Apuestas: el cáncer del fútbol argentino

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Apuestas: el cáncer del fútbol argentino

Una actividad que durante décadas ocupó un lugar periférico con el Prode (pronósticos deportivos) y que desde que habilitaron la modalidad online empezó a crecer exponencial mente hasta instalarse en el centro mismo del espectáculo. Así empieza todo.

Agencias de apuestas, carteles alrededor de la cancha, publicidades en las transmisiones, influencers ofreciendo códigos de descuento en las redes, las aplicaciones en el teléfono y las cuotas que te aparecen en vivo mientras se está jugando el partido. Gabriel Garzola estudió hace más de diez años como existe una “relevancia del marketing en las percepciones y comportamientos relacionados con las apuestas deportivas en diferentes grupos de edad”.

La inmediatez y facilidad son claves. Ya no hace falta esperar al final de la fecha, como pasaba con el Prode, para saber si ganaste o perdiste. Hoy, se puede apostar por un gol, un penal, una tarjeta y hasta un córner. Lo que ocurre con las apuestas es un cáncer, una enfermedad que crece, invadiendo cada vez más terrenos y sin detener su expansión.

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Partidos sospechados. Goles sucesivos. Errores no forzados. Al principio, había que buscarlo a nivel microscópico, pero como pasó en todos los países del mundo donde aceptaron este tipo de entretenimiento, afectó el espectáculo. Etuk, Abarnabel y colaboradores ya lo habían puesto en evidencia en su revisión sistemática sobre las apuestas a nivel mundial. Tarde o temprano esto comienza a crecer desde adentro, cuando los protagonistas pierden ciertos mecanismos que regulan su comportamiento.

Este tipo de problemas, cuando son visibles, ya son tan grandes que es casi imposible cortarlo. Todos sabíamos que esto iba a pasar. Quienes llevamos décadas transitando el fútbol conocemos de manera directa lo que ocurría desde la década del noventa en el ascenso europeo, especialmente en Italia, y cómo las apuestas rodeaban la vida cotidiana.

A tal punto se enquistaron las apuestas deportivas, que llevan como cara visible a grandes figuras del deporte o se ubican en los principales estandartes. Un ejemplo claro en la Argentina es el Dibu Martínez y las camisetas de Boca y River.

Juan Branz y Diego Murzi investigaron las apuestas juveniles en la Argentina y llegaron a tres grandes ideas-núcleo. La primera es que las apuestas deportivas son un elemento de sociabilidad y divertimento entre los varones jóvenes, que al mismo tiempo puede otorgarles un ingreso de dinero. En segundo lugar, modifican y transforman la manera en que los jóvenes vivencian el espectáculo deportivo. Por último, existe en el imaginario social una creencia de que se gana en las apuestas porque “sabe de deportes” y eso funciona como una recompensa y una forma de obtener reputación entre pares.

Eso que se piensa en la sociedad se vive también donde están los futuros protagonistas, en los clubes. Y en estos casos, el problema se multiplica, porque estamos frente a alguien que intenta predecir lo que ocurrirá mientras se construye para ser futbolista y tener injerencia directa. La enfermedad ya está en los cimientos más profundos porque está inoculada en los que en el futuro lo van a protagonizar. Ahí es donde finalmente dañan lo que es fundamental para el fútbol: la credibilidad.

No hace falta demostrar que todos hicieron trampa. Alcanza con que ya no sepamos con certeza que están todos limpios. Esa es la verdadera metástasis.

Jonatan Gómez, en una entrevista a flor de piel con Roberto Caferra, afirma haberlo perdido todo: una familia destrozada, una carrera profesional en pausa forzada, una imagen pública etiquetada y su profesionalismo puesto bajo sospecha. Esa incertidumbre adictiva que nació con el juego se expandió a todas las instancias de su vida, condicionando su futuro.

En oncología, una de las diferencias fundamentales entre un tumor benigno y una enfermedad maligna es su capacidad para invadir tejidos. Está claro que las apuestas deportivas lo invadieron todo, desde los dirigentes, pasando por auxiliares y cuerpos técnicos, hasta los propios protagonistas. Y que nadie puede –o quiere– tratarlo.

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