Igual que el comunismo en su momento, el libertarismo se propone crear un mundo nuevo, una suerte de naturaleza artificial en la que desaparezcan los males de la humanidad. Acabar con el pasado. Para el comunismo se trataba de una sociedad de igualdad absoluta, de seres rescatados de las penurias de la inequidad a cambio de dejar sus vidas bajo el arbitrio del Estado. Para el libertarismo su proyecto neoliberal consiste en liberar a las personas de lo heredado y que sean libres para hacer lo que se les antoje consigo mismas y con el entorno, negociando todo, incluida la vida, según las leyes del mercado. Como siempre ocurre, los extremos se tocan y dejan de ser diferentes entre sí. En este acaso ambos proyectos terminan por aniquilar la identidad de las personas, su posibilidad de una vida digna, con el pretexto de la Historia (con mayúscula) que pretenden construir.
El inglés John Gray, filósofo político e historiador de las ideas, sostiene esta idea y argumenta sobre ella en varios libros de su extensa bibliografía, que incluye entre otros títulos Contra el progreso, Filosofía felina, El silencio de los animales, La comisión para la inmortalidad y Perros de paja. Es en su última obra (Los nuevos leviatanes) en la que Gray, profesor de Ciencias Políticas en la Universidad de Oxford, y de Pensamiento Europeo en la London School of Economics, resulta más explícito al respecto. Original y agudo en sus planteos que salen siempre de lo obvio, Gray, a quien han llamado “pesimista” y “oscuro”, es implacable en sus argumentaciones y de exquisita elegancia e ironía en su estilo. Pensador liberal, descree de lo que diversas versiones han hecho del liberalismo (distorsionándolo y traicionándolo) desde el siglo veinte en adelante. Una de las más perniciosas, según cree, es la que, en sus palabras, lleva a Occidente a “estar poseído por la idea de libertad, según la cual cualquier freno a la voluntad humana es condenado como un modo de represión”. Paradójicamente, apunta Gray, para que la libertad sea efectiva es preciso supervisar todos los aspectos de la vida y controlar algunos de ellos. Citando a Fedor Dostoyevski en Los demonios señala que libertad ilimitada conduce al despotismo ilimitado. Lectura posiblemente incomprensible para mentes libertarias fanatizadas.
Un punto en el que comunismo y libertarismo vuelven a hermanarse desde la óptica que propone Gray en Los nuevos leviatanes es en la tolerancia, a la que describe como “la práctica de convivir con valores considerados heréticos o perversos”. Puntualiza que la aceptación de la imperfección del ser humano posibilitó que las sociedades liberales promovieran una vida en común en la que se aceptaran las diferencias de creencias y valores. Imposible consentirlo bajo el comunismo, y también bajo su opuesto ideológico, el hiperliberalismo (como el pensador llama al libertarismo), que “rechaza tales transigencias”. Los hiperliberales, dice Gray, “hacen suya la teoría de Carl Schmitt (jurista y pensador alemán, ideólogo del nazismo) según la cual la política es un combate a muerte entre amigos y enemigos y hacen extensivo el ámbito político a todas las interacciones humanas.” No basta con derrotar a los enemigos declarados, describe Gray, también hay que perseguir, atormentar y destruir a los latentes. “La posibilidad misma de la persecución es uno de los atractivos del hiperliberalismo”, sentencia. Como diría alguien conocido, nunca se odia demasiado.
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Aunque Gray centre este último comentario en el hiperliberalismo, le cabe perfectamente, según lo prueba la historia, al comunismo. Suele ocurrir que cuanto más opuestas parecen las ideologías, las diferencias son solo el disfraz de las similitudes.
* Escritor y periodista.