El precio de depender de China

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El precio de depender de China

La soberanía argentina no admite una doble vara. No podemos permitirnos no hablar de infraestructura crítica, tecnología, seguridad nacional y de la necesidad de que nuestro alineamiento con los Estados Unidos tenga consecuencias concretas. Ahora aparece otra dimensión del mismo problema: quién sostiene nuestras reservas cuando las propias no alcanzan.

El Banco Central de la República Argentina acaba de renovar por cinco años el acuerdo de swap de monedas con el Banco Popular de China por 130.000 millones de yuanes, equivalentes aproximadamente a US$ 18.000 millones.

Conviene ser preciso. Eso no significa que Argentina haya recibido ahora 18.000 millones de dólares ni que deba devolver inmediatamente esa suma. Se trata de una línea de intercambio de monedas. Sin embargo, permanecen activados 35.000 millones de yuanes, aproximadamente US$ 5.000 millones, que constituyen una obligación financiera del BCRA frente a su contraparte china.

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Permanecen activados 35.000 millones de yuanes, aproximadamente US$ 5.000 millones, que constituyen una obligación financiera del BCRA frente a su contraparte china”

La discusión, entonces, excede ampliamente lo contable. Es una discusión sobre libertad. Un país no es libre solamente porque sus ciudadanos puedan comprar, vender, invertir y producir. También debe ser capaz de elegir su política exterior, proteger su infraestructura estratégica y atravesar una crisis económica sin depender de la voluntad financiera de otra potencia.

China lo entendió perfectamente. La extensa red internacional de swaps construida por el Banco Popular de China forma parte de una estrategia mucho mayor: facilitar el comercio denominado en yuanes, internacionalizar su moneda y aumentar el peso económico y financiero de Beijing.

No hay nada sorprendente en ello. China defiende los intereses de China. La pregunta es ¿Quién defiende los intereses de la Argentina? Nuestro país debe comerciar con China. Es una de las principales economías del planeta y uno de nuestros mayores socios comerciales. Pero existe una diferencia enorme entre comerciar con una potencia y depender de ella.

En el primer semestre de este año China representó más del 22% de las importaciones argentinas y alrededor del 10 por ciento de nuestras exportaciones. El déficit comercial bilateral superó los US$ 3.000 millones. A esa relación comercial se agregan infraestructura, inversiones, tecnología y una red financiera de emergencia que acaba de renovarse por otros cinco años. Cada elemento puede parecer razonable cuando se lo observa aisladamente.

El problema soberano de la doble vara

El problema aparece cuando miramos el conjunto. Porque entonces surge una contradicción que la Argentina debería discutir seriamente. Nuestro país proclama una alianza estratégica con los Estados Unidos mientras una parte significativa de su red de seguridad financiera continúa descansando sobre el Banco Popular de China.

China es una de las principales economías del planeta, uno de nuestros mayores socios comerciales; pero hay diferencia enorme entre comerciar con una potencia y depender de ella”

Y hay algo todavía más importante. El swap no constituye riqueza argentina. No son exportaciones. No son inversiones productivas. No son reservas acumuladas gracias al crecimiento de nuestra economía. Es capacidad financiera prestada. Puede brindar liquidez y puede resultar útil para atravesar dificultades. Pero precisamente por eso revela nuestra vulnerabilidad.

Podemos utilizar todas las denominaciones técnicas que queramos. Políticamente, debemos tener el coraje de reconocerla. Y esto no significa reemplazar una dependencia china por una dependencia estadounidense. Significa exactamente lo contrario. Argentina debe recuperar la capacidad de elegir. Si hemos decidido construir una alianza estratégica con los Estados Unidos, esa decisión no puede limitarse a declaraciones diplomáticas, fotografías, votaciones internacionales o compras militares.

En el primer semestre de este año China representó más del 22% de las importaciones argentinas y alrededor del 10 por ciento de nuestras exportaciones”

Una verdadera alianza estratégica implica desarrollar progresivamente una arquitectura compatible en políticas claves. Estados Unidos debe convertirse en nuestro principal socio estratégico porque compartimos una concepción del mundo basada en la libertad, la propiedad privada, las instituciones republicanas y las sociedades abiertas.

Pero una alianza entre países libres solamente tiene sentido cuando cada uno conserva su capacidad nacional. Por eso la respuesta no es obedecer a Washington. La respuesta es dejar de necesitar a Beijing. Y aquí aparece una discusión que la Argentina liberal también debe darse.

La libertad económica no termina en bajar impuestos, eliminar regulaciones, reducir el déficit o equilibrar las cuentas públicas. Todo eso es necesario. Pero existe una dimensión nacional de la libertad económica. Un país verdaderamente libre necesita capacidad para generar divisas, acumular reservas genuinas, financiar su comercio, atraer inversiones y atravesar una crisis sin quedar condicionado por la decisión de un gobierno extranjero.

Mucho más cuando ese gobierno pertenece al Partido Comunista Chino, una potencia cuyo modelo político, institucional y estratégico es profundamente diferente del que la Argentina dice haber elegido. El problema no es comerciar con China. El problema es necesitar a China. Argentina tiene recursos naturales extraordinarios, energía, alimentos, minerales críticos, tecnología, talento humano y una posición geopolítica privilegiada.

Nuestra respuesta debe ser transformar esas ventajas en poder económico real. Más exportaciones. Más inversión occidental. Más industria competitiva. Más energía. Más minería responsable. Más tecnología. Mayor acceso a los mercados internacionales de capitales. Mayor integración con Estados Unidos, Europa, Japón, Taiwán y las democracias tecnológicas del mundo libre.

El objetivo debería ser que algún día el swap con China pueda existir como una herramienta comercial conveniente, pero que Argentina no lo necesite para sostener su estabilidad financiera. Esa diferencia es enorme. La renovación del swap demuestra que el desafío ya no pertenece solamente al terreno de la tecnología o de la seguridad nacional. También pertenece al corazón de nuestra economía.

Por ende, así como la soberanía tecnológica no admite una doble vara, la soberanía económica tampoco. Porque no existe libertad política duradera sin libertad económica, y no existe verdadera libertad económica cuando una Nación necesita de otra potencia para protegerse de sus propias crisis.

Si realmente pretendemos construir una alianza estratégica con los Estados Unidos y ocupar su lugar entre las democracias del mundo libre, tiene que plantearse un objetivo mucho más ambicioso: dejar de depender de China.

*Director de la Fundación Diplomacia Ciudadana

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