Vivimos como si no fuéramos a morir y morimos como si nunca hubiéramos vivido. El senador David Rice Atchison pasó a la historia por una ironía casi absurda.
Por una extraña transición presidencial en los Estados Unidos, tuvo la posibilidad de convertirse en presidente por un día. Pero la noche anterior se perdió entre fiestas, comida y bebida. Dio órdenes estrictas de no ser despertado y terminó durmiendo durante toda su presidencia.
Se quedó dormido en el momento más importante de su vida. Y quizás esa no sea solamente su historia. Quizás sea también la nuestra.
Las grietas también florecen: la belleza de transformar las heridas en luz
Porque muchas veces la vida nos entrega un reino entero y nosotros vivimos dormidos. Dormidos frente a nuestro potencial. Dormidos frente a nuestra misión. Dormidos frente a la posibilidad de convertirnos en aquello que realmente podríamos ser.
Cuenta una antigua parábola que había un hombre humilde que había servido al rey con una lealtad absoluta durante años. Había sacrificado comodidades, había actuado con valentía y había permanecido fiel incluso cuando nadie lo veía.
El rey decidió recompensarlo de una manera extraordinaria.
—Mañana al amanecer abriré para ti las puertas de mi tesoro real —le dijo—. Tendrás una hora entera para entrar y llevarte todo lo que puedas cargar. Oro, diamantes, joyas… todo lo que tomes será tuyo.
El hombre no pudo dormir en toda la noche.Imaginaba cómo cambiaría su vida. Imaginaba abundancia. Futuro. Oportunidades infinitas.
Al amanecer, las enormes puertas del palacio se abrieron. Y el hombre comenzó a correr hacia el tesoro. Pero antes de llegar escuchó música. Unos músicos tocaban melodías hermosas. “Solo un minuto”, pensó. Se quedó escuchando una canción, después otra y otra más.
La lección de los caballos y el río: por qué vivimos desconectados
Cuando finalmente decidió continuar, vio un banquete preparado para él: frutas exóticas, panes calientes, vinos, postres y manjares que jamás había probado. “Comeré algo rápido y seguiré”, se dijo. Pero lo rápido se volvió lento.Y lo pasajero comenzó a ocupar el centro.
Después del banquete sintió cansancio. Había almohadones de seda junto al jardín del rey. “Descansaré apenas un instante.” Cerró los ojos. Y se quedó dormido.
Horas más tarde lo despertó el sonido de las trompetas. Frente a él estaban los guardias reales.
—El tiempo terminó. El hombre corrió desesperado hacia la sala del tesoro. Pero las puertas ya estaban cerradas.
Salió del palacio con las manos vacías. Tuvo acceso al tesoro del rey y lo perdió por distracciones pequeñas.
Esa es muchas veces la tragedia humana. No siempre destruimos nuestra vida con grandes errores. A veces la perdemos lentamente, distraídos. Nos entretenemos. Nos anestesiamos. Nos acostumbramos a vivir en automático. Y mientras tanto, el tiempo pasa.
Pasan años enteros sin decir “te amo” como deberíamos. Sin pedir perdón. Sin abrazar más fuerte. Sin estudiar aquello que alimenta nuestra alma. Sin convertirnos en personas más profundas, más sensibles, más espirituales, más presentes.
Vivimos convencidos de que siempre habrá más tiempo. Pero hay puertas que no permanecen abiertas para siempre. Cada uno de nosotros recibió un reino. Una vida. Un alma infinita. La posibilidad de traer luz, sanar heridas, construir vínculos y cambiar generaciones enteras.
Y sin embargo, demasiadas veces cambiamos diamantes eternos por distracciones momentáneas. La pregunta más importante no es cuánto tiempo vivimos. La verdadera pregunta es: ¿estuvimos despiertos mientras vivíamos?
Todavía estamos a tiempo. Todavía podemos despertar. Todavía podemos volver a mirar a quienes amamos con presencia real. Todavía podemos dejar de sobrevivir y empezar a vivir de verdad.
Porque el tesoro sigue ahí.Y mientras haya vida, las puertas todavía no se cerraron.