Marcelo Rubens Paiva: “Si la Historia es de los vencedores, la literatura pertenece a los vencidos”

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Marcelo Rubens Paiva: “Si la Historia es de los vencedores, la literatura pertenece a los vencidos”

“Creo que la literatura tiene una misión; así ocurre tanto en la ficción como en la autoficción. Si la Historia es el relato de los vencedores, la literatura es el de los vencidos”, asegura Marcelo Rubens Paiva (São Paulo, 1959), autor de Aún estoy aquí (Shackleton). El libro –un tributo a la memoria de su padre, el diputado Rubens Paiva, asesinado por la dictadura en 1971, y a la resistencia de su madre, Eunice– se transformó en un estandarte de la identidad brasileña tras el éxito de la película de Walter Salles, ganadora del Oscar a Mejor Película Internacional.

El novelista brasileño Marcelo Rubens Paiva, autor del libro que sirvió de base para la película

En el marco de la Feria del Libro de Buenos Aires, y en una Argentina que conmemora los 50 años del inicio de su dictadura más sangrienta, Paiva llega para dialogar sobre ese puente que une a nuestras sociedades: la herida abierta de los desaparecidos.

– Hablaste de la literatura como una “misión cumplida” en este libro. Con el éxito del filme y su alcance global, ¿sentís que la historia también se volvió una herramienta de educación para nuevas generaciones?

– Sí, exactamente. En el Brasil reciente hay gente que dice que en la dictadura militar el país era mejor; yo quería mostrar cómo una familia común terminó enfrentando toda la violencia del Estado, que no respeta los derechos individuales. Esto le puede pasar a cualquiera. Mi papel como escritor siempre ha sido ese: traer educación histórica ante los horrores que muchos quieren olvidar. El hombre es un animal político, decía Aristóteles. Hacemos política en todo. Queremos incomodar, hacer pensar, buscar el otro lado de los hechos. En el cine encontré límites por las estructuras de poder. En la literatura, el único límite es la muerte del escritor. Somos libres.

– A Eunice la mostrás como una mujer que se reinventa: de madre tradicional a figura clave en la defensa de los derechos humanos. ¿Cómo convivían esas dos dimensiones en tu mirada de hijo?

– El libro aborda esa paradoja. Ella pertenecía a una generación de mujeres que, aunque leían a Simone de Beauvoir, vivían en un ambiente patriarcal donde los hombres hablaban en la sala y las mujeres estaban en la cocina. Cuando quedó viuda, pudo convertirse en esa madre contemporánea que, aún con cinco hijos, tenía la ambición de ejercer una profesión. Es extraño pensar que la muerte de mi padre le dio libertad. Si él era una especie de símbolo de la dictadura, mi madre fue la verdadera heroína. Por eso escribí este libro.

Nunca se compadeció de sí misma

“Lo que más admiro de ella y trato de tomar como ejemplo para mi vida es que nunca se compadeció de sí misma. Sabía que su enfermedad degenerativa causaba malestar en los demás. Vive con ella en su plenitud: metiendo la pata, con ataques de mal humor, atragantándose con la comida, olvidándolo todo con dignidad –escribe Marcelo Rubens Paiva en Aún estoy aquí–. Curiosamente, nunca pronunció su nombre: alzhéimer”.

– Cuando el país reconoció oficialmente la verdad sobre Rubens Paiva, tu padre, el alzhéimer borró los recuerdos de Eunice. ¿Escribir este libro fue tu forma de retener su memoria?

– La historia de mi padre siempre le perteneció a ella. Fue quien estuvo al frente, quien se reunió con la Iglesia y la prensa extranjera para señalar a los militares. Era un archivo vivo. Cuando empezó el alzhéimer, sentí la responsabilidad de ser el portavoz de esa voz que luchaba por el reconocimiento de los desaparecidos y el juicio a los torturadores. El libro nació al ver a esta mujer increíble perdiendo la memoria mientras yo construía otras.

– Enfrentaste ataques personales y agresiones de figuras como Jair Bolsonaro. Ante esta ola de negacionismo, ¿creés que el arte sigue siendo un refugio capaz de sensibilizar incluso a quienes defienden el autoritarismo?

– Mi generación no tomó las armas; nuestra inspiración fue la no violencia de Gandhi y Martin Luther King. Vimos cómo la generación anterior fue diezmada por la tortura y la muerte. Entendimos que a través del arte podíamos llegar al corazón y la mente de las personas. A veces una película, un libro o una canción cambian una sociedad tanto como un cañón. Bolsonaro eligió a mi familia como enemiga por una coincidencia: creció donde los Paiva tenían una hacienda, y desde entonces alimentó ese odio.

– La reconstrucción de tu casa en Leblon para la película fue minuciosa. Mencionaste incluso el olor a humedad y marisma. ¿Qué sentiste al habitar de nuevo ese espacio donde tu familia fue feliz y donde todo cambió aquel 20 de enero de 1971?

– Siempre digo que la casa es la protagonista de esta historia. Walter la conocía. Yo tengo solo buenos recuerdos de ese lugar, donde éramos muy felices. Las familias de desaparecidos políticos tardan en entender que la vida cambió por completo. Mi padre fue uno de los primeros desaparecidos políticos de América Latina, una práctica que comenzó en Brasil en 1969. Nos llevó mucho tiempo comprender que había sido asesinado. Cuando fui al rodaje y vi esa casa, quedé aturdido

– ¿Por qué?

– La reconstrucción era perfecta. Incluso la factura de luz de 1971 estaba a nombre de mi padre. Había productos de limpieza y alimentos de la época; los muebles eran idénticos. Habíamos hecho croquis para Walter Salles, pero no imaginábamos ese nivel de obsesión por la fidelidad. Después supe que podía haber optado por soluciones más baratas, pero prefirió acercarse al máximo a la realidad.

– Venís a Buenos Aires en un momento simbólico. ¿Existe una “hermandad de dolor” entre nuestras sociedades que también se expresa en la literatura?

– Sí, existe esa hermandad. Nuestra literatura y nuestro cine dialogan. El cine argentino tiene mucho prestigio en Brasil. Cuando hablé por primera vez con Walter Salles, le propuse hacer una película “argentina”: sutil, profunda, no maniquea. Empecé a escribir el libro después de ver Kamchatka. El guion se inspiró en El secreto de sus ojos. Cuando Argentina, 1985 ganó el Globo de Oro, lo celebramos como propio. Brasil recibió a muchos exiliados argentinos y uruguayos.

El escritor Marcelo Rubens Paiva, autor del libro en el que se basa la película «I'm Still Here», posa para una foto durante una entrevista en São Paulo, el viernes 20 de diciembre de 2024. (Foto AP/Andre Penner)

– A los 18 años hiciste un viaje por Argentina y tu madre tuvo que enviarte dinero porque te habías quedado sin nada. ¿Cómo cambió tu mirada sobre el país desde aquel viaje de juventud hasta hoy?

– Era 1977. En Brasil empezaban las primeras protestas por la democracia. Viajé con amigos y, al llegar a Santa Fe, la policía apareció en el hotel de madrugada, nos revisó y comenzó a seguirnos. En Buenos Aires vi explotar una bomba. El clima era terrible. Hoy pienso que fui imprudente: no sabíamos de la Operación Cóndor. Si alguien avisaba a la policía brasileña, no volvía vivo. El caso del pianista Tenorio Jr., detenido y desaparecido en Buenos Aires, lo demuestra.

– El certificado de defunción de tu padre fue actualizado recientemente, reconociendo que murió a manos del Estado. ¿Creés que Brasil está preparado para juzgar a los responsables o la Ley de Amnistía sigue siendo un obstáculo?

– Es algo que ustedes en la Argentina conocen bien: procesos que avanzan y retroceden según quién esté en el poder. Hoy seguimos escuchando que lo que vivimos fue una mentira. Estuve en el Parque de la Memoria en Buenos Aires, vi los miles de nombres y lloré. Cada uno es una vida, un sueño truncado. El libro, la película y hasta el intento de golpe de Bolsonaro en 2022 hicieron que la sociedad brasileña repiense su pasado y el valor de la democracia. Pero la presión para mantener la amnistía sigue siendo fuerte con el avance de la extrema derecha.

– Tu próximo libro, O Novo Agora, cierra tu trilogía autobiográfica centrándose en tu paternidad después de los 50 años. ¿Cómo influye el legado de tu familia en la crianza de tus hijos hoy?

– Mis hijos son herederos del legado de una familia combativa. Son nietos de Eunice y Rubens, y siempre lo serán. Tendrán que actuar en la lucha por los derechos humanos, está en nuestro ADN. Intento ser para ellos el padre y compañero que yo no tuve, dándoles fuerza y amor, algo que en mi época no era común.

– También te dedicás a tu banda Lost in Translation, donde traducís letras de rock. ¿Es la música tu espacio de hedonismo?

– Fui músico antes que escritor. Hago arte para luchar. Traduzco y toco canciones que hablan de racismo, homofobia o injusticia. No hay canción más actual y antifascista que “Masters of War”, de Bob Dylan. Él ganó el Nobel de Literatura. Hay que escucharlo, hay que traducirlo.

– Al presentar tu libro en Buenos Aires, ¿sentís que deja de ser tuyo para convertirse en parte de una memoria latinoamericana?

– Sí. Lo presenté en varios países y sentí que la historia ya no me pertenece. El film llegó a miles de salas en el mundo, el libro se traduce en lugares impensados. Creo que logré contar algo personal de forma universal.

Marcelo Rubens Paiva, Eduardo Sacheri y Ana Correa analizarán esta tarde a las 17:30 cómo una historia escrita cruza al cine y alcanza los grandes circuitos internacionales. Será en la sala José Hernández.

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