En el Centro Barrial San Benito, vinculado a la Parroquia San Benito, un grupo de voluntarias y voluntarios dedica gran parte de sus días a cocinar, limpiar y organizar comidas para personas que atraviesan situaciones de extrema vulnerabilidad. Allí, todos los mediodías, se abren las puertas para recibir a vecinos del barrio y preparar el alimento para los internos de la Casita San Miguel, un espacio de rehabilitación para personas con consumos problemáticos.
Silvia Recalde, una de las voluntarias del lugar, explicó: “es un lugar donde vienen a almorzar, desayunar y hay días que hay merienda para la gente del barrio y los chicos de la Casita San Miguel”, contó.
Actualmente, unas 40 personas que realizan su rehabilitación por adicciones, reciben diariamente la comida preparada en el lugar. A ellos se suman niños, adultos, familias enteras y personas en situación de calle que encuentran en el comedor una de las pocas garantías de alimentación diaria.

Las voluntarias aseguraron que por la situación económica que atraviesa el país, con una pobreza creciente, que contradice las estadísticas oficiales, la demanda en los comedores y merenderos aumentó considerablemente en los últimos meses. “Vienen familias enteras. Señoras con sus hijos y esposos, gente nueva también”, relató Perla, voluntaria de la Parroquia San Alberto, quien colabora diariamente en la cocina.
El trabajo cotidiano comienza mucho antes del horario del almuerzo. Hay personas encargadas de cocinar, otras de preparar desayunos y meriendas, y también quienes se ocupan de limpiar, ordenar y acompañar a quienes llegan al lugar. “Todos los días cambia la cocinera y la ayudante”, explicó Silvia.
Además del comedor, en el centro barrial funcionan grupos de acompañamiento para mujeres y otras actividades comunitarias impulsadas desde la Iglesia. Todo el esquema se sostiene gracias al compromiso de personas que ofrecen su tiempo de manera voluntaria. “Es un voluntariado y es el tiempo que vos tenés para dar”, expresó Perla.
La tarea no se limita únicamente a cocinar. Muchas veces, las voluntarias contienen emocionalmente a quienes llegan atravesando situaciones difíciles, escuchan historias de desempleo, adicciones o personas que directamente no tienen dónde vivir. “Hay gente en situación de calle, gente que no tiene trabajo”, señalaron.
Silvia relató que algunas personas incluso intentan llevar algo de comida para más tarde. “A veces quieren llevar un poquito y si queda algo en la olla les damos, porque ni siquiera un táper tienen”, comentó.
El comedor funciona con donaciones de empresas, vecinos y organizaciones. Según explicaron, reciben ayuda con mercadería, carne y gas, aunque no siempre en condiciones adecuadas. “Muchas veces nos donan cosas vencidas o con bichos y no podemos utilizarlas”, advirtió Silvia.
Aun así, las voluntarias remarcaron que nunca dejaron a nadie sin comer. “Gracias a Dios siempre alcanza. Nadie se va con la panza vacía”, sostuvo Silvia.
En medio de un contexto económico cada vez más complejo, el comedor se transformó en mucho más que un espacio de asistencia alimentaria. Detrás de cada plato servido hay horas de trabajo silencioso de personas que, sin cobrar un sueldo y dejando de lado tiempo con sus propias familias, sostienen diariamente una red de contención para quienes menos tienen.