Contaminantes, enfermedades y cambio climático: tres amenazas a la conservación en el océano

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Contaminantes, enfermedades y cambio climático: tres amenazas a la conservación en el océano

Cada 25 de abril, el calendario ambiental recuerda que los pingüinos existen y que están en problemas. Pero este año, la efeméride llega cargada de datos concretos: investigadores argentinos asociados a WCS Argentina (Wildlife Conservation Society) acaban de publicar una serie de estudios que muestran al pingüino penacho amarillo en un rol que va mucho más allá del de simple objeto de conservación. Este animal funciona como una suerte de “sensor” del mar: lo que le ocurre a él anticipa lo que puede ocurrirle al ecosistema completo.

El Eudyptes chrysocome tiene inconfundible plumaje blanco y negro, su penacho dorado y sus ojos rojos que parecen encendidos. La especie está categorizada como en peligro de extinción en Argentina y como “vulnerable” a nivel global, según los criterios de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza.

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Sus colonias reproductivas en el país se concentran en el Parque Interjurisdiccional Marino Isla Pingüino, en Santa Cruz, y en la Reserva Provincial Isla de los Estados y Archipiélago de Año Nuevo, en Tierra del Fuego. Sus números oscilan, y esa oscilación misma ya es una señal.

Son un termómetro del mar Argentino

“Por su sensibilidad a estos cambios y su amplia distribución, esta especie no solo es vulnerable, sino también una fuente estratégica de información: lo que ocurre con el penacho amarillo permite anticipar lo que puede suceder con otros componentes del ecosistema marino”, explica Esteban Frere, investigador del Centro de Investigaciones Puerto Deseado de la UNPA-CONICET y asociado a WCS Argentina.

Un estudio publicado este año en el Journal of Ornithology demostró que en temporadas más cálidas los pingüinos modifican sus áreas de alimentación, lo que los vuelve más vulnerables a corto plazo pero, paradójicamente, más informativos a largo plazo: sus movimientos trazan un mapa de cómo el calentamiento oceánico está reorganizando la vida en el mar austral.

La historia de lucha por los pingüinos del biólogo que ganó el ‘Nobel’ de la conservación animal

Otra investigación, aparecida en 2026 en Frontiers in Marine Science, subraya que incluso dentro de especies con distribución geográfica amplia, como el penacho amarillo, la exposición al cambio climático varía según la colonia, lo que exige enfoques de conservación más sofisticados que los habituales. Y un tercer trabajo basado en el seguimiento de individuos con GPS de alta resolución durante cuatro temporadas reproductivas, detectó una acumulación simultánea de amenazas: contaminantes, enfermedades y cambio climático operando en forma conjunta sobre los mismos animales al mismo tiempo.

“Estas presiones combinadas configuran una vulnerabilidad dinámica y compleja, que exige enfoques integrados para su conservación”, contó Andrea Raya Rey, investigadora del CADIC-CONICET y también asociada a la ONG WCS Argentina.

El programa bajo el que se encuadran estos estudios, denominado “Centinela”, es una iniciativa de WCS Argentina que articula el monitoreo a largo plazo de especies clave de los ecosistemas costeros y marinos. Junto al penacho amarillo, el programa sigue al flamenco austral, al elefante marino del sur, al pingüino de Magallanes, a la ballena jorobada y a los tiburones cazón y gatuzo, entre otras especies.

Ejemplos positivos sí son posibles

El trabajo del biólogo Pablo Borboroglu, investigador del CONICET en el Cenpat de Puerto Madryn y ganador del Indianapolis Prize 2023, considerado el equivalente al Nobel de la conservación animal, marcó un antecedente paradigmático en este tipo de investigación aplicada. Borboroglu demostró que cuando la ciencia se traduce en política concreta, los resultados son visibles: gracias a sus estudios y a la presión de varias ONG, los buques que navegan frente a las costas patagónicas modificaron sus rutas habituales.

El resultado fue drástico: de 40 mil pingüinos muertos por año por derrames de petróleo en la década del 80, se pasó a apenas una veintena de víctimas anuales en la actualidad.

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