El desprecio

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El desprecio

Hace unos años me crucé en la calle con un alguien que por discreción me abstengo de nombrar. Es un tipo inteligente y lleno de dones, pero alguien capaz de ceder cualquier convicción personal si a cambio lograba mayor visibilidad pública. Hacía lo habitual en el cardumen de los buscadores de figuración: cócteles, vernissages, estrenos, bautismos de futura gente de bien, presentaciones de libros. Siempre sonriente, siempre con un exquisito bocadito de algo más caviar que mortadela en la mano, champagne preferentemente francés, faltaba más. Semejante esfuerzo por estar en todas partes comparte un rasgo con la divinidad, cosa que saben quienes agradecen al cielo y no a los médicos la curación de sus seres queridos, y que no ignoran los futbolistas cuando hacen un gol o atajan un penal. Dios está en todas partes, y la imitación de su gimnasia presencial a escala humana es condición necesaria para alcanzar cierto renombre. De hecho, este personaje no hacía sino llevar a su propio estilo y en su propio ámbito lo que Carlos Menem hizo durante mucho tiempo hasta lograr el resultado que buscaba. Una vez, un amigo periodista le preguntó por qué había aceptado y, en realidad, buscado, aparecer en la tapa de la revista Gente, corriendo en malla y con la patilla al viento a mojarse las patitas en el agua marplatense tomado de la mano de Moria Casán y Susana Giménez. Menem le contestó: “Yo vengo de la provincia, es la única manera de tener afiches gratis y que me vean en toda la Argentina”.

Volviendo a mi personaje de hoy. Era inevitable, contando con estos gloriosos precedentes, que terminara por lanzarse a la actividad partidaria. ¿Quién no quiere ser presidente hoy en día? Cualquier infeliz puede serlo. Nuestro hombre hizo lo que había que hacer: intrigó, conspiró, se mostró, aduló, armó su partidito y seguramente su fundación recaudatoria (no me consta si lo hizo o si se quedó en agua de borrajas). La política fue su nueva diversión, su mejor juego, y cuando estuvo a punto de dar el salto a las ligas mayores, personajes de mayor rango se lo impidieron. Él, ni olvido ni perdón, se permitía mostrar su resentimiento acusando a sus verdugos de resentidos incapaces de aceptar su don de gentes, su cultura superior y su mayor coeficiente intelectual. Lo cierto es que en política siempre se da la misma ley: cuando ayudás al rival más débil para serruchar al más fuerte, el debilucho termina poniéndotela en la mandíbula. Si no, pregúntenle a Massa. En su momento, nuestro amigo habría sido más generoso con quienes obturaron su carrera que aquel en cuyo beneficio fue despeñado.

Bien. Aceptemos la versión de nuestro hombre, aceptemos que fue un talento al que le tocó manifestarse en tiempos inapropiados y zonas erróneas del mundo. No habiendo alcanzado las alturas a la que su ambición y méritos lo reservaban, continuó su carrera desempeñándose en ámbitos que eran de su agrado y carecían de relevancia. Una vez tuve que ir a verlo para tramitar una delicada cuestión que alcanzaba a zonas de su incumbencia. Me recibió con un abrazo a la salida del ascensor que se detuvo en el piso de oficinas donde reinaba, colgó un brazo amistoso sobre mi hombro y en amable conversación me llevó en recorrido por el lugar. Creí que nos dirigíamos a su escritorio y que allí mantendríamos una reunión para tratar mi tema. Pero el recorrido tendió a lo circular y en menos de un minuto me dejó en mi punto de partida y ante las puertas del mismo ascensor que me había llevado a las alturas, sin promesa alguna.

Esto no les gusta a los autoritarios

El ejercicio del periodismo profesional y crítico es un pilar fundamental de la democracia. Por eso molesta a quienes creen ser los dueños de la verdad.

Hay quien construye su verdad en el despliegue de un estilo, y debo decir que fue admirable la gran manera en que se deshizo rápido y sin heridas de mí, así que al encontrarlo de casualidad años más tarde yo no le guardaba el menor atisbo de rencor, solo simpatía. Le pregunté a qué se dedicaba en ese momento, y me contestó: “Administrando mi decadencia”, sonrió, y siguió su camino.

Me impresionó la conciencia de sí, ese elegante desprendimiento. Su vida pasada seguía existiendo, el efecto de la injuria no había cesado y él no era quien quiso ser, pero podía librarse de ese ayer con una frase, volverla un cuento perfecto, un hecho contable, y sacársela de encima como lo había hecho conmigo o como un participante de velada de gala que corrige una arruga en el pañuelo de seda que funge en el bolsillo de su saco perfectamente cortado. Ante la estampa de esa vida tan trunca como ejemplar, no puedo menos que mirar el ejemplo opuesto y preguntarme cómo obrará el fracaso en alguien que habiendo alcanzado la más elevada de las funciones del país se ve sometido a las vicisitudes de un destino cada vez más adverso y contra el que rabia hasta casi soltar espuma por la boca. Dios, que no existe, sigue obrando en los detalles, derramándolos en cascada.

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