Evidentemente en la Argentina hay un poder que no funciona: el Poder Judicial. El actual estado de anomia generalizado (como diría Carlos Nino) que rige en nuestro país (si el gobierno abiertamente incumple una ley de educación universitaria es porque sabe que la Corte Suprema, que debería arbitrar, está más preocupada en otra cosa, que en defender la legalidad) reconoce un fundamento: la falta de límites claros. El “vale todo” de magistrados que están más preocupados por el cargo que van a ocupar (sea Lijo, que pretende ser procurador, o Mahiques, hijo de un camarista, que al parecer pretende lo mismo). El juez Rossatti está más preocupado porque le designen a su hijo como juez, al igual que Taiano y otros jueces o fiscales que esperan que el gobierno les designe (a cambio de la lentitud generosa de sus causas) a su esposa. ¡Es un papelón! Han perdido la poca seriedad que tenían. Que tampoco era tanta.
El poder judicial argentino es, digámoslo de una vez, una vergüenza. Por algo es el poder con peor imagen en la sociedad. Esa mala imagen tiene una explicación. Tienen privilegios que no tiene nadie. Son empleados del Estado que no se auto-perciben como tales. Ellos son “judiciales”, una categoría especial, al parecer, favorecida. Cobran sueldos que no cobra nadie. Tienen vacaciones (“ferias”) y privilegios que no tiene nadie. Ningún trabajador argentino. (Muchos no pagan impuestos en nombre de la “justicia”) Colocan a su familia, hijos, parientes, y amigos. Por eso se habla de “familia”. Los cargos no se ganan: se heredan. Todo esto sucede en el fuero federal y en cada justicia provincial. Habría que hacer un árbol genealógico judicial para retratar la cantidad de hijos, tíos, amigos, amantes, que pueblan ese “no poder” del Estado. Habría que indagar con una pregunta simple: ¿cómo entraron? El chofer de un juez jubilado de la Corte colocó poco antes de retirarse a la hija del primero, estudiante de abogacía. ¿Es la manera?
Milei, Adorni, Karina, nos pueden gustar o no, pero alguien los elige. Tienen legitimidad democrática. Si luego que cometen algún delito (pagar en negro cientos de miles de dólares, no declarar propiedades, etc, como el director de ARCA, encargado de recaudar impuestos, pero que tiene propiedades sin declarar en otro país, otro que debería dar el “ejemplo” y no lo da), no “pasa nada” (como pasaría con cualquier ciudadano de a pie) es porque la justicia argentina es cómplice de todos los encubrimientos: no hace nada con ninguno. Los fiscales cajonean las causas. Nada nuevo. Negocian con las causas que tienen “en trámite”. Piden nombramientos a cambio de dar un trato “especial”. La justicia penal juega este juego procesal con pericia.
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Hace falta una ley de ingreso por concurso al poder judicial. Tenemos que terminar con la corruptela implícita, tolerada, de la gran familia judicial. Jueces, secretarios, que son hijos, amigos o esposas de jueces en el mismo fuero o tribunal (Makintach, jueza de San Isidro, hija de un juez de San Isidro, Mahiques, padre de Mahiques, Taiano, padre de Taiano, Stornelli, Capuchetti, etc. todos incluyen a su familia sin pudor ninguno, ¡ni se ruborizan de hacerlo!, también Highton de Nolasco, la lista podría seguir al infinito). ¿Por qué nos parece esto normal? No debería. Deberíamos armar un árbol genealógico judicial y que la sociedad saque sus conclusiones. El nepotismo es una barrera invisible para tener un poder judicial efectivo. Serio. Independiente. Transparente. Eficaz. “Justo”. Mientras sea una cueva de parientes, familiares y amigos, mientras ni los jueces de la Corte den el ejemplo, no habrá transparencia institucional ninguna en nuestro país. Todos le deben un favor a alguien (o lo buscan). Y la culpa no la tendrá Adorni. No es el único que usa los autos oficiales para motivos personales. Todos los jueces hacen lo mismo. Y a los jueces no los elige nadie. La sociedad no los conoce. Debería. ¿Por qué no auditamos a la Justicia?
*Abogado especialista en derecho penal.