¿Está roto el fútbol argentino, como afirmó Milito? Y si así es, ¿cuándo fue que se rompió? Seguro que no ha sido ahora, cuando habló el presidente de Racing en el Gigante de Arroyito, tras quedar eliminado por Rosario Central con decisiones arbitrales cuestionables.
Diego Milito, nacido en la Argentina, pero construido futbolísticamente en Europa, ha sido siempre medido discursivamente y poco proclive al escándalo, pero en este caso decidió exponerse y fuertemente: “Hoy nos sentimos robados. El fútbol argentino está roto y no da para más”.
Sus palabras no están discutiendo al arbitraje o al VAR, sobre si estuvo bien expulsado Maravilla Martínez o si Di Césare merecía la segunda amarilla. Sus palabras están discutiendo a la autoridad y el funcionamiento del sistema.
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La pregunta es: ¿está el fútbol roto por errores arbitrales, cuando es claro que los errores y subjetividades arbitrales hoy son infinitamente menores que hace veinte años?
No parece ser ese el problema, sino que hoy nadie cree demasiado en nada. Lo que está en juego son modelos y beneficiarios. El sistema está corrompido, ese es el verdadero drama. Las discrecionalidades arbitrales siempre existieron en la Argentina y la tecnología acortó el margen de maniobra, si bien es cierto que no lo suprimió.
A modo de ejemplo, hace exactamente 25 años, en una final por un ascenso a Primera División entre Instituto y Nueva Chicago, un árbitro milico llamado Giménez que décadas después no podía explicar la plata que tenía, cobró injustificadamente en apenas 45 minutos dos penales para un equipo y expulsó al arquero del rival.
Hoy en día, el video asistente redujo esas grandes injusticias, pero en lugar de empoderar a los protagonistas y que pudieran ellos reclamar la revisión, fue cooptado por los jueces que deciden cuándo actuar: es el árbitro VAR quien tiene la manija del partido y de lo que se cobra porque decide cuando llamar o no llamar al juez principal.
Por lo tanto, es difícil afirmar que el futbol argentino está roto por estos errores arbitrales, porque en lo concreto lo que se ve es que atraviesa desde hace años un proceso de degradación constante. Como el sapo adentro de la olla que progresivamente se va calentando, nos fuimos acostumbrando a que ya no existen marcos claros ni reglas percibidas como estables.
Los torneos cambian constantemente de formato y son difíciles de explicar, incluso para el hincha habitual: la estructura se modifica constantemente, los descensos aparecen y desaparecen y de repente asoman campeones de escritorio. La credibilidad se hizo trizas.
También nos acostumbramos a que vayan cambiando la cantidad de equipos en Primera División y esa ampliación deterioró la calidad media del torneo, redujo la competitividad, comprimió recursos económicos pauperizando presupuestos. A comienzo de siglo eran solo veinte equipos en Primera, donde sostenerte arriba costaba un huevo y pelear el descenso con cuatro lugares (dos directos y dos promociones) hacía que pudiese caer cualquiera. Hoy, hay equipos que a los dos meses ya saben que no juegan por nada: solo vegetan.
Ni hablar de los calendarios saturados que este torneo multitudinario impone. Equipos que juegan cada 72 horas, cualquier día de la semana, sin pausa adecuada y afectando por igual el rendimiento, el espectáculo, la salud de los futbolistas y el bolsillo de los hinchas.
Lo que es nuevo de esta semana, en este loop decadente, es el renacer de una guerra del siglo XIX entre unitarios y federales. Si algo tuvo siempre el futbol argentino era que había competitividad y ganaba o perdía cualquiera. Hasta River e Independiente se fueron al descenso y equipos pequeños del interior como Huracán de Tres arroyos llegaron a la máxima categoría.
Las palabras de Di María luego del triunfo ante Racing son tristísimas y peligrosas. Un campeón del mundo querible, que logró zanjar los cuestionamientos con éxitos deportivos, quedará inmortalizado en mucha gente con un meme (obviamente no en los hinchas de Rosario Central) en esta lucha fratricida que poco tiene de federalismo y mucho de intereses personales.
El fútbol argentino, en las vísperas de un mundial, cruje por dentro. No es fácil saber si está roto, lo que no cabe duda es que hace rato viene destruyendo su legitimidad.