Constanza es hija de desaparecidos y antropóloga forense. De regreso a Buenos Aires después de una misión en otra ciudad, contacta a Matute, también hijo de desaparecidos, para pedirle que done un poco de su sangre, con el objetivo de identificar los restos de sus padres. Pero el joven, con un brazo inválido producto de la represión, se niega a hablar de ellos. Constanza quiere saber todo y Matute no quiere saber nada. Es a partir de esos extremos como se conocen y se atraen en medio de un escenario de avance feroz de las extremas derechas en el mundo.

Constanza y Matute (hacen la porquería) editada por Emecé es la primera novela de Mariana Eva Pérez, autora de Diario de una princesa montonera y nieta de Rosa Roisinblit, abuela de Plaza de Mayo. Las heridas que la dictadura dejó en las infancias de los 70 reaparecen en los adultos de la generación de los personajes principales de esta novela que no puede dejar de leerse.
–¿Por qué se te ocurrió que Constanza fuera antropóloga forense?
–Mientras escribía Diario de una princesa montonera, trabajé un año para un proyecto que entre otras cosas investigaba sobre el trabajo de los antropólogos forenses en México y sus dimensiones estéticas. Terminé escribiendo mucho más sobre los juicios online, principalmente porque tuve la oportunidad de viajar a Guadalajara y estar en contacto con la tarea de las familias buscadoras y conocí gente ahí que trabajaba con ellas y un poco como le termina pasando a Constanza en la novela, fue mucho para mí y nunca pude escribir ese artículo sobre la búsqueda forense en México, ni sobre las dimensiones estéticas de esa búsqueda porque de pronto esa sensación de que todo el saber construido, inclusive el académico, te estalla en la cara. Entonces de alguna manera me quedó ahí como picando eso que no hice, eso que no pude porque no encontré ni por dónde. Un poco venía por ese lado lo de Constanza como antropóloga forense, como el lado B de esa tarea que me asignaron a mí y que no la pude cumplir y que sí encontró lugar en esta novela que yo me pregunto de dónde la saqué, cómo se me ocurrió, porque encima estoy perimenopáusica, así que no me acuerdo nada de nada.
–Se nota que conocés muy bien el trabajo que hacen desde Antropología Forense.
–Conozco mucho el paño de todos los lados, del lado de las familias de las víctimas que todavía buscan y también del lado de la gente que trabaja o ha trabajado en la función pública en distintos niveles de responsabilidad y me interesaba esta parte de las distintas etapas que fue pasando el trabajo del Equipo Argentino de Antropología Forense, que es un poco la inspiración de este grupo en el que trabaja Constanza, que se llama distinto, pero obviamente se puede reconocer un poco el referente detrás.
–Los personajes son antitéticos: Constanza quiere saberlo todo y Matute no quiere saber nada.
–Sí, me interesaron los extremos para lidiar con estos temas. Él no tiene ningún problema con ser encasillado como discapacitado, pero no quiere saber nada con ser encasillado como hijo de desaparecidos. La idea fue mostrar un poquito estas familias reensambladas después de lo que nos pasó, después de la desaparición de alguno de sus miembros, son familias que se rearmaron como pudieron. Me interesaba contar todas las cosas que hacemos cuando quedamos como atrapados en mandatos y cuando queremos distinguir la voz de los que no están. Me parecía importante mostrar que las consecuencias de lo que pasó siguen actuando de maneras muy diversas y que hay perdedores y derrotados de maneras muy distintas porque para mí también Constanza es muy sacrificada, sufre mucho y dejó mucho aunque aparezca como la más resuelta o la más comprometida.
–La dictadura también rompió un país, ¿no es cierto?
–Yo quería hacer un relato más bien endogámico. En la novela no hay otros personajes que no sean hijos de desaparecidos, no hay nadie como fuera de este sistema: son todos familiares, son todos afectados. El único milico que hay es al mismo tiempo padre de un desaparecido.
–En el último tiempo se está hablando mucho más de lo que les pasó a las infancias víctimas de la dictadura, es interesante también ver cómo les hablamos a nuestros hijos sobre estos temas.
–Justo acaban de salir dos libros, uno se llama Infancias sobrevivientes y es sobre el lugar social que ocupamos las infancias y el otro es Materia de memoria, que es un libro de relatos que compiló Victoria Torres, que son 13 relatos escritos a partir de objetos. Yo arranqué este libro queriendo hablar más que nada de la antropología forense, de la búsqueda de los huesos, también porque sé que no voy a tener los huesos de mis padres, sé que si no aparecieron hasta ahora y habiendo sido la Fuerza Aérea la responsable del secuestro de mi viejo, lo más probable es que los hayan tirado al mar. Entonces componer a Constanza era también mi manera un poco simbólica de tocar esos huesos. Hace poco acompañé a dos amigas a Córdoba a la restitución de los restos de sus padres y estoy muy emocionada y conmovida por ellas, creo que es la primera vez que me toca tan de cerca.

–Es muy interesante cómo vas haciendo que Constanza y Matute se conozcan y se vayan enamorando.
–Leí por ahí que hoy la gente más joven tiene más problemas para vincularse, para conocerse, que los jóvenes tienen mucho menos sexo que antes, entonces aparecen ellos de cuarenta y largos, y me parecía divertido ponerlos en esa sintonía, mostrar gente más grande de lo que por ahí se espera de los protagonistas de una historia de romance o de sexo. Y ver también qué pasaba con esos cuerpos o qué podía resultar atractivo en esos cuerpos que van cambiando con los años. A esta edad por ahí en un año ya encontrás las señas del paso del tiempo: una marca, una arruga, una cana más. A mí me pasa que como no tengo y ellos tampoco tienen tíos ni primos (un poco les inventé una configuración familiar medio parecida a la mía) una imagen de nadie de mi familia a mi edad, con la que yo pudiera como mirarme en un espejo de cómo serían, esta edad me es sumamente intrigante. Tengo 49 años recién cumplidos y no entiendo cómo fue que pasó, no me siento de esta edad y me parece un poco increíble haber llegado, haber sobrevivido. La novela es un poco celebrar también estos cuerpos en esta edad que tenemos.
–Otro de los temas tratados en la novela es la relación de amistad con Marcia y la maternidad.
–Yo tengo dos hijos y mis puerperios, sobre todo el de mi nena, en el que estaba en la Argentina, porque mi hijo mayor nació en Berlín, fue muy difícil para mí. Me era difícil mantener cualquier otra cosa que no fuera la maternidad y ser madre de dos, cuando al mismo tiempo estaba terminando mi tesis. Creo que fui una mala amiga, que perdí amigas, por eso quise hablar también de esto, de lo que pasa entre las amigas cuando una se convierte en madre. En el caso de Diego y Matute, cumplen como una función clásica de la comedia romántica, de los amigos que te aportan información. Las de la amistad fueron las partes más gozosas del proceso de escritura.
–¿Qué tipo de literatura te gusta leer?
–Me gusta leer novelas largas, como Nuestra parte de noche de Mariana Enríquez. Me acompañó en las noches de pandemia y no podía soltarla. Cuando me pasa eso con un libro, lo disfruto muchísimo y cuando me dicen que les pasó eso con este libro, que se les terminó muy pronto, que se embalaron, me pongo muy contenta. No quería que fuera una lectura difícil, ni hermética, sino que la experiencia de lectura fuera placentera, como lo fue para mí escribirla, porque la verdad que la pasé bien haciéndola, fue un buen escondite a donde ir en los años estos de Milei. Y aunque me gusta pensar que soy muy rebelde y cuestionadora, en mi forma de estar me parezco bastante a mi abuela, que era bastante hincha, le encontraba el pelo al huevo a todo, nada la conformaba. Me ilusiono con que hago mi propio camino, pero por ahí repito más cosas de las que quiero admitir.
Mariana Eva Pérez básico
- Nació en Buenos Aires en 1977. Es licenciada en Ciencia Política (Universidad de Buenos Aires) y doctora en Literatura Románica (Universität Konstanz, Alemania).

- Publicó Diario de una princesa montonera – 110% Verdad (Planeta, 2021), un clásico de la literatura postdictatorial que va por su sexta reedición, y Fantasmas en escena. Teatro y desaparición (Paidós, 2022), tesis doctoral que recibió el Premio de Promoción Científica de la Ciudad de Konstanz (2021). Constanza y Matute hacen la porquería es su último libro.
- Escribió la dramaturgia de Instrucciones para un coleccionista de mariposas (2002), Ábaco (2008), Peaje (VI Premio Germán Rozenmacher, FIBA, 2009) y ANTIVISITA/Formas de entrar y salir de la ESMA (2022). Sus obras se representaron y publicaron en Argentina y en el extranjero.
- También coeditó El pasado inasequible. Desaparecidos, hijos y combatientes en el arte y la literatura del nuevo milenio (2018) y participó de las antologías Infancias sobrevivientes (2025) y Materia de memoria (Emecé, 2026). Actualmente es becaria postdoctoral del CONICET, donde investiga las producciones culturales de infancias afectadas por el terrorismo de Estado. Integra el Grupo de Estudios sobre Teatro Contemporáneo, Política y Sociedad en América Latina (Instituto de Investigaciones Gino Germani, UBA) y ha publicado numerosos artículos en revistas académicas.
- Es querellante en juicios de lesa humanidad y ha participado de diversos proyectos que combinan activismo, ciencia y artes.
Constanza y Matute (hacen la porquería), de Mariana Eva Pérez (Emecé).
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