A cinco meses del devastador 7 de noviembre de 2025, la ciudad de Rio Bonito do Iguaçu, en el centro de Paraná, Brasil, continúa siendo una zona de guerra en proceso de limpieza. Aquel día, un tornado de categoría F4 —el segundo más potente en la escala técnica— atravesó el municipio con vientos que rozaron los 400 km/h, dejando un saldo de seis muertos, 750 heridos y la destrucción total o parcial del 90% de sus edificios.
Hoy, el paisaje de la ciudad es un mosaico de escombros, cimientos vacíos y casas prefabricadas que intentan devolverle el hogar a las más de 3.000 familias que quedaron a la intemperie.
El fenómeno que cambió la geografía urbana
El tornado F4 no solo arrancó techos; literalmente desintegró estructuras de hormigón y madera, lanzando vehículos y restos de viviendas a kilómetros de distancia. Desde entonces, el municipio permanece en estado de emergencia, un decreto que permite la contratación directa de obras pero que, según los registros, aún no ha logrado cubrir la demanda habitacional básica.
La situación de la infraestructura hoy:
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Educación: Ocho escuelas fueron borradas por el viento. Actualmente, el sistema educativo funciona en galpones y almacenes prestados, donde la precariedad de las instalaciones se suma al desafío pedagógico.
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Viviendas estatales: El Gobierno de Paraná anunció un plan de 320 casas prefabricadas. Sin embargo, la entrega es mínima y las unidades han sido blanco de críticas por entregarse sin terminaciones básicas como pisos, agua corriente o conexión eléctrica.
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Investigación judicial: La Fiscalía de Paraná mantiene abierta una investigación por presuntos sobreprecios y sobrefacturación en estos contratos de emergencia, cuestionando la durabilidad de los materiales utilizados frente a la magnitud de la inversión pública.
Una comunidad marcada por el trauma meteorológico
Más allá de los ladrillos, el impacto más profundo se observa en el comportamiento social. En una ciudad de tradición colona y agrícola, la relación con el clima se ha quebrado. Cualquier ráfaga de viento superior a los 50 km/h —común en esta época del año— paraliza la actividad comercial y escolar.
El pánico colectivo es una constante: los padres retiran a sus hijos de los centros de educación ante la presencia de nubes oscuras, y se han reportado numerosos casos de crisis de nervios y descompensaciones físicas en adolescentes y niños vinculadas exclusivamente a los días de lluvia.
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La reconstrucción «a pulmón» y la solidaridad
Ante la lentitud de los fondos estatales (de los cuales solo se habría ejecutado cerca del 34%), la ciudad se levanta gracias a la autogestión y la ayuda de organizaciones civiles.
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Cáritas y Voluntarios: Organizaciones vinculadas a la Iglesia y movimientos sociales han logrado construir y entregar viviendas completas, financiadas íntegramente por donaciones privadas.
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Mano de obra propia: Muchos vecinos, ante la falta de respuesta oficial, han optado por reconstruir sus hogares con sus propias manos, utilizando materiales reciclados de los escombros y ayuda de familiares.
Rio Bonito do Iguaçu es hoy el reflejo de una resiliencia extrema, pero también de una profunda herida abierta. La ciudad intenta volver a ser lo que era, mientras sus habitantes aprenden a vivir con la mirada siempre puesta en el cielo, esperando que la historia no se repita.
Fuente: G1