Lo que me tocó presenciar recientemente en Europa no es solo inusual; es derechamente desconcertante. Transité durante casi tres meses por un itinerario que incluyó París, Normandía, Bretaña, el sur de Inglaterra, Londres y Escocia. En todo ese trayecto —frecuentado en reiteradas oportunidades durante años— me encontré con un escenario inédito: no cayó una sola gota de lluvia.
Para quien conoce la geografía británica, la estampa resulta inverosímil. Escocia e Irlanda son territorios moldeados por una llovizna persistente, esa famosa “garúa finita” que evoca la tradicional bendición irlandesa y que sostiene un verde que no existe en otra parte del mundo. Sin embargo, durante los ocho o nueve días que permanecí en suelo escocés, el cielo se mantuvo hermético. La gente miraba hacia arriba esperando el agua habitual, pero la respuesta fue un silencio meteorológico absoluto.
Las consecuencias visuales de este fenómeno son drásticas. Londres, una ciudad caracterizada por sus espacios verdes —imaginemos múltiples Bosques de Palermo integrados en el tejido urbano—, lucía completamente amarillenta. En Hyde Park, el césped perdió su vitalidad al punto de volverse indistinguible de la pista de arena destinada a la equitación; dar un paso significaba levantar polvo. Las canchas de golf y los parques tradicionales compartían el mismo tono árido.
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Ola de calor e incendios: el impacto climático que golpea a Estados Unidos y Europa
Esta alteración climática no es meramente estética. Olas de calor sofocantes han golpeado al continente hasta las vísperas del otoño, dejando un saldo alarmante de exceso de mortalidad en países como Francia, donde se han reportado decenas de miles de decesos asociados a las altas temperaturas o a complicaciones de salud agravadas por el contexto térmico.
La gran pregunta es qué hay detrás de este trastorno. Sin pretender sentar una posición categórica sobre si responde exclusivamente al cambio climático, a ciclos como El Niño y La Niña, o a variables aún no ponderadas —incluso en el ámbito público se han llegado a mencionar hipótesis sobre el impacto de ensayos nucleares subterráneos—, lo cierto es que la acumulación de episodios extremos, sumada a la recurrencia de movimientos sísmicos en distintas regiones del globo, sugiere que algo se ha desencadenado tanto en la superficie como en las profundidades de la Tierra.
Determinar la causalidad exacta requerirá rigor científico y análisis de largo plazo. No obstante, la experiencia empírica nos sitúa ante una realidad inocultable: los patrones geográficos y meteorológicos sobre los que estructuramos nuestra noción del mundo están cambiando a una velocidad que exige atención e incertidumbre a partes iguales.
MEG