pudo ser). Sin moverse de Rosario (aunque sí dentro de Rosario: de Central Córdoba a Newell’s Old Boys), es posible ensayar el intento de pensar a Messi desde el Trinche Carlovich (y no desde Maradona, que es lo que suele hacerse). Considerado a partir del Trinche, genio desperdiciado, genio del desperdicio, resalta aún más lo que hay en Messi de genio absolutamente eficaz, de genio sin desperdicio alguno (fórmula de elogio establecida para ciertos libros y para ciertas películas: que “no tienen desperdicio”). La eficacia de Lionel Messi destella hasta el encandilamiento de una justa admiración sin límites, tanto en su juego como en sus números, en la cancha y en las estadísticas. Desde su vida personal y familiar hasta su manera de eludir rivales, de llevar la pelota o de pasarla, todo en él tiende a ser eficaz, todo es ajustado y rinde. Ha llevado hasta la perfección la disposición de medios con arreglo a fines; en su intenso sentido del don (de lo que ha dado a los argentinos, de lo que dio a los barceloneses) nada hay de despilfarro. Incluso lo que le tocó perder (tal o cual partido, tal o cual final) o lo que se diría que desperdició (tal o cual penal) parece haber entrado en verdad en cierta lógica de reciclaje (esa que sirve para reutilizar los residuos, tanto que dejan de ser meros residuos para volver a ser materiales de uso), por lo cual cabe plantear que en cierto modo sirvieron para los partidos y las finales que sí se ganaron, para los penales que sí se convirtieron. Y si en términos de registro y archivo, de Carlovich no quedó nada, de Messi lo tenemos todo. Todo y todo el tiempo, todo y para siempre.

Esto no les gusta a los autoritarios

El ejercicio del periodismo profesional y crítico es un pilar fundamental de la democracia. Por eso molesta a quienes creen ser los dueños de la verdad.

Entonces sí, ahora sí: Maradona. El lugar de Maradona (pero ya no en el contrapunto binario con Messi, ni para oponerlos ni para acoplarlos, ni para escindirlos ni para integrarlos); porque en Maradona hubo don, pero hubo también despilfarro (más cerca del potlach batailleano que de un utilitarismo de Mill). En Maradona hubo un genio realizado (en el sentido en que puede realizarse un sueño), pero hubo también desperdicio. Vida y obra, por así decir, trabadas para el desperdicio no menos que para el provecho. Maradona se consumó (y se consumió), pero también se desperdició. Él mismo lo dijo una vez, en una de las tantas entrevistas, hablando de su adicción, de los excesos, de las suspensiones, de todo lo que le había restado posibilidades en lo físico: “Qué jugador nos perdimos”. Dijo así: “nos perdimos”. No dijo “se perdió”, no dijo “me perdí”, no dijo “les hice perder”. Dijo así: “Nos perdimos”. Dijo nos perdimos.

Share This Article
Leave a Comment

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *