Un proyectil no necesariamente termina su recorrido en el punto donde impacta. Según su construcción, velocidad, ángulo de incidencia y las características de la superficie alcanzada, puede deformarse, fragmentarse, penetrar, perforar o cambiar de dirección. Entre estas posibilidades, existe una particularmente importante desde el punto de vista de la seguridad: el rebote.
En los enfrentamientos armados, el exceso de perforación no siempre constituye el problema principal. También deben considerarse los eventuales rebotes, capaces de provocar heridas graves e incluso la muerte de terceros inocentes. Existen casos concretos en los cuales el proyectil, en lugar de penetrar una superficie, golpea contra ella y produce una depresión acompañada por desprendimiento de material, como puede suceder en mampostería, ladrillos o madera. En las chapas metálicas, en cambio, puede producir un hundimiento u hongueo.
Estos efectos pueden ser consecuencia tanto de impactos directos como de rebotes. Sin embargo, no siempre un proyectil que golpea en forma directa contra una superficie resistente, cambia su trayectoria. Si el blanco es muy duro, el núcleo del proyectil es relativamente blando y su velocidad es elevada, puede desintegrarse y diseminar alrededor de la zona de impacto numerosas esquirlas de pequeño tamaño. En la mayoría de los casos, éstas no producen efectos significativos a cierta distancia, aunque existen excepciones.
¿De qué depende un rebote? Para que se produzca un rebote deben considerarse distintos factores: la dureza del proyectil en relación con la resistencia ofrecida por el blanco, su velocidad, su aceleración y el ángulo de trayectoria desde que abandona el cañón hasta que alcanza la superficie. En este sentido, un proyectil de arma corta 9×19 mm de punta encamisada y baja velocidad —subsónico— tendrá más posibilidades de rebotar que otro del mismo calibre de punta hueca encamisada o de plomo. O que otro de mayor velocidad.
Precisamente, por estos motivos las fuerzas policiales y de seguridad de países avanzados están facultadas para utilizar cartuchos con proyectiles de punta hueca o deformables, con el propósito de disminuir el riesgo de lesiones o muertes de terceros inocentes como consecuencia de rebotes o sobrepenetraciones.
Cabe aclarar, además, que los disparos efectuados hacia el agua también pueden ocasionar rebotes, fenómeno que depende fundamentalmente del ángulo de incidencia. Para compenderlo de manera simple, el rebote se produce cuando el proyectil conserva casi intacta su masa y cambia violentamente de trayectoria, manteniendo todavía velocidad y energía suficientes como para continuar desplazándose.
Cuando el agua devuelve el proyectil Este fenómeno puede producirse al efectuar disparos en dirección a un espejo de agua, sobre todo con fusiles que emplean proyectiles tipo Spitzer, es decir, largos y puntiagudos. En ángulos menores a 40°, el agua puede comportarse frente al proyectil como una superficie prácticamente sólida.
Esto ocurre por la combinación de su densidad con la extrema velocidad que lleva en el momento del contacto. Las moléculas de agua no consiguen desplazarse con suficiente rapidez como para permitir una penetración eficaz y, como consecuencia, se genera una resistencia extraordinaria que produce una fuerza de reacción vertical y angular capaz de superar la tendencia del proyectil a continuar su trayectoria oblicua, provocando que sea expulsado nuevamente hacia la atmósfera en lugar de quedar absorbido por el medio acuático.
A esto se suma la energía cinética que todavía conserva. Al alcanzar el agua en un ángulo crítico, encuentra la resistencia de la superficie y puede producirse un cambio súbito y errático de dirección. A partir de allí, continúa con una trayectoria parabólica, en un efecto que podría compararse con el de una rampa de lanzamiento. Por esa razón nunca debe suponerse que un espejo de agua constituye una superficie segura para recibir disparos.
Tierra, pasto y otras superficies Un fenómeno semejante puede observarse sobre tierra, incluso cuando está cubierta por pasto. La compactación del suelo puede resistir la trayectoria oblicua de determinado proyectil y provocar que éste rebote, continuando también con una trayectoria parabólica y difícil de prever. Por todo ello deben evitarse los disparos con calibres de fusil en ángulos oblicuos capaces de originar rebotes sobre distintas superficies, priorizando lógicamente las trayectorias perpendiculares sobre blancos y zonas de contención adecuados.
También debe tenerse presente que los proyectiles disparados por fusiles son, por regla general –y dependiendo siempre del ángulo y del lugar de contacto–, más propensos a rebotar o modificar levemente su trayectoria original que los disparados por armas cortas. Sus formas aguzadas y alargadas los hacen más susceptibles a sufrir desestabilizaciones en determinadas circunstancias. El problema fundamental es que, una vez producido el rebote, resulta mucho más difícil anticipar hacia dónde continuará el proyectil.
Cuando el proyectil no rebota Frente al impacto de un proyectil sobre una superficie pueden presentarse tres situaciones principales. En la primera, hace contacto con el blanco y penetra ligeramente. Puede deformarse total o parcialmente, o fragmentarse, y al no permanecer alojado termina desprendiéndose y cayendo al suelo por acción de la gravedad. En la segunda, el proyectil impacta, penetra y queda detenido dentro del blanco. En esas circunstancias puede presentar diferentes grados de deformación o fragmentación. Y en la tercera, impacta, perfora completamente el objeto y continúa desplazándose.
Puede hacerlo conservando su masa o perdiendo parte de ella, y hasta fragmentarse más adelante. En muchos casos, además, el proyectil arrastra y retiene restos o vestigios del material alcanzado, al mismo tiempo que puede perder material propio. Esta circunstancia adquiere particular importancia en una pericia balística. Un proyectil recuperado debe ser pesado y examinado para determinar si conserva material amalgamado que no le pertenece originalmente. Ese análisis, junto con otros elementos periciales, puede aportar información para determinar el calibre, el tipo de cartucho y el arma utilizada.
Entrada y salida: las huellas del disparo Cuando se analizan proyectiles disparados por armas de fuego o de acción neumática contra objetos que presentan perforaciones, deben estudiarse tanto los orificios de entrada como los de salida. Ambos pueden aportar información fundamental para establecer la dirección desde la cual se efectuó el disparo. En chapas metálicas es habitual que el orificio de entrada presente aproximadamente el diámetro del proyectil y una forma relativamente regular, aunque esto no ocurre en todos los casos.
El orificio de salida, en cambio, puede ser ligeramente mayor y presentar un desprendimiento total o parcial del metal impactado, con un efecto similar al producido por un sacabocados. También puede aparecer un desgarro irregular, acompañado por el desplazamiento del material en forma de gajos o pétalos. En la madera ocurre algo similar. El orificio de entrada suele ser relativamente regular, mientras que el de salida generalmente resulta más grande e irregular, y presenta desprendimientos de material y astillas.
Cuando el blanco es vidrio El vidrio presenta características particulares. El orificio de entrada suele mostrar una configuración radial relativamente regular, aunque existen excepciones. Una de ellas puede darse en disparos efectuados a boca de jarro, debido a los efectos producidos inmediatamente delante de la boca del arma. Otra situación diferente aparece cuando la distancia es muy grande y el proyectil llega después de haber perdido buena parte de su velocidad y energía. En esos casos, el vidrio puede romperse o astillarse total o parcialmente. Algo similar puede ocurrir con proyectiles que se desplazan a baja velocidad. También deben considerarse el grosor y la cantidad de vidrios atravesados, ya que ambos factores influyen directamente sobre los efectos producidos durante el impacto.
Por su parte, el orificio de salida suele adoptar una forma semejante a un cono invertido o embudo, cuya base coincide con la salida. Esta presenta un diámetro mayor que la entrada, aunque puede conservar una configuración relativamente regular y simétrica. Todas estas características también permiten diferenciar, durante una pericia, los efectos provocados por un proyectil de arma de fuego o neumática de aquellos generados por una piedra u otro objeto arrojado contra el vidrio. Estos últimos suelen producir perforaciones irregulares y asimétricas o, directamente, una rotura parcial o total.
Reconstruir la trayectoria Para determinar el ángulo de incidencia y reconstruir la trayectoria de un proyectil sobre blancos inertes, deben considerarse tres elementos fundamentales. El primero es el propio proyectil: su aspecto y las deformaciones sufridas. El segundo es el blanco: deben analizarse el orificio y los efectos producidos por el impacto. El tercero es la ubicación y posición del objeto alcanzado dentro del lugar donde ocurrió el hecho.
Por lo general, cuando un proyectil impacta perpendicularmente contra un blanco, el orificio presenta una configuración radial uniforme. Cuando lo hace con un ángulo inferior a 90°, en cambio, tiende a producir una marca elíptica u ovalada. El análisis conjunto de estos elementos permite al especialista reconstruir lo sucedido y establecer, con mayor precisión, la probable dirección del disparo.
Pero detrás de todos estos conceptos periciales existe una enseñanza mucho más sencilla y válida para cualquier tirador: el recorrido de un proyectil no necesariamente termina donde se encuentra el blanco. Puede penetrarlo, atravesarlo, fragmentarse o rebotar y continuar su trayectoria conservando suficiente energía como para resultar peligroso.
Una superficie que a simple vista parece capaz de detener un proyectil puede, bajo determinadas condiciones, desviarlo hacia un lugar completamente distinto. Por eso, antes de efectuar cualquier disparo no alcanza con saber dónde está el blanco. También es indispensable saber qué hay detrás y alrededor de él. Una vez que el proyectil abandona el cañón, ya no existe posibilidad alguna de corregir su trayectoria.
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