Sería una irresponsabilidad afirmar a estas alturas que Javier Milei tiene asegurada su reelección o que su carrera hacia 2027 está perdida. Las encuestas no tienen la capacidad de predecir el futuro y, cuando se intentan utilizar con ese fin, suelen fallar.
Es inútil buscar relaciones de causalidad entre los fenómenos sociales. Pensar que una inflación controlada garantizará la continuidad de Milei, o que una escalada del dólar “blue” la impedirá, es un reduccionismo absurdo. Sin ir más lejos, en Brasil y Estados Unidos –dos países en los que la reelección suele ser casi automática–, los gobiernos de Trump y Bolsonaro perdieron a pesar de sus gestiones económicas exitosas.
Actualmente más que de causalidad se habla de correlación. Los estudios demuestra que en muchas ocasiones, un fenómeno aparece cuando aparece otro, sin que sea posible determinar que uno de ellos sea la causa del otro.
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Si el país logra atraer un flujo significativo de inversión extranjera, aumentará la producción y se podrá atender una de las principales demandas sociales: el empleo. Sin embargo, los dueños del capital no se movilizan por afinidades ideológicas. Cuando la China comunista ofreció estabilidad y garantías jurídicas, los inversores no vacilaron en desembarcar en un país que lleva la hoz y el martillo en su bandera.
Lo primero que exige el capital privado es la existencia de reglas de juego claras, previsibles y sostenibles en el tiempo.
Un país en el que el Poder Ejecutivo incumple las leyes aprobadas por el Congreso, pierde atractivo en los mercados. Si a esto se le suma que el presidente califica al Parlamento como un “nido de ratas” y ridiculiza públicamente a varios de los empresarios más respetables del país, el entorno luce peligroso para cualquier inversor extranjero.
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En la alta política existen normas no escritas entra las que está que el presidente es la figura central a la que se debe preservar. No es lógico que un gobierno ponga en riesgo su destino para defender a un funcionario de libre remoción, sobre todo cuando su presencia supone un desgaste feroz. Normalmente, un funcionario en esa situación renuncia por lealtad hacia el mandatario. En el escenario actual, en cambio, parecería que la prioridad es el funcionario. No es la estabilidad política que espera un inversor.
La premisa de que un gobierno debe atacar de forma sistemática a cualquier disidente es errónea. El presidente Xi Jinping es un modelo de diplomacia y cortesía; jamás ha inaugurado un Congreso del Partido Comunista gritando «aquí el que manda soy yo», sencillamente porque nadie pone en duda su firmeza ni su autoridad.
A este complejo panorama político se le añade el avance de la revolución del conocimiento. La inteligencia artificial, la robótica y la impresión 4D avanzan a pasos agigantados, agudizando el desempleo en el corto plazo.
En este contexto, ayuda a Milei la falta de alternativas políticas. El Radicalismo ha perdido su histórica presencia, a pesar de contar en sus filas con dirigentes valiosos.
Por su parte, el PRO perdió su rumbo. Encarnó el cambio durante más de una década, pero sus propios errores lo terminaron mimetizando con las viejas opciones políticas que la ciudadanía rechaza. Mauricio Macri inició su carrera en 2004 con números muy desfavorables, que logró revertir hasta alcanzar la presidencia de la Nación. Hoy, ha vuelto a los niveles críticos del comienzo.
Finalmente, el peronismo se es la fuerza política más antigua del país. Durante décadas, representó las aspiraciones de los trabajadores y de los sectores más vulnerables. En su interior surgió el “cristinismo”, un híbrido entre el viejo corporativismo y el “socialismo del siglo XXI”.
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Kicillof es uno de los posibles candidatos de ese espacio, tras una gestión intrascendente en la Provincia de Buenos Aires. Aunque es joven, tiene una mentalidad propia de los 50. Su idea de sindicalizar a los trabajadores de delivery demuestra su falta de comprensión del mundo laboral de la era digital. Asimismo, aunque parece mantener una relación tensa con Cristina Fernández, no puede evitar ser identificado con La Cámpora y esa ala del peronismo.
Hay que ver qué otras figuras emergerán en ese sector de la oposición, que corre con la desventaja de proponer un retorno al pasado, cosa poco popular en estos días.
Por fuera del sistema tradicional, aparece el pastor Dante Gebel, que podría ser un outsider. La fórmula ha resultados en otras latitudes, pero es más que presentarse simplemente como alguien distinto a los “políticos de siempre”.
Javier Milei contó con una estrategia de comunicación espectacular, difícil de replicar. Los nuevos outsiders que pretendan competir no solo deberán demostrar originalidad, sino también identificarse con una bandera conceptual positiva, tal como lo fue la libertad para el actual mandatario.
Observando la tendencia de la región en los últimos años, es altamente probable que la sorpresa electoral provenga de algún nombre que el análisis político todavía no ha alcanzado a vislumbrar.
*Profesor de la GWU. Miembro del Club Político Argentino.