La política, el periodismo, el progresismo, la derecha, los creyentes, los agnósticos: desde hace tiempo, nadie se quiere perder la oportunidad de criticar a la administración de justicia. Por diferentes motivos y empleando razonamientos parecidos, han logrado ubicar a los tribunales en el centro de la diana. Así las cosas, resulta conveniente hacernos una pregunta, y formularla de la manera más llana posible: ¿por qué todos se le animan? Un primer acercamiento a esta incógnita sería el siguiente: las percepciones de los individuos dependen de la forma estándar del saber que ha alcanzado la sociedad a la que pertenecen. Y relacionado con esto, las imágenes que se tienen de diferentes ámbitos, como en nuestro caso es el judicial, son por Ío general una amalgama de observaciones realistas y fantasías colectivas. Ambos argumentos pertenecen al sociólogo alemán Norbert Elías, y nos pueden ayudar a entender, en parte al menos, por qué son tan frecuentes estas caracterizaciones respecto del poder judicial: hoy por hoy, descalificarlo se ha vuelto una actitud estándar en el debate público. O dicho de otra manera, en esta coyuntura -y a menudo sin demostraciones contundentes- parece tentador explicitar las supuestas causas o los potenciales efectos de su mal desempeño. En segundo lugar, estos planteos corrosivos combinan observaciones realistas con fantasías colectivas, ya que ciertos integrantes del poder judicial, fundamentalmente quienes detentan cargos jerárquicos, trabajan pocas horas, ganan mucho dinero, y en ocasiones generan vínculos espurios con sectores privilegiados de la sociedad. Esto último tal vez sea resultado de observaciones realistas, pero también el efecto de fantasías colectivas, dado que -como ocurre en la mayoría de las burocracias- son pocos los miembros que poseen esos cargos jerárquicos. Como consecuencia, una parte significativa de los actores judiciales no está en condiciones de trabajar poco, ni de ganar mucho, ni de generar vínculos espurios con sectores privilegiados.
A su vez, decir que el poder judicial es estigmatizado o que se ha vuelto un chivo expiatorio de otros problemas sociales podría ser ingenuo, incluso demasiado indulgente con el mismo poder judicial. Sin embargo, es voluntarista creer que la administración de justicia es el principal problema de Argentina. Incluso sugerir algo así es atribuirle a esta institución más influencia de la que realmente tiene. Con esto último queremos decir que hay muchos problemas que la justicia no puede solucionar, como por ejemplo la desigualdad estructural, y otros tantos problemas que es deseable que no intente solucionar, como por ejemplo las disputas hacia el interior de la arena política.
Desde luego que es necesario cuestionar el trabajo de los tribunales, pero es aconsejable hacerlo con mayor rigor, respaldándose en información observable y no en sucesos anecdóticos. De hecho, es poco probable que quienes se dedican a analizar sistemáticamente dicha institución aseveren con determinación cosas similares.
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El filósofo Michel Foucault sostuvo que “por debajo del odio que el pueblo tiene a la justicia, a los jueces, tribunales, no hay que ver tan sólo la idea de otra justicia mejor y más justa, sino la percepción de que el poder se ejerce a expensas del pueblo. La lucha antijudicial es una lucha contra el poder y yo no creo que sea una lucha contra las injusticias de la justicia”. Recuperar este planteo es interesante porque si lo que se pretende es una mejora en la administración de justicia resulta crucial que las críticas a su desempeño estén mejor fundamentadas y correctamente dirigidas. De lo contrario, pegarle en el piso al poder judicial puede estar más relacionado con que es un poder y no tanto con que sea judicial.
*Investigador del Conicet. Instituto de Cultura Jurídica.