De mitos de cine, ausencias y un espejo refractario: la encrucijada escénica de Rodrigo Mauregui

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De mitos de cine, ausencias y un espejo refractario: la encrucijada escénica de Rodrigo Mauregui
Patricia Daniele

Editora Ejecutiva de revista Weekend y su web, Editora General de Vivo.Perfil.com y de Lunateen.perfil.com. Columnista de espectáculos en Perfil.com y Reperfilar. Especializada en turismo y servicios al turista, gastronomía y lifestyle, series y TV paga, teatro y recitales, tendencias del mundo joven. TW e IG. @pato_daniele

En la práctica teatral, la vida del intérprete y el tejido de la ficción dejan de ser territorios deslindables para convertirse en un pliegue incómodo. Luces en el Espejo: La Ultima Función, un unipersonal que concluye su temporada en Beckett Teatro (Guardia Vieja 3556, CABA), opera en esa hendidura precisa. Escrita y protagonizada por Rodrigo Mauregui, la pieza articula la travesía de un hombre acorralado por el peso de sus frustraciones, enfrentado a las representaciones más oscuras, góticas y fronterizas del séptimo arte.
Detrás de la arquitectura narrativa, sin embargo, laten las capas de un proceso signado por el duelo, los giros estéticos y el reencuentro involuntario con la propia biografía. “A medida que van pasando las funciones, me di cuenta de que la obra tiene más cosas mías de las que creía y de las que quería ver, porque el teatro también nos hace ver esas caras que tal vez tenemos ocultas, reprimidas o negadas”, reflexiona Mauregui en un diálogo que desentraña la trastienda de una de las propuestas más singulares del circuito independiente.

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La génesis del proyecto se remonta al año 2024. Tras haber encarnado al Guasón en una versión escénica previa, el actor decidió adentrarse en la creación de un texto que integrara las figuras más emblemáticas de su imaginario cinéfilo como una suerte de prueba de resistencia actoral y dramática. Taxi Driver, Nosferatu, Tiempos modernos, El Resplandor, Trainspotting, Joker y La Naranja Mecánica no funcionan aquí como meros tributos o citas ilustrativas, sino como refracciones de un colapso psíquico e identitario. “Son todos los personajes que yo hubiera soñado hacer en mi vida y dije: ‘Voy a escribir una obra que me desafíe a esos niveles, pero que también sea una fusión entre cine y teatro y plantee preguntas poderosas'”, señala. Aquí la entrevista completa:

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Esa indagación inicial estuvo acompañada por la mirada del director Santiago Ríos, figura fundamental en la estructuración primera de la puesta, quien falleció de forma imprevista luego de haber atravesado los ensayos y el estreno original a finales de 2025. Su partida obligó a reconfigurar la producción en pleno movimiento y derivó en la incorporación de Osvaldo Peluffo en su lugar, un cambio que redefinió radicalmente el lenguaje del espectáculo. “Con la llegada de Osvaldo fue un empezar de cero, porque aunque era el mismo guion, el cómo es totalmente diverso. Lo que antes era muy Klaus Kinski, más racionalista, acá pasó a ser mucho más onírico y surrealista. Es muy finito ahora el límite entre si lo que pasa el personaje lo vive o está sucediendo en su cabeza”, explica el dramaturgo.

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A diferencia del montaje primigenio, donde la apelación al espectador era constante, la versión actual clausura de manera drástica la convención de la cuarta pared. El protagonista queda confinado a un viaje psicodélico, interior y riguroso, donde la metamorfosis física ocurre a la vista del público sin perder la tensión dramática. “El maquillaje de Alex de La Naranja Mecánica, el de Nosferatu o el del Joker se hace en vivo. Implica no perder la verdad emocional de lo que digo y concentrarme físicamente en desafíos muy precisos. Si el maquillaje del Joker no es exacto, rompe la imagen”, detalla sobre una labor interpretativa que requiere un entrenamiento atípico, que incluye ensayar el texto subiendo y bajando escalinatas para preservar la capacidad aeróbica y vocal.

La queja y la transformación

En el corazón de la pieza late el problema de la expectativa no cumplida y la construcción del fracaso como refugio existencial. Mauregui establece una marcada distancia crítica respecto de la postura victimista de su criatura escénica, trazando una frontera clara entre la ética del personaje y su propia filosofía de trabajo dentro del panorama artístico contemporáneo. El personaje es un actor que reniega, que se queja, que está siempre a la espera de un llamado que no llega pero no hizo nada por transformar su realidad. Yo me diferencio de eso: creo que el fracaso es una palabra que sirve para las excusas y que el verdadero miedo es al éxito, al compromiso en serio, a la disciplina diaria”, sintetiza.

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Con funciones confirmadas para representar a la Argentina en los festivales internacionales de Manizales, Bogotá y Medellín durante septiembre, y tras su paso por Mar del Plata y Carlos Paz, la obra se despide de la cartelera porteña reafirmando la vigencia de una pregunta que no busca clausuras complacientes. “El arte no está para dar respuestas; la verdadera inteligencia está en saber preguntar y en plantear interrogantes que nos saquen de los lugares comunes”, concluye el intérprete frente a un espejo que sigue devolviendo destellos de una infancia y una vocación que se resisten a la tristeza.
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