Sigmund Freud planteó que el siglo XX empezaba con la tercera herida narcisista que había sufrido la humanidad. Ya Nicolás Copérnico en el siglo XVI nos sacó del centro del universo al demostrar que la Tierra gira alrededor del Sol y no a la inversa. Luego, trescientos años después, vino Darwin y nos mostró que no éramos los hijos de Dios, sino solo una subvariante evolutiva del mono. El padre del psicoanálisis nos remataba con una verdad aún más dañina para nuestro ego: ni siquiera somos dueños de nosotros mismos. Muchas de las cosas que hacemos, en realidad, responden a motivaciones inconscientes que solo podemos entender después de años de costoso análisis. Como si toda esta lección de humildad fuese poco, el producto de nuestra inteligencia y creatividad, que son la ciencia y el arte, puede ser hecho e incluso mejorado por un ¿ser? que no es humano. Una de nuestras creaciones amenaza con mejorarnos: la inteligencia artificial. Como en cada una de las anteriores heridas narcisistas, estamos pasando por una etapa de negación en la que escondemos nuestro narcisismo lastimado bajo razonados argumentos. El futuro ya está acá y vamos a ver cómo una de las actividades que nos hacían eminentemente humanos está siendo atravesada por la inteligencia artificial: ¿la definitiva muerte del autor?, ¿puede ser arte algo que no hizo un humano?, ¿la IA puede ser nuestra ayudante o nosotros su ayudante?, ¿tiene sentido siquiera hacerse todas estas preguntas siendo que, si una obra tiene la facultad de generar ideas y sentimientos, no importa si la hizo un humano o un algoritmo?
¿La muerte del autor?
La historia transcurre en un Tokio futurista e hipertecnológico donde la inteligencia artificial moldea la convivencia social. La trama sigue a Sara Makina, una arquitecta encargada de diseñar una imponente torre de gran altura en el parque Shinjuku. El conflicto es que este edificio es una torre de lujo para criminales. Es decir, está concebido como una instalación de reinserción y refugio para ladrones, asesinos y violadores fundamentada en un concepto radical de empatía, compasión y tolerancia hacia quienes han transgredido las normas de la sociedad. Estas ideas son impulsadas por una nueva corriente sociológica y diseminadas a toda la sociedad por los chatbots de IA. Este es el argumento de Tokyo-to Dojo-to, la novela ganadora del prestigioso premio japonés de literatura Akutagawa. Paradójicamente, una vez recibido el galardón, su autora, Rie Kudan, admitió haberlo coescrito con IA. De hecho, planteó que el 5 % del total de la obra fue escrito palabra por palabra por ChatGPT.
La polémica no se hizo esperar. La principal crítica acusaba a la autora de “trampa” o “pereza intelectual”, argumentando que permitir que un algoritmo redacte oraciones restaba mérito al galardón. Sectores del colectivo de escritores señalaron que los modelos de lenguaje se entrenan masivamente con obras protegidas por derechos de autor sin consentimiento. Utilizar ChatGPT para redactar una obra premiada fue percibido por muchos como una forma indirecta de apropiación artística. Para los lectores más conservadores, otorgar el premio más prestigioso del país a un texto coescrito por una máquina sentaba un precedente peligroso, abriendo la puerta a la automatización de la literatura comercial. Sin embargo, el jurado del premio defendió a Kudan y Keiichiro Hirano, reconocido novelista y miembro del comité evaluador, declaró que no consideraron el uso de la IA como un problema. Destacó que el libro aborda conceptualmente el tema de la inteligencia artificial, por lo que integrar texto de ChatGPT dentro de la narrativa constituía un uso deliberado, metatextual y artísticamente justificado. Defensores del libro argumentaron que la IA no ideó la estructura, la ironía ni la compleja crítica social a la “empatía obligatoria” de la trama, sino que actuó como una herramienta de composición, similar a cómo los artistas plásticos usan el collage o los poetas emplean el corte de textos como el cadáver exquisito.
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Ahora, ¿qué hubiese sucedido si, en vez del 5 %, la escritora hubiese confesado que ChatGPT escribió un 95 % del libro? La polémica tras el premio Akutagawa es la puerta de entrada a un problema más profundo: ¿de quién es la obra si casi la totalidad está escrita por IA?, ¿de la máquina o de quien la promptea?, ¿y si quien promptea una historia le pidió prompts de argumentos a la misma IA?
Hay quienes dicen que todas estas preguntas son inconducentes, porque en lo concreto la IA no puede generar textos de valor artístico como a los que nos acostumbraron los grandes escritores que pudimos leer. Sin embargo, esto no es lo que opina el guionista de una de las películas más importantes de la historia del cine, Taxi Driver.
“La IA es más inteligente que yo. Tiene mejores ideas y formas más eficientes de ejecutarlas. Este es un momento existencial, similar al que vivió Kaspárov en 1997 cuando se dio cuenta de que Deep Blue lo vencería jugando al ajedrez”, escribió Paul Schrader en su cuenta de Facebook. El guionista también contó que, tras enviarle un guion antiguo a ChatGPT para pedir mejoras, este “me respondió en cinco segundos con notas tan buenas o mejores que las que jamás recibí de un ejecutivo de cine”.
Mientras periodistas, investigadores y autores reflexionamos acerca de si es posible que una inteligencia artificial haga arte genuino, hay millones de personas que bailan y escuchan canciones creadas enteramente con inteligencia artificial.
Hace algunos meses descubrí temas de deep house en YouTube que me sorprendieron gratamente. Vi que todos estaban graficados con imágenes en rojo y negro y que tenían un bajo envolvente, líneas vocales femeninas muy buenas y un sonido muy bien logrado. Investigando me di cuenta de que todas estas canciones fueron hechas con inteligencia artificial bajo este método.
¿Cómo se hace una canción con IA?
El proceso para crear este tipo de canciones de deep house mediante inteligencia artificial comienza con una instrucción de texto que reemplaza la composición musical tradicional. En lugar de ejecutar instrumentos o grabar en un estudio, el creador ingresa a una plataforma de audio generativo y escribe una descripción detallada que define el estilo, el ritmo y la atmósfera deseada, pidiendo por ejemplo un tema de deep house nocturno a cierto tiempo, con líneas de bajo envolventes y voces sintéticas suaves.
Una vez introducida la indicación, el modelo de inteligencia artificial analiza la orden contra los millones de horas de música con los que fue entrenado y calcula matemáticamente qué frecuencias, ritmos y armonías deben combinarse. En cuestión de segundos, la plataforma genera una pista completa con instrumentación, arreglos y voces creadas desde cero. Como estos softwares suelen producir fragmentos de pocos minutos, el operador suele pedir variaciones o extensiones para ir ensamblando la estructura final en un programa de edición. Si la máquina comete un error, como cantar por accidente las propias instrucciones de producción que se le escribieron en el texto, el creador decide si descartar la toma o dejarla como un matiz exótico dentro del tema.
Para construir los extensos sets de más de una hora que inundan las plataformas de streaming, el proceso se escala de forma masiva mediante scripts de automatización. Estos programas ejecutan decenas de instrucciones de texto consecutivas variando ligeramente los parámetros para producir catálogos enteros en poco tiempo. Finalmente, los archivos de audio se combinan con imágenes sintéticas diseñadas en herramientas de arte digital y se suben a los canales de video, logrando un producto listo para consumir como música de fondo sin que un solo músico humano haya tocado una nota.
Artes visuales con IA
El universo de las artes visuales impulsadas por inteligencia artificial ha dejado de ser un mero experimento de laboratorio para convertirse en una disciplina con nombres propios, estéticas reconocibles e inserción en los museos y bienales más importantes del mundo. Estos creadores no operan como ilustradores tradicionales que dibujan sobre un lienzo, sino como directores conceptuales, programadores y curadores de código. Su trabajo consiste en utilizar herramientas de visión por computadora para explorar las fronteras entre el lenguaje, la memoria digital, la robótica y la percepción humana.
Uno de los referentes más influyentes a nivel global es el artista turco-estadounidense Refik Anadol, pionero en el uso de datos masivos y redes neuronales para crear instalaciones inmersivas monumentales. Anadol utiliza millones de imágenes públicas, archivos históricos o datos ambientales para entrenar algoritmos de aprendizaje profundo que reinterpretan ese volumen de información en esculturas de luz y estructuras de datos dinámicas. Su obra Unsupervised, exhibida en el vestíbulo del Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA), utilizó más de doscientos años del archivo del propio museo para que una inteligencia artificial “soñara” continuamente variaciones inéditas de la historia del arte moderno en tiempo real.
En una línea de exploración física y robótica se encuentra Sougwen Chung, una artista china-canadiense e investigadora que indaga la colaboración en tiempo real entre el cuerpo humano y la máquina. Chung es conocida por su serie Drawing Operations, donde pinta sobre lienzos gigantescos en performances en vivo junto a brazos robóticos articulados. Estos robots no siguen instrucciones fijas, sino que están programados con redes neuronales entrenadas con las propias pinceladas y movimientos trazados por la artista a lo largo de los años, creando un diálogo visual improvisado entre el trazo humano y la respuesta automatizada.
La labor de estos creadores contemporáneos demuestra que la inteligencia artificial no actúa como un sustituto automático del artista, sino como una herramienta compleja que exige dirección estética, criterio curatorial y un profundo entendimiento del lenguaje para transformar el código en discurso visual.
Promptearte
Una colega de Perfil, Marcela Basch, en su cuenta de X reconstruye “Ajedrez”, el poema de Borges, con la frase: “Qué prompt detrás del prompt la trama empieza”, para exponer el planteo que aquí nos queremos hacer. Si el autor del prompt es el autor de la obra, ¿qué sucede cuando el prompt mismo es alimentado por lo que se consume en las propias plataformas de IA, prompteado por otros o en el arte mismo creado en base a IA? ¿Somos agentes prompteadores o somos el resultado de los prompts de alguien más? Si dejamos por un momento de pensar en inteligencia artificial, esto siempre fue una pregunta del arte.
Para Roland Barthes en La muerte del autor, de 1967, el autor no existe como un creador “original” porque nadie escribe desde la nada: toda persona que escribe está usando un lenguaje, una cultura y unas referencias que existían mucho antes de que naciera.
Barthes sostiene que un texto no es una creación pura surgida de la mente genial de un individuo, sino un tejido o un ensamblaje de citas, ecos y tradiciones que vienen de antes. El escritor no inventa las palabras ni las reglas del idioma; ni las referencias culturales que utiliza y su estilo responde a lo que ya leyó anteriormente. El autor simplemente combina todos estos elementos. Por eso, en lugar de llamarlo “autor”, Barthes prefiere usar la palabra scriptor (el que escribe en el presente), alguien cuya única función es juntar hilos de lenguaje que ya estaban flotando en la cultura.
La inteligencia artificial alimentada con las obras de arte de la historia de la humanidad es una gran batidora que junta todo con todo y nos devuelve licuados de arte tan geniales e inimaginables con tan solo hacerle un prompt.
Todavía estamos sufriendo por nuestro narcisismo herido y en fase de negación, cuando se nos pase, el arte que vendrá será inimaginable.
ff