Durante más de treinta años, una verdadera selva verde creció oculta detrás de un paredón del barrio de Almagro. Durante lustros nadie pisó siquiera ese terreno baldío y la naturaleza hizo de las suyas.
Así, donde antes había un terreno vacío y con basura, el paso del tiempo se encargó de desarrollar un pequeño, pero denso, bosque que mezcla pastizales bajos y árboles de gran porte, cantidad de aves, mariposas y otras especies que encontraron refugio en uno de los barrios que menor proporción de espacios verdes tiene de toda CABA.
Ahora ese predio, cuyo dominio pertenece al Estado nacional y está ubicado en la calle Acuña de Figueroa al 900, volvió –por tercera vez– a salir a subasta y este nuevo intento de vender la propiedad a un desarrollador reavivó el reclamo vecinal para convertir el predio en una “microrreserva urbana”, de libre acceso para los vecinos y que sume metros de espacio verde a un barrio densamente construido.
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Según le contó a PERFIL el colectivo Relieve, una agrupación de vecinos de Almagro que propone que el baldío se transforme en reserva verde y se abra a los vecinos como una especie de plaza, “el terreno está bajo la égida de la Agencia de Administración de Bienes del Estado (AABE), que ya intentó vender el terreno en tres oportunidades, pero sin encontrar compradores. Ahora impulsa un cuarto remate con un precio inferior al de las convocatorias anteriores”, le detalló a este medio Mariela Izurieta, una de las integrantes de Relieve.
Para este activo grupo vecinal, la situación legal del terreno –que acumula 30 años de abandono– representa una “oportunidad única para que el gobierno porteño gestione el traspaso del inmueble y lo destine a un uso público”.
Propuesta original. Su propuesta no apunta a construir una plaza tradicional, sino a que el municipio desarrolle una “microrreserva” urbana, que haga una mínima intervención sobre un ecosistema que se fue desarrollando naturalmente y que conserva una biodiversidad inusual para un área tan densamente urbanizada.
“Cuando vimos por primera vez el interior del terreno, fue una sorpresa enorme. Fue un poco después de la pandemia y era prácticamente un bosque. Había colibríes, mariposas y una vegetación que nadie imaginaba que existiera detrás de ese paredón en pleno barrio”, le contó a PERFIL Izurieta, que en ese momento vivía a pocos metros del lugar.
El descubrimiento de ese tesoro urbano fue el punto de partida para la conformación de Relieve, el grupo que se armó a fines de 2021. Comenzaron investigando quién era el propietario del predio y qué posibilidades existían para preservarlo. Y la sorpresa fue doble: el terreno pertenecía al Estado nacional y llevaba décadas sin intervención humana.
Durante dos años el colectivo impulsó reuniones con la AABE, elaboró un completo proyecto urbanístico junto con un estudio de arquitectos, también del barrio, y se reunió con legisladores porteños de varios partidos políticos y con miembros de la Junta Comunal local.
Entre todos redactaron una iniciativa legislativa para cambiar la zonificación del predio y destinarlo de manera permanente al uso público. Sin embargo, el cambio de signo del gobierno nacional interrumpió las conversaciones y en pocos meses el terreno apareció en el listado de inmuebles estatales destinados a la venta.
Falta verde. Uno de los argumentos centrales del reclamo tiene que ver con la situación ambiental de Almagro. El barrio integra la Comuna 5 junto con Boedo, una de las jurisdicciones con menor superficie verde por habitante de toda la Ciudad. Además de la escasez de plazas, el crecimiento sostenido de la construcción y la alta densidad poblacional profundizaron el déficit de espacios de encuentro y recreación.
A esto se le suma que una cantidad de estudios urbanos demuestran que incrementar la infraestructura “verde” ayuda a mitigar el efecto de “isla de calor” que azota a las ciudades en el verano, mejora la calidad del aire, reduce el ruido y favorece la salud física y mental de los habitantes.
“Estamos proponiendo algo que mejora la calidad de vida en un terreno que ya pertenece al Estado. Es casi una picardía desaprovechar una oportunidad así”, explicó Izurieta. Según esta vecina, el proyecto que pensaron prevé una intervención mínima: abrir algunos senderos accesibles, bancos, iluminación y equipamiento básico, procurando siempre conservar la mayor parte de la vegetación existente y respetar el ecosistema que evolucionó espontáneamente durante décadas.
La iniciativa de la microrreserva fue tomando una dimensión inesperada. Arquitectos, fotógrafos, sociólogos, politólogos y vecinos de distintas profesiones se incorporaron al proyecto de manera voluntaria. También recibieron el respaldo de divulgadores urbanos y especialistas en patrimonio ambiental, y armaron varias jornadas “abiertas” para que los vecinos pudieran observar el interior del predio mediante escaleras y andamios en la vereda. Así se convocó a cientos de personas interesadas en conocer ese bosque oculto detrás de un muro anónimo.
“Cada vez que organizamos una actividad para difundir nuestra propuesta, la respuesta supera nuestras expectativas. Hay algo muy profundo en la reacción de la gente cuando descubre este lugar. Es como recuperar esa sensación de encontrar un pequeño paraíso en medio de la ciudad”, señaló Izurieta.
La referente vecinal consideró que “el entusiasmo refleja una necesidad creciente de contacto cotidiano con la naturaleza en una Buenos Aires donde cada metro cuadrado de verde adquiere un valor estratégico frente al avance del cemento”.
Mientras el cuarto intento de subasta avanza a paso redoblado, Relieve prepara un “Vecinazo” para el 15 de agosto, pocos días antes del remate. La convocatoria busca –otra vez– sumar apoyos ciudadanos y volver a instalar el debate sobre el destino de un terreno que, para sus impulsores, representa mucho más que un baldío: es una oportunidad excepcional para ampliar el patrimonio ambiental de una ciudad que necesita más espacios verdes y menos oportunidades perdidas.
¿En qué consiste una microrreserva urbana?
E.G.
A diferencia de una plaza convencional, una microrreserva urbana busca conservar un ecosistema ya existente, interviniéndolo lo menos posible para compatibilizar la protección de la biodiversidad con el acceso de las personas. El objetivo no es reemplazar la naturaleza por un parque diseñado desde cero, sino preservar un ambiente que se desarrolló espontáneamente y aprovechar su valor ambiental, educativo y científico.
En el caso del terreno de Acuña de Figueroa, los integrantes del grupo sostienen que durante más de tres décadas prácticamente no hubo intervención humana. Ese largo aislamiento permitió el crecimiento de árboles de gran porte y la aparición de aves, mariposas, insectos polinizadores y otras especies que hoy conforman un refugio de biodiversidad en uno de los sectores más densamente urbanizados. “La naturaleza hizo su trabajo y es bellísimo”, contó Izurieta.
La propuesta elaborada por arquitectos y vecinos contempla abrir senderos permeables, instalar bancos, iluminación y accesibilidad, pero manteniendo la vegetación existente. El colectivo sostiene que el costo de esa intervención sería muy reducido frente al presupuesto habitual destinado a obras de espacio público y que el verdadero patrimonio a conservar es el ecosistema ya consolidado.