“A mí me gusta el té amargo”: la irónica respuesta de Máximo Kirchner al desplante cafetero de Patricia Bullrich

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“A mí me gusta el té amargo”: la irónica respuesta de Máximo Kirchner al desplante cafetero de Patricia Bullrich

En el siempre dinámico ajedrez de la política argentina, las invitaciones a tomar un café rara vez son inocentes, y los rechazos mucho menos. Luego de que Patricia Bullrich sorprendiera a propios y extraños asegurando que se sentaría a charlar con Cristina Kirchner pero que le cerraría la puerta en la cara a su hijo, la respuesta no tardó en llegar. Lejos de esquivar el dardo, Máximo Kirchner se calzó el guante con una dosis de picardía: “A mí me gusta el té, no tomo café. Té amargo, que es una costumbre que me viene del sur”, disparó durante una entrevista por el canal de streaming de Crónica, desactivando la chicana con un toque de humor.

El cortocircuito se desató cuando la actual senadora nacional de La Libertad Avanza (LLA) justificó su negativa a dialogar con uno de los líderes de la oposición, tildándolo de ser una persona “cerrada” y el “guardián de una ideología fracasada”. Esas palabras fueron el combustible perfecto para que el diputado de Unión por la Patria saliera a marcarle la cancha, apuntando directamente contra el extenso currículum de la funcionaria y sus constantes saltos de vereda partidaria a lo largo de las últimas décadas.

Con tono filoso, Kirchner se preguntó en voz alta a qué se refería exactamente la legisladora cuando habla de fracasos. Sin pelos en la lengua, le recordó que ella fue parte protagónica de las gestiones de Fernando de la Rúa, de Mauricio Macri y ahora del proyecto de Javier Milei. Para el dirigente peronista, esas son las verdaderas políticas que fracasan al no mejorar la calidad de vida de la gente, aunque remató deslizando que “por ahí, para sus intereses inconfesables, les va muy bien”.

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Para exponer los vaivenes ideológicos de Bullrich, Máximo viajó en el tiempo hasta mediados de los años ochenta y trajo a colación la época en la que ella militaba en la Juventud Peronista. Según reveló, todavía guarda una foto de 1985 donde se ve a una joven Patricia en un bar de Río Gallegos charlando animadamente con Néstor y Cristina. “No sé cuál Bullrich habla”, chicaneó, dejando en evidencia el brutal contraste histórico.

Máximo Kirchner
“A mí me gusta el té, no tomo café”: la chicana de Máximo Kirchner a Patricia Bullrich

Para cerrar su descargo, el referente opositor intentó despegarse de la imagen que le quiso adosar la senadora. Aseguró que esa distinción que hizo entre él y su madre solo busca reforzar las viejas estigmatizaciones que pesan sobre su figura. Como contrapropuesta, dejó en claro su postura sobre las mesas de consenso: remarcó que un dirigente debe tener la madurez para sentarse a charlar con quien sea, dejando de lado los gustos personales, si ese encuentro sirve para solucionarle los problemas a la sociedad.

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Operativo despegue y lavado de cara

Toda esta novela de cafetería no nació de golpe, sino que se enmarca en una jugada política mucho más profunda. Ante la evidente caída en la imagen positiva de la gestión económica de Milei, la experimentada dirigente activó un sutil movimiento de despegue. En los últimos días, empezó a reclamar públicamente “más velocidad en los resultados” y exigió que el cambio por fin “llegue a las familias”, marcando sus primeras diferencias de peso con el rumbo de Casa Rosada.

Fue en ese contexto donde la exministra de Seguridad intentó mostrar un perfil más moderado. Durante una entrevista con Clarín, lanzó la bomba de que no tendría problemas en visitar a Cristina Kirchner en el domicilio de la calle San José 1111, donde cumple su arresto domiciliario. Al mismo tiempo, lanzó una dura advertencia hacia las propias filas libertarias, pidiendo evitar la “talibanización” del espacio oficialista, un misil dirigido al núcleo duro del presidente.

Para equilibrar esa postura y no espantar del todo a su histórico electorado antikirchnerista, Bullrich sintió la necesidad de trazar una línea roja, y ahí fue donde entró en escena el nombre de Máximo. Al elegirlo como la encarnación del fanatismo que ella ahora dice rechazar, intentó construir un puente hacia el centro del arco político. Lo que seguramente no calculó fue que el diputado le iba a responder sacando a relucir una vieja foto que expone, como pocas cosas, lo impredecible que puede ser la política.

TC/MSS

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