Elon Musk acaba de lanzar la mayor IPO (Oferta Pública Inicial de Acciones) de la historia y ha recaudado US$ 175.000 millones, 3 veces más de lo que fue la oferta de la mayor empresa petrolera del mundo que fue la de Aramco, propiedad de Arabia Saudita.
Habría que agregar para tener una dimensión precisa de lo que significa esta recaudación que la IPO de SpaceX recibió 3 veces más ofertas de capitales – US$ 210.000 millones – que los que finalmente aceptó.
Los componentes fundamentales de la demanda de SpaceX son tres: un programa de lanzamiento de 20/25 cohetes espaciales multiuso, que pueden ser recuperados para volver a ser colocados en el espacio 1 o 2 veces más; múltiples satélites para ser colocados a distintos niveles del espacio (y todo esto realizado con el uso intensivo de la Inteligencia artificial); por último, Musk se propone colocar con la marca SpaceX una estación espacial habitada que aspira a ubicar antes de 2035 en Marte, “el planeta rojo”.
Musk, que tiene tres nacionalidades – sudafricano/canadiense/estadounidense – es una mezcla perfecta de un Tomás Alva Edison de la época que al mismo tiempo posee el sentido de los negocios y de las inversiones de un John D. Rockefeller; y que tiene para servir a esta doble vocación profunda un capital personal de US$ 3 billones, el mayor de la historia del capitalismo.
Por eso Musk intenta utilizar la totalidad del capital de SpaceX (US$ 1,78 billones), más todo lo que sea necesario de sus ingresos personales para financiar sus múltiples empresas creadas a la luz común de la inteligencia artificial.
De más está decir que Musk rechaza todo intento de regular la IA, de modo que no acepta limitarla de ninguna manera sino, por el contrario, quiere multiplicarla e intensificarla fundada en una visión súper optimista surgida de Silicon Valley y de la que él es uno de los autores principales, cuyo objetivo es fundir en un solo “Bloque Histórico“ al gobierno de Donald Trump con los titanes de la región del área de San Francisco.
El criterio de Musk para planificar y pensar es de características cósmicas, que para él es un simple ejercicio de sentido común, sólo que de la época (este es un razonamiento que a Gilbert K. Chesterton le parecería razonable y prudente).
El fenómeno Elon Musk/SpaceX integra una tendencia de mayor envergadura.
Goldman Sachs estima que las IPO de este año en Wall Street superarán un record de US$ 225.000 millones, en compañías – usualmente startups – que recién ingresan al mercado.
Señala también, que las empresas high tech que ya son públicas, como es el caso de Google/Alphabet, recaudaron en la última semana US$ 85.000 millones que van a invertir este año junto con las otras tres grandes plataformas – Amazon-AWS/Meta-Facebook y Microsoft – US$ 725.000 millones en la expansión de todas las actividades de IA, ante todo Big Data, Servers, y formación y especialización de personal.
En suma, los mercados bursátiles norteamericanos tanto en Wall Street como en Chicago o en Dallas se están expandiendo a una vertiginosa velocidad, sólo comparable por su intensidad con la que provocó el auge fenomenal de Wall Street debido a su tarea de financiar el boom ferrocarrilero que se desplegó en EE.UU entre 1870 y 1890 – los “Años de Oro” del capitalismo norteamericano en la primera parte de su historia-.
Ahora esa “Edad de Oro” ha retornado pero multiplicada a la enésima potencia, nuevamente en la superpotencia norteamericana. De ahí el porqué del surgimiento de la IPO de SpaceX/Elon Musk en Wall Street la semana pasada.
Hay que comprobar al mismo tiempo que las grandes plataformas de alta tecnología – Amazon, Alphabet, Meta, y Microsoft – están cada vez más endeudadas; y que supera ya en más de US$ 300.000 millones el endeudamiento de los últimos 6 meses.
Lo que sucede en la civilización norteamericana es que se ha puesto en marcha un superciclo de endeudamiento, de inversiones y de demanda, que se alimentan una a la otra y se expanden en conjunto.
Esta “Edad de Oro” del capitalismo tiene un carácter inmediatamente global y está unida e incesantemente transformada por la revolución de la técnica en su fase de Inteligencia artificial; y la categoría estratégica de esta nueva época de la historia del mundo ya no es el espacio o el tiempo, sino la instantaneidad.
El primero que lo advirtió fue Karl Marx, continuado y profundizado por Joseph Schumpeter: el capitalismo es la cuadratura del círculo; y por eso su incesante expansión está sembrada de crisis y por lo tanto sumergida en una continua y aguda incertidumbre, donde lo único que es seguro es que esta expansión profunda – o constante ampliación productiva – no crece incrementalmente sino por saltos cualitativos, profundamente disruptivos por definición.
Por eso es que la IA se ha convertido en una fuerza macroeconómica expansionista en sí misma; y lo benéfico para el mundo es que al mismo tiempo ha devenido en una brutal fuerza desinflacionaria, como lo ha señalado repetidas veces el nuevo titular de la Reserva Federal Kevin Warsh.