El escritor argentino Julíán Varsavsky es conocido como periodista y cronista de viajes. Editor de la sección Sociedad del diario Página/12, ha publicado varios artículos con consideraciones antropológicas y filosóficas en torno a aspectos controversiales de la tecnología actual.
En uno de ellos advierte sobre la eventual limitación en el uso de las manos en un porvenir robótico, y remite a las ideas del pensador surcoreano Byung Chul Han, profesor de la Universidad de las Artes de Berlín (UdK), una de las mayores academias artísticas de Europa.
Al contemplar un martillo, señala Han, lo conceptualizamos como un ente; pero es al tomarlo para martillar cuando descubrimos la específica función del martillo, y en ese momento el objeto se revela como tal en su completa dimensión.
Esto no les gusta a los autoritarios
El ejercicio del periodismo profesional y crítico es un pilar fundamental de la democracia. Por eso molesta a quienes creen ser los dueños de la verdad.
Nuestro entorno perceptivo se desmaterializa insensiblemente –continúa- porque los datos expuestos en una pantalla reducen la referencialidad con lo real.
“Ahora producimos y consumimos más información que cosas. Literalmente: nos intoxicamos de comunicación (…) Nos volvemos fetichistas de la información y de los datos”.
Recuperando perspectivas del filósofo alemán Martin Heidegger, el coreano resalta el rol primordial de la mano, el elemento que nos conecta con el espacio próximo. El porvenir digital vislumbrado por Han entraña un número creciente de personas manualmente inactivas, con acciones restringidas al uso de la yema de sus dedos para oprimir teclas o consumar una selección en la pantalla táctil.
“En unas décadas, la descendencia ni siquiera notará que ha dejado de usar las manos”.
Sus vaticinios se cimentan en un proceso que se afianza inexorable en el entorno, por el que día a día las operaciones manuales son reemplazadas por la intervención de una computadora o de un ingenio automatizado. Esa tendencia despliega, desde hace unos años, su inevitable correlato en los ámbitos educativos.
Nuestra experiencia docente y de capacitación en ciencias naturales corrobora que, incluso en los casos más destacados del trabajo -en los que los alumnos leen, indagan en la web, interpretan, plantean hipótesis, confrontan, arman proyectos, conciben artefactos y establecen relaciones entre variables al analizar fenómenos; es decir, ejecutan acciones sumamente relevantes y formativas-, rara vez recurren a sus manos para sopesar y medir, para optimizar un procedimiento o un aparato, para verter o transvasar un líquido hasta un cierto nivel; para ajustar, mezclar, enroscar o fragmentar.
Como resultado de la restricción en el uso, los pulgares han ganado celeridad para escribir en el celu, pero los movimientos de las manos han perdido fineza y precisión, y se ha deteriorado la capacidad de estimar proporciones, pesos o tensiones.
¿A quién le interesa esta carencia, si todo parece indicar que los modelos virtuales funcionan de maravilla? En una pantalla todo cierra con moñito, no se corren riesgos ni se debe derrochar tiempo ante piezas que no calzan, orificios que no coinciden con ejes o tornillos, ni otros irritantes desarreglos.
En no pocas ocasiones observamos que, al solicitarles el diseño de algún dispositivo simple que respondiera a un conjunto de especificaciones, los alumnos se mostraban renuentes a su ulterior realización concreta.
Para ellos el trabajo quedaba concluido al confeccionar un esquema, como si pasar a la concreción fuera una tarea de menor categoría, una acción que degradara la operación intelectual que acababan de ejecutar.
Tomar contacto con esas actitudes me revivieron una lectura remota y entrañable; la de Mano y cerebro en la antigua Grecia del historiador irlandés Benjamin Farrington.
El ensayo denuncia la repulsa de los antiguos griegos y romanos por el trabajo manual, ubicado en una escala inferior a toda creación sólo cerebral.
Exhumé de allí una frase atribuida a Sócrates sobre las artes mecánicas (o artes vulgares), que portan “un estigma social y son deshonrosas, pues dañan el cuerpo de quienes las ejercen. Los que se ocupan de estos trabajos no disponen de tiempo para cultivar la amistad o la ciudadanía”.
En tal grado, para Platón y Aristóteles, embrutecían el alma y cercenaban las facultades ciudadanas que eran juzgadas mezquinas y viles. Y Arquímedes, el más insigne experimentador de la antigüedad, se negó a publicar sus valiosos hallazgos para impedir que su nombre quedara vinculado con el trabajo privativo de los esclavos.
El mundo oriental no estuvo exento de esa discriminación. Durante siglos el imperio chino fue gobernado por una élite de burócratas cuyas uñas de longitud descomunal constituían la prueba manifiesta de que jamás se habían degradado a sujetar una azada o un martillo.
Y en el sistema social tradicional de la India, las tareas manuales – asociadas con los estratos sociales inferiores- aún hoy siguen siendo espiritualmente corruptas.
En una resonancia acaso más sinuosa repaso un poema de Bertolt Brecht, que empieza: “Quién construyó Tebas, la de las Siete Puertas?/ En los libros figuran los nombres de los reyes/ ¿Arrastraron los reyes los grandes bloques de piedra?…”
La aventura del experimento
En este escenario en el que las actividades manuales parecieran sentenciadas a la extinción, mi labor como docente y capacitador siempre ha apuntado a desarrollarlas mediante construcciones sencillas y formulación de experiencias concretas. Nunca lo percibí como una rebeldía inconsistente con el avance tecnológico, sino como una opción efectiva ante lo que las pantallas no pueden ofrecer.
Es que la teoría cobra sentido al articularla con las manos, y por ese carril nociones abstractas se afirman a través de situaciones palpables que perduran en la memoria. Aunque suene obvio, las manos también aprenden.
Si algo no funciona en una simulación virtual basta con presionar Ctrl + Z; la resolución de un problema en el espacio físico, en cambio, nos enfrenta a dilemas en los que hay que bosquejar, seleccionar materiales, ensayar, acomodar, utilizar instrumentos y herramientas, moldear y adaptar, ensamblar, calibrar una presión, alcanzar un equilibrio… además de domesticar la paciencia y nuestro margen de frustración.
Como muchas de estas acciones requieren la participación de más de una persona, el otro -aquel con quien hay que comunicarse, acordar, sincronizar operaciones- adquiere una significación especial.
La innovación permanente nos abastece de un cúmulo de fabulosos dispositivos cuya estructura interna ignoramos casi por completo, y ese desconocimiento suele generar meros usuarios funcionales. Fustigados por esa pasividad creciente, incitamos a los alumnos y a los demás docentes a remover cubiertas y curiosear en las intimidades de esos artefactos, con el fin de comprenderlos e incluso repararlos o transformarlos.
Hemos alentado la realimentación continua entre lo manual y lo intelectual porque, además, conocemos la satisfacción que se consigue al contemplar un producto terminado o un experimento exitoso. Lo más importante, sin embargo, es lo que aflora entre líneas, y se acredita en el incremento de la destreza manual y en la paulatina constitución del criterio lógico y el pensamiento crítico.
¿Unos pocos ejemplos de cómo lo intentamos? Entre los más chicos, a través de la exploración y manipulación de material concreto. Usando una pinza para separar los componentes de una mezcla.
O, sin derramar una gota, vertiendo un líquido coloreado en recipientes transparentes para obtener una escalerita de niveles. O probando distintos tipos de coladores y filtros para separar una variedad de mezclas. Analizando el rozamiento del aire en el descenso de paracaídas elementales – construidos con bolsas plásticas y piolines- y relacionando sus tamaños y sus pesos con el tiempo de caída.
Evaluando la intensidad del viento con un anemómetro casero y con molinetes armados por cada uno. Comparándolos con el funcionamiento de un molino y de otros artefactos impulsados por el aire. Cargando agua con jeringas agujereadas, para entender cómo son las bombas que extraen agua de las napas.
Representando el proceso de erosión de una roca en la naturaleza mediante una tiza colocada en un soporte bajo una canilla que gotea. Obteniendo hilos de la mayor longitud posible, retorciendo y agregando una a una las fibras de una mata de algodón.
Construyendo y usando un telar simple de clavos paralelos dispuestos sobre una madera. Empleando cubeteras como moldes para fabricar “ladrillos” con aserrín, cola vinílica, pulpa de papel y otros materiales. En fin, la lista completa sería casi ilimitada.
Es posible que, en algún recodo de mi conciencia, esté latente una suerte de homenaje a la mano humana, única en la disposición de su pulgar oponible, largo y robusto, y en la pinza de precisión conformada por el encuentro de las yemas.
Sublimes protagonistas de la historia y la cultura, precursoras en la exploración del entorno, capaces de encender música, de sembrar y cultivar la tierra, palpar texturas, erigir muros, amasar el pan, perturbar la madera y el metal, cobijar vida, tutelar una aguja o un pincel, y ser vehículo de creación y de trabajo.