El hospital secreto donde los juguetes vuelven a latir

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El hospital secreto donde los juguetes vuelven a latir

En el frente de una casa de barrio General Paz, donde alguna vez hubo un garaje, funciona hoy un pequeño país de hojalata, goma, plástico y cabellos de nylon. Se llama Toys Taller y tiene sus propias leyes, habitantes y memoria: hay autos sin ruedas, muñecas mordidas por perros, trenes que descarrilaron y soldados que perdieron su batalla contra el tiempo.

El “médico de cabecera” —y también una suerte de guardián de ese país diminuto— es Gabriel Peralta. Es quien recibe cada pieza, las repara con paciencia y las devuelve al mundo, como si en lugar de juguetes fueran pequeñas vidas que todavía tienen una historia por contar. Tiene más de dos mil artículos de colección, quince años en el mismo local de Rosario de Santa Fe 1092 y una certeza que repite de mil formas: los juguetes no son objetos, son recuerdos con forma. En el Día del Niño, entre autitos a cuerda y soldaditos de plomo, Gabriel insiste en que todavía juega.

—¿Será que sos un niño grande?
—Más que eso: soy un grande niño. Es un juego de palabras, pero también es cierto. Esta relación diaria con los juguetes, sobre todo con los viejos, no me deja ser niño del todo ni envejecer del todo: es una contradicción, pero así la vivo. Un día trabajo con juguetes electrónicos, de última generación, y al otro se me aparece un tanquecito o un autito a cuerda de la década de 1930. Ese contraste es, en el fondo, lo que sostiene al niño grande y al grande niño.

—¿Cuál es tu juguete favorito?
—Los juguetes son lo material, la parte tangible de los recuerdos. Y cada uno tiene sus propios recuerdos. Por eso el favorito nunca es uno solo. Crecí muy ligado a una chacra de mis abuelos maternos, así que los caballos, los carros y los sulkys me son familiares. Y también los autos del Turismo Carretera histórico, que pasaban por la ruta: desde los cinco o seis años escuchaba ese ruido y veía esos colores fuertes, esos números grandes, esas ruedas afuera. Quedaron grabados en mi ADN, igual que los camiones que veía pasar de chico y que todavía hoy me siguen gustando. Elegir un solo favorito con todos esos recuerdos encima es casi imposible.

—¿Los juguetes también reflejan una época? Pienso en la ligazón entre los soldaditos de plomo y las épocas de guerra.
—Sin dudas son un espejo exacto del tiempo. Hoy ese espejo muestra electrónica y tecnología digital; antes mostró los primeros productos chinos y, más atrás, los juguetes nacionales de goma y plástico. Los de guerra, en cambio, de fines de los 40 y comienzos de los 50, dejaron una marca que sigue vigente: todavía se buscan soldaditos de plomo y tanques. Cuanto más fielmente reproducen la realidad, más se meten adentro del coleccionismo, que es, en definitiva, otra forma de la memoria.

Antes de ser un templo de coleccionistas, Toys Taller fue apenas un garaje familiar y una travesura bien intencionada. Peralta cuenta cómo ese oficio heredado a escondidas terminó convertido en vocación.

—¿Cómo nació este lugar, acá en barrio General Paz?
—Hace unos 15 años que estoy instalado en lo que antiguamente era el garaje de mi casa. La reparación de juguetes, en cambio, me viene de mucho antes, de chiquito. Mi papá era radiotécnico y tenía un tallercito; yo le invadía las herramientas, la morsa, las limas, y enderezaba los juguetes de los chicos del barrio. Me caían con cinco o seis camioncitos o autitos de plomo, y yo les decía: “Te arreglo los cinco, pero te devuelvo cuatro y me quedo con uno como pago”. Así se fue formando la colección, que todavía conservo desde aquellos años.

—¿Y cómo llegan hoy las piezas? Tenés una casita de muñecas de 1940, soldaditos de plomo de los 50…
—Se trabaja mucho con el canje y con la compra-venta. Alguien cae con dos autitos antiguos y se lleva cinco soldaditos; otro trae 10 autitos y se lleva uno solo, según el valor que cada pieza tenga para quien colecciona y según lo que cada uno prefiera tener en su vitrina.

—¿Y quiénes coleccionan? ¿Son todos adultos?
—De todo. Hay pibes contagiados por hermanos, primos, padres, tíos o abuelos, que empiezan a coleccionar desde los siete u ocho años. Y hay coleccionistas de soldaditos de plomo que son hombres bastante más viejos que yo, y yo ya soy viejo en serio: algunos tienen más de ochenta.

Memoria. Hay algo que Peralta repite como un mantra: el juguete es apenas la excusa. Lo que en verdad se repara, muchas veces, es otra cosa.

—¿Hay gente que trae un juguete para reparar y regalárselo a un hijo o a un nieto?
—Sí, y se repite todo el tiempo. La abuela abre un armario después de años y encuentra una muñeca, y piensa: “Qué lindo sería que mi nieta jugara con esto que a mí me divirtió tanto”. Está dañada, apolillada, pero llega acá y sale renovada, lista para otra etapa de juego.

—Es inevitable pensar en “Toy Story”: los juguetes que vuelven a cobrar vida.
—Absolutamente. Si uno le pone un poco de imaginación, cada juguete es un pedazo de historia, de industria, de vida social de un país o de una persona. Tengo un camioncito, por ejemplo, que es un Mack, de una fábrica norteamericana que todavía existe. Es de fines de los 40, cuando la industria argentina resurgía después de la Segunda Guerra. En su momento fue un juguete carísimo, de goma, con volcador funcionando, y hoy es una pieza de alta colección. Te cuenta la edad que tiene, el uso que tuvo, de dónde viene. Cada juguete es, en ese sentido, un espejo de la realidad de cada época.

—¿La gente realmente encuentra lo que vino a buscar? ¿Ese recuerdo perdura?
—Te respondo con dos casos de la semana pasada. Vino una señora de mi edad, setentona, con una muñeca heredada de su mamá: se la reparé con una modista amiga, le hicimos la ropita de época, quedó hermosa. Cuando la recibió me dijo: “Gabriel, conseguime una silla que me voy a desmayar”, y lloró 10 minutos de la emoción. Algo parecido le pasó a un hombre con un tren de lata de casi un metro, heredado de un primo y guardado durante años hasta encontrarlo, hace poco, en un altillo. Se lo enderecé, le pinté los techitos, le devolví el aspecto antiguo. Cuando lo vio, me dijo entre lágrimas: “Hacé de cuenta que tengo 10 años de nuevo”.

Legado. La charla vuelve, sobre el final, al presente: a un país complicado y a una fecha sin límite de edad.

—En un momento económico tan difícil, ¿estos negocios de nicho sobreviven porque tienen un público cautivo?
—Algo de eso hay. Los coleccionistas siempre guardan una pizquita de ahorro para su próxima pieza, y siempre queda alguna pendiente esperando dueño: ahora mismo hay una reservada para un muchacho de Villa María que viene a buscarla el sábado. Y así se arma ese mundo, de boca en boca: uno pregunta “che, ¿de dónde sacaste eso?”, y enseguida aparece la memoria familiar detrás, el “mi viejo me contaba, mi abuelo me contaba…”. Así se va ampliando el círculo.

—¿Creés que hay una edad para celebrar el Día del Niño?
—No, para nada. El Día del Niño debería ser una celebración de todos, porque todos fuimos niños y, en algún sentido, lo seguimos siendo. Acá vienen chicos y grandes, cualquier día del año, y se emocionan por un autito: ese día, para ellos, es el Día del Niño. Y eso es lo que me reconforta y me entusiasma para seguir poniéndole esmero a lo que hago.

En Toys Taller hay muñecas que esperan volver a ser las de una infancia, trenes que aguardan en un altillo y autitos que todavía pueden volver a rodar. Restaurados y devueltos a sus dueños, dejan de ser añoranza: se convierten en la prueba de que los años tiernos todavía no son pasado.

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