Hace más de medio siglo que la investigación educativa viene repitiendo, con una contundencia cada vez mayor, una misma conclusión: dentro de la escuela, nada predice mejor los aprendizajes de los estudiantes que la calidad de la enseñanza que reciben.
A su vez, si la docencia es la variable que más pesa, el liderazgo escolar es, según la evidencia acumulada a nivel global, la segunda: el factor intra-escolar con mayor influencia indirecta sobre los aprendizajes, mediado por su impacto en la calidad de la enseñanza, la cultura institucional y la capacidad de la escuela para mejorar de manera sostenida. Dicho de otro modo: los directores y las directoras no enseñan en el aula, pero determinan, en gran medida, las condiciones bajo las cuales sus docentes pueden —o no— ofrecer una enseñanza de calidad.
Esto no es una novedad para quienes gestionan escuelas. La mayoría de los equipos directivos sabe, casi por intuición profesional, que sus docentes son la clave. Lo que muchas veces falta no es la convicción, sino el mapa: ¿qué es exactamente lo que un director puede hacer, con la evidencia disponible hoy, para incidir en la práctica pedagógica de sus equipos?
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La literatura ya lo viene señalando desde hace años: promover el trabajo colaborativo, instalar el uso de evidencia para la toma de decisiones, definir metas y expectativas compartidas, construir un marco pedagógico coherente y monitorearlo, liderar la formación docente, garantizar un ambiente ordenado y seguro, sostener conversaciones pedagógicas significativas y gestionar estratégicamente los recursos.
El problema es que este vínculo entre equipo directivo y cuerpo docente no se construye en el vacío. Se da en un contexto que hoy es sensiblemente más complejo que hace una década, atravesado por al menos tres tendencias que conviene mirar de frente en lugar de padecerlas con resignación.
La primera es el descenso sostenido de la natalidad. Según datos de UNESCO, en 2050 América Latina tendrá 38 millones de personas menos en edad escolar. En Argentina, se proyecta un 20% menos de estudiantes para 2030 y hasta un 40% menos para 2050.
La segunda tendencia es la escasez global de docentes: la UNESCO estima que para 2030 faltarán 44 millones de maestros en el mundo, 3,2 millones solo en América Latina. La tercera tendencia es la irrupción de la inteligencia artificial, que ya genera en los docentes tanto preocupación como interés.
Los riesgos son reales —brecha digital, dependencia cognitiva, sesgos algorítmicos, cuestiones de privacidad— pero también lo son las oportunidades: personalización del aprendizaje, reducción de la carga administrativa, detección temprana de dificultades, desarrollo profesional asistido.
Frente a este panorama, la buena noticia es que la evidencia no deja a los equipos directivos con las manos vacías.
Hay palancas concretas y estudiadas: cultivar un ambiente de foco pedagógico y coherencia institucional, en lugar de dispersar el esfuerzo entre iniciativas desconectadas; fortalecer la autoeficacia docente, individual y colectiva; convertir la retroalimentación y la formación continua en una herramienta de motivación y no de control; promover condiciones reales de bienestar; romper el aislamiento del aula mediante una cultura profesional colaborativa; usar la tecnología para liberar tiempo docente en lugar de sumarle tareas; e instalar la evaluación y la autoevaluación como instancias de aprendizaje, no como procedimientos punitivos.
Un estudio de Kraft y Papay de 2014 lo resume con una claridad incómoda: en las escuelas que efectivamente apoyan a sus docentes, la diferencia de crecimiento en efectividad entre un docente inicialmente más débil y uno más fuerte puede llegar a casi un 40%. Por otro lado, es muy difícil encontrar escuelas vulnerables exitosas sin que haya un liderazgo fuerte detrás.
La escuela no puede modificar el punto de partida de sus estudiantes ni las condiciones estructurales que trae cada sistema educativo. Pero sí puede decidir, todos los días, qué tipo de entorno construye para quienes enseñan. En un momento de escasez docente, caída demográfica y transformación tecnológica acelerada enfocarse en el vínculo con sus docentes es, lisa y llanamente, la estrategia más efectiva que tiene un director para mejorar los aprendizajes de sus estudiantes.