El huevo de la serpiente o la pasión por la ignorancia

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El huevo de la serpiente o la pasión por la ignorancia

Ingmar Bergman sitúa El huevo de la serpiente en el Berlín de 1923. El nazismo todavía no existe como régimen político. Adolf Hitler está pronto a fracasar “su” Putsch de Múnich y permanece casi invisible para la mayoría de los alemanes.

Sin embargo, la película no habla del pasado. Habla del instante en que una catástrofe todavía puede evitarse y, precisamente por eso, nadie termina de verla.

La imagen que da título al film constituye una de las metáforas más extraordinarias del cine. El médico explica que ciertas serpientes poseen una membrana tan delgada que, antes de romperse el cascarón, ya puede distinguirse perfectamente la forma del reptil. El monstruo todavía no ha nacido, pero su silueta resulta inconfundible.

Esto no les gusta a los autoritarios

El ejercicio del periodismo profesional y crítico es un pilar fundamental de la democracia. Por eso molesta a quienes creen ser los dueños de la verdad.

La sociedad ha dejado de reconocer la humanidad del otro. Se normaliza la violencia antes impensable.No es el totalitarismo, son sus condiciones de posibilidad.

Toda la película se organiza alrededor de esa imagen.

El huevo todavía no se ha roto. Auschwitz aún no existe. Mengele es apenas un estudiante de medicina. Las leyes raciales todavía no han sido promulgadas. Sin embargo, el espectador sabe que todo aquello ya está contenido en ese embrión.

Bergman no traduce los diálogos en alemán y nos aproxima a la sensación de los Rosemberg y de la misma Manuela de habitar un mundo en el que no entienden qué se dice ni de que se habla. El reptil que algunos aún noven, ya se escucha.

El propio científico enuncia la lógica del futuro nazismo cuando afirma que una humanidad mejor exige sacrificios”

La pregunta deja entonces de ser histórica para convertirse en ética y política: ¿cómo es posible que una sociedad contemple la gestación del horror sin reconocerlo como tal? La cuestión no remite solamente a la violencia ni al fanatismo. Antes de ellos aparece un fenómeno mucho más silencioso: el desentendimiento.

El huevo de la serpiente y la pasión por la ignorancia

Sin embargo, quizá esa pasión por la ignorancia no constituya únicamente una explicación del ascenso del nazismo. Bergman parece sugerir algo mucho más inquietante: se trata de una posibilidad permanente de la condición humana.

Freud había advertido que el yo no se caracteriza por su vocación de verdad. Muy por el contrario, su tarea consiste en preservar una cierta comodidad sustancial, aun cuando ello implique deformar la realidad. El sujeto no desconoce porque ignore, sino porque hay saberes cuya plena asunción modificaría radicalmente su posición en el mundo.

Lacan radicalizará esta perspectiva al afirmar que la pasión por la ignorancia no es la simple ausencia de conocimiento. Constituye una verdadera elección subjetiva. No se trata de no saber, sino de no querer saber aquello que ya insiste en hacerse presente. Por eso la fórmula “Ya lo sé… pero aun así…” resulta mucho más que un mecanismo defensivo: expresa una forma de goce.

El sujeto obtiene una satisfacción paradójica al conservar simultáneamente el saber y su rechazo. Si aceptara plenamente las consecuencias de lo que sabe, debería transformar su manera de vivir, de desear y de actuar. La ignorancia aparece entonces como una solución, no como una carencia.

Quizá por eso Bergman no filma monstruos. Filma personas comunes.

Ninguno de sus personajes posee rasgos demoníacos. El científico habla con serenidad; el comisario cumple honestamente su trabajo; Manuela intenta sobrevivir; Abel procura convencerse de que nada de aquello terminará alcanzándolo.

Todos encuentran razones comprensibles para seguir adelante. Precisamente allí reside el espanto. El mal no necesita sujetos extraordinarios. Le basta con individuos capaces de postergar indefinidamente la pregunta por las consecuencias de aquello que ya saben.

En este punto, el laboratorio adquiere un valor que excede ampliamente la trama. No representa únicamente el nacimiento de una ciencia sin ética. Funciona como metáfora de una sociedad entera convertida en laboratorio. Las experiencias realizadas sobre unos pocos anticipan aquello que más tarde será aplicado sobre poblaciones completas. Lo que comienza como experimento termina transformándose en política de Estado.

Bergman no filma monstruos; filma personas comunes”

La película deja entonces de interrogar el origen del nazismo para formular una pregunta mucho más incómoda: ¿qué condiciones subjetivas hacen posible que una amplia parte de la sociedad y que cada uno participen, toleren o simplemente no quieran reconocer la gestación de un desastre?

La respuesta de Bergman no señala una ideología particular. Señala una posición frente al saber.

Por eso El huevo de la serpiente continúa siendo una película contemporánea. No sólo porque anuncie nuevos totalitarismos, sino porque recuerda que el huevo nunca deja de incubarse. Siempre existen discursos que prometen seguridad a cambio de libertad, conocimientos que se proclaman neutrales mientras producen nuevas formas de dominación, crisis económicas que vuelven aceptables soluciones antes impensables y sujetos dispuestos a convencerse de que el peligro sólo alcanzará a los otros.

Tal vez ésa sea la enseñanza más perturbadora del film. La serpiente nunca nace en un territorio completamente desconocido. Nace allí donde el saber ha dejado de producir responsabilidad.

El cascarón se rompe mucho después.

Antes, durante largo tiempo, lo único que crece es nuestra capacidad para convivir con aquello que ya vemos.

No se trata de ignorancia en sentido estricto. Todos los personajes saben algo. Han visto señales, escuchado advertencias, perciben que el mundo comienza a resquebrajarse. Lo decisivo consiste en la manera en que cada uno establece su relación con ese saber.

Freud diferenciaba la represión de la desmentida (Verleugnung). En la represión, una representación resulta expulsada de la conciencia; el sujeto no sabe aquello que ha reprimido. En la desmentida ocurre algo mucho más complejo: el sujeto sabe y, simultáneamente, actúa como si no supiera.

Lo verdaderamente inquietante no es la violencia sino su legitimación racional. La ciencia deja de preguntarse por la verdad para comenzar a preguntarse por la eficacia”

Ambas posiciones coexisten sin anularse. Lacan condensará esa lógica en una fórmula que reaparece una y otra vez en su enseñanza: “Ya lo sé… pero aun así…” A la vez, se hace necesario diferenciar “desmentida” de “desentendimiento”. Mientras en la primera el fenómeno es ajeno al Yo y es un proceso inconsciente, en el “desentendimiento”, el proceso es consciente aunque el sujeto desconozca sus causas.

Esta estructura atraviesa toda la película.

No es casual que Bergman sitúe el núcleo del film en un laboratorio. El científico que años atrás torturaba gatos ya no aparece como un psicópata, se ha convertido en un investigador prestigioso. La crueldad abandona el terreno de la perversión privada para ingresar en el discurso científico. Los experimentos buscan explorar los límites de las emociones humanas: inducir angustia, desesperación, violencia, suicidio.

Una mujer que desea cuidar niños termina asesinando al niño que llora; un hombre tranquilo se suicida varios días después de haber sido sometido a una experiencia aparentemente inocua.

Lo verdaderamente inquietante no es la violencia sino su legitimación racional. La ciencia deja de preguntarse por la verdad para comenzar a preguntarse por la eficacia :“…la condición del progreso de la ciencia es que no queremos saber nada de las consecuencias que el saber de la ciencia tiene en el nivel de la verdad. Dejamos que estas consecuencias se desarrollen solas”.

Bergman filma aquí el momento previo al nacimiento de la biopolítica moderna. La farmacología, la psicología experimental y la medicina dejan de constituir saberes sobre el hombre para convertirse en tecnologías destinadas a administrarlo.

Décadas antes de que Michel Foucault analizara la articulación entre saber y poder, la película muestra cómo el conocimiento puede transformarse en una sofisticada maquinaria de dominación.

El propio científico enuncia la lógica del futuro nazismo cuando afirma que una humanidad mejor exige sacrificios. La frase resulta casi banal. Precisamente allí reside su horror. Ningún fanatismo comienza proclamando el exterminio; comienza prometiendo una humanidad mejor.

Su suicidio mediante la cápsula de cianuro tampoco constituye un gesto de arrepentimiento. Se trata del último acto de fidelidad a un ideal. Él desaparece para que sobrevivan sus archivos. Alguien vendrá después a utilizarlos. El espectador ya conoce ese nombre: Josef Mengele.

La experiencia que atraviesa Abel

Durante un interrogatorio comprende que ser judío basta para despertar sospechas. Se le advierte acerca del destino que muchos correligionarios están comenzando a padecer en distintos países europeos.

Su respuesta parece tranquilizadora: aquellos son judíos estúpidos; él, en cambio, es suficientemente inteligente para evitar semejante destino. Es un sofisma: 1.- los judíos son estúpidos. 2.- yo no soy estúpido. 3.- yo no soy judío (o por no ser estúpido no tendré el merecido que tiene los judíos.

No niega la realidad.No la desconoce. Simplemente se excluye de ella.La fórmula podría resumirse así: “Lo sé, pero a mí no.”Allí aparece una eficaz modalidad del narcisismo. La historia queda reducida a un problema de inteligencia individual. Como si la astucia pudiera eludir el proceso político que ya ha comenzado.

Lacan observaba que el neurótico suele transformar la imposibilidad en impotencia. En lugar de aceptar un límite estructural, convierte la cuestión en un problema de capacidad personal. Algo semejante ocurre con Abel. El ascenso del nazismo deja de ser un fenómeno histórico para convertirse, ilusoriamente, en un desafío que podrá resolver gracias a su propia habilidad.

No es casual que Bergman lo muestre cada vez más alcoholizado. El alcohol no funciona únicamente como anestesia del dolor provocado por el suicidio de su hermano. Opera como una suspensión de la realidad. Cuanto más insoportable resulta el mundo, mayor necesidad tiene el yo de conservar intacta su imagen.

Manuela encarna otra modalidad del desentendimiento.

Ella no cree en su propia omnipotencia. Cree en la protección de los otros. Supone que las buenas relaciones podrán garantizarle leche, leña, techo y seguridad. No vende simplemente su cuerpo; intercambia supervivencia por sometimiento.

Acepta pequeñas concesiones convencida de que todavía existe un margen de negociación con el poder. Paradojalmente, cuando se entera de la muerte de quien fuera su marido, sólo dice: “ya lo sabía”. Su confesión frene al cura lleva las marcas del triunfo parcial de la ética nazi: Manuela se siente culpable de un asesinato cometido por los que más adelanteserán los “laboratorios” de los campos de concentración.

“Ser culpable de lo que no se ha hecho”, como el jerarca del campo intenta sentir as laprotagonista de “La decisión de Sophie”. “Sálvese quien pueda”, “culpable por hechos que ha cometido otro” son dos sintagmasde la ética que viralizaba el Tercer Reich y que muchas víctimas hicieron propias.

Los totalitarismos no necesitan únicamente verdugos y víctimas. Necesitan zonas grises. Necesitan personas convencidas de que todavía es posible salvarse individualmente. Primo Levi lo describió magistralmente, después. Bergman ya lo había entrevisto en 1977.

Sin embargo, el cuerpo termina diciendo aquello que el Yo insiste en desconocer. Manuela enferma. Manuela se suicida. No porque ignore el horror sino porque ya no encuentra un lugar desde donde sostener la ilusión que le permitía sobrevivir.

Berlín, una ciudad donde el desastre económico ha comenzado a erosionar todos los lazos sociales. La inflación pulveriza los salarios, el desempleo se multiplica, los artistas sobreviven como pueden, los bares permanecen abiertos mientras alrededor se instala lentamente la desesperación. La democracia continúa funcionando formalmente, pero su legitimidad se encuentra profundamente herida.

El Comisario representa una tercera forma del desentendimiento. No es corrupto.No simpatiza con el nazismo.

Simplemente continúa investigando delitos individuales cuando el verdadero crimen ya está cambiando de escala. Mientras intenta resolver homicidios aislados, una maquinaria política comienza a organizar la producción industrial de la muerte.

Aunque no reconoce a la serpiente, no deja de ver el huevo. Así como muchos no veían cuerpos calcinados detrás y debajo de las chimeneas de Auschwitz.

La serpiente nunca aparece de pronto. Antes existen pequeñas concesiones éticas, humillaciones cotidianas, violencias naturalizadas, promesas de orden, discursos científicos desprovistos de límites, miserias económicas…”

El horror nunca comienza con cámaras de gas.Comienza cuando cada uno deja de interrogar e interrogarse sobre lo que ya sabe.

La pasión por la ignorancia no consiste en desconocer los hechos sino en renunciar a extraer sus consecuencias. El sujeto conserva el saber, pero rompe el vínculo que ese saber debería tener con sus actos.

Ninguno de sus personajes posee rasgos demoníacos. El científico habla con serenidad; el comisario cumple honestamente su trabajo; Manuela intenta sobrevivir; Abel procura convencerse de que nada de aquello terminará alcanzándolo.

Todos encuentran razones comprensibles para seguir adelante. Precisamente allí reside el espanto. El mal no necesita sujetos extraordinarios. Le basta con individuos capaces de postergar indefinidamente la pregunta por las consecuencias de aquello que ya saben.

En este punto, el laboratorio adquiere un valor que excede ampliamente la trama. No representa únicamente el nacimiento de una ciencia sin ética. Funciona como metáfora de una sociedad entera convertida en laboratorio. Las experiencias realizadas sobre unos pocos anticipan aquello que más tarde será aplicado sobre poblaciones enteras. Lo que comienza como experimento termina transformándose en política de Estado.

La película deja entonces de interrogar el origen del nazismo para formular una pregunta mucho más incómoda: ¿qué condiciones subjetivas hacen posible que una parte importante de la sociedad —y de cada uno de nosotros— participe, tolere o simplemente no quiera reconocer la gestación no sólo de un desastresocial, sino de la subjetividad y decadauno? Por eso la metáfora del huevo resulta tan poderosa.

La serpiente nunca aparece de pronto. Antes existen pequeñas concesiones éticas, humillaciones cotidianas, violencias naturalizadas, promesas de orden, discursos científicos desprovistos de límites, miserias económicas que vuelven seductoras las soluciones autoritarias, la sensación de que no hay futuro y, sobre todo, una multitud de sujetos que repiten, cada uno a su manera: “Lo sé… pero a mí no”.

Se trata más allá de la verdad, de la relación de cada quien con el saber. El monstruo no nace en ese instanteLos síntomasy las consecuencias no se interpretan. El huevo se incuba y el reptil se hará destino: Cuando sea imposible no verlo porque el cascarón finalmente se rompe, ya será demasiado tarde.

*Psicoanalista
** Víctima de la última dictadura militar

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