Los trastornos alimentarios son enfermedades complejas de la salud mental que pueden afectar a personas de cualquier edad, género, peso corporal o contexto social, y que muchas veces pasan inadvertidos justamente porque no responden al estereotipo de extrema delgadez que destaca entre las imágenes esperables socialmente cuando se habla de trastorno alimentario.
Según estimaciones epidemiológicas internacionales difundidas por World Population Review, basadas en datos globales de salud, Argentina se encuentra entre los países con mayor prevalencia estimada de anorexia nerviosa. Más allá del lugar que ocupe en un ranking, el dato debería ser lo suficientemente relevante para formar parte de la discusión pública: los trastornos alimentarios son un desafío creciente para la salud pública y una detección temprana puede cambiar el destino de cada paciente.
La evidencia científica estima que entre el 2% y el 5% de la población desarrollará algún trastorno de la conducta alimentaria a lo largo de su vida. Además, este tipo de enfermedades están asociadas con complicaciones médicas, deterioro de la calidad de vida, depresión, ansiedad, un mayor riesgo de suicidio y una de las tasas de mortalidad más elevadas dentro de los trastornos psiquiátricos. Hablar de trastornos alimentarios es mucho más que hablar de comida: es visibilizar el sufrimiento que hay detrás.
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La alimentación suele convertirse en el lenguaje con el que una persona expresa conflictos emocionales, ansiedad, perfeccionismo, necesidad de control, baja autoestima o experiencias traumáticas. Por eso, no alcanza con reducir el problema a “comer más” o “comer menos”.
El origen multifactorial de un trastorno en aumento. Hoy sabemos que los TCA tienen un origen multifactorial: la predisposición genética interactúa con factores psicológicos, familiares, sociales y culturales. La presión por determinados ideales corporales, la exposición constante a imágenes irreales en redes sociales, ciertos deportes o profesiones donde el cuerpo adquiere un valor central y la presencia de otros trastornos de salud mental también pueden aumentar el riesgo, aunque ninguno de estos factores, por sí solo, explica la enfermedad.
La familia ocupa un lugar fundamental, especialmente durante la infancia y la adolescencia. Si bien no es responsable de generar un trastorno alimentario, sí puede transformarse en un sostén decisivo durante la recuperación. Escuchar sin juzgar, evitar comentarios sobre el cuerpo, no minimizar el problema ni atribuirlo a una cuestión de voluntad favorece que la persona busque ayuda y sostenga el tratamiento. Ninguna frase como “si quisieras, comerías” o “es solamente una etapa” contribuye a mejorar la situación. Por el contrario, suele aumentar la culpa, el aislamiento y la vergüenza.
La buena noticia es que los trastornos alimentarios tienen tratamiento y la recuperación es posible. Cuanto antes se consulte, mejores suelen ser los resultados. La evidencia actual recomienda un abordaje interdisciplinario que integre profesionales de la salud mental, medicina y nutrición. En adolescentes con anorexia nerviosa, además, la participación activa de la familia ha demostrado mejorar significativamente las posibilidades de recuperación.
Los trastornos alimentarios menos conocidos. Uno de los aspectos menos conocidos es la enorme cantidad de personas que presentan trastornos alimentarios no especificados, actualmente denominados en las clasificaciones internacionales como Otros Trastornos Alimentarios o de la Ingesta de Alimentos Especificados (OSFED). Son pacientes que experimentan un sufrimiento tan intenso como quienes cumplen todos los criterios diagnósticos clásicos, pero que muchas veces no reciben atención porque “no parecen estar lo suficientemente enfermos”.
Pueden mantener un peso considerado normal, alternar períodos de restricción con episodios de atracones, vivir con un miedo constante a determinados alimentos o sostener conductas rígidas que afectan profundamente su calidad de vida. El hecho de que no encajen perfectamente dentro de una categoría diagnóstica no significa que necesiten menos ayuda. Por eso resulta tan importante dejar de utilizar el peso corporal como único indicador de salud. Un cuerpo no cuenta toda la historia. Detrás de una alimentación aparentemente “saludable” también puede esconderse un profundo sufrimiento.
Como sociedad también tenemos una responsabilidad. Necesitamos dejar de felicitar automáticamente la pérdida de peso, dejar de asociar el valor de una persona con su cuerpo y aprender a hablar de alimentación desde el cuidado y no desde el castigo.
Porque los trastornos de la conducta alimentaria no hablan únicamente de comida. Hablan de personas que sufren.
Y quizás el primer paso para ayudarlas sea dejar de mirar solamente el cuerpo y empezar a escuchar la historia que ese cuerpo nos intenta contar.
*Lic. en Nutrición.