Megacausa La Perla: Una mañana de sol para tanto dolor

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Megacausa La Perla: Una mañana de sol para tanto dolor

La sala del primer piso del edificio de los Tribunales Federales, frente al Parque Sarmiento, estaba repleta. Revestida en madera, parecía un interior inexpugnable, lejos de intromisiones y de sonidos. Pero cuando el presidente del Tribunal N° 1, Jaime Díaz Gavier, después de leer el largo fallo, de pronto levantó sus ojos y apuntó a los ojos de Luciano Benjamín Menéndez, algo demasiado intenso pasó.

Había llegado el momento crucial: las sentencias. El juez, con voz firme, pronunció las palabras: “Prisión perpetua”. Fue entonces cuando el eco de una explosión de miles de voces vino de la avenida Concepción Arenal y las paredes que antes parecían sordas, de pronto fueron franqueadas por la vibración incontenible de un anhelo de décadas.

Aquel jueves 25 de agosto de 2016, el sol derramaba desde el amanecer toda su vocación luminosa. Había en el aire de la mañana fresca, pero fresca de recién nueva, una tibieza de metáfora que vendría a poner un abrigo de sentido final a la memoria de tanto dolor, primero, y de tanto crimen aberrante. Estábamos asistiendo a la agonía de un largo, oscuro, lacerante y frío invierno de cuatro décadas.

La multitud, hecha de militantes de derechos humanos, más ciudadanas y ciudadanos con el pulso agitado por la sed de justicia. En la sala, estaba la inolvidable y maravillosa Sonia Torres, la inmensa Abuela, el gran estandarte. La reunión alcanzaba a más de 10 mil personas que cantaban y enarbolaban sus pancartas, incluyendo las fotos de los que ya no estaban pero que sí habían venido al gran momento señalado. El gran momento de la reparación

Era el principio del día final del juicio más extenso y más significativo de la historia judicial de Córdoba: la llamada Megacausa La Perla (716 víctimas, 581 testigos, medio centenar de acusados) que juzgó crímenes de lesa humanidad cometidos en ese centro clandestino de detención y en Campo de la Rivera y la D2, entre otros rincones siniestros. Y en el desconcierto de situación matinal que generaba la luz artificial de la sala, el estruendo llegó desde la calle justo cuando el sol estaba en lo más alto del mediodía, bien arriba, bien brillante.

El segundo eco de celebración de la multitud llegó con la condena a prisión perpetua para quien fuera el mayor Ernesto Barreiro. Fueron, en total, 28 perpetuas entre los 43 imputados que llegaron al final del juicio.

Historias a la luz de la verdad

Menéndez ya había sido sentenciado a varias condenas máximas (recibiría un total de 13). Es que en cada juicio no sólo estaba en juego la demostración de su responsabilidad ni la de otros asesinos, sino las desgarradoras historias de cada una de las víctimas que, caso por paso, merecía que la Justicia las pusiera a la luz de la verdad.

El “plan sistemático de eliminación de opositores”, según la definición del Tribunal Oral Federal N°1 que llevó adelante la Megacausa (Julián Falcucci y José Quiroga Uriburu, además de Días Gavier), llegó aquí a su paroxismo. Esa dimensión de crímenes de lesa humanidad que se cometieron en Córdoba reveló una enorme intensidad represiva desatada aquí.

En los alegatos de aquel proceso de casi cuatro años de duración, culminado el 25 de agosto de 2016, el fiscal Facundo Trotta (lo acompañaban Rafael Vehils Ruiz y Virginia Miguel Carmona) señaló: “Se trató de la más cruenta, salvaje e inhumana represión ejecutada con el deliberado objetivo de despolitizar y recluir a la ciudadanía”.

El fallo, de un expediente de 4.700 fojas, dejó además un contundente concepto. “Todo acto de desaparición forzada será considerado delito permanente, mientras que los autores continúen ocultando la suerte y el paradero de las personas que han desaparecido”. Es decir, la vieja y sangrienta represión sigue cometiendo crímenes.

Mientras, los restos hallados durante este año en los terrenos de lo que era el Centro La Perla por el Equipo Argentino de Antropología Forense (Eaaf), de los cuales se han logrado identificar a 29 desaparecidos —eufemismo de asesinados— han venido a decirnos que todavía queda mucho por revelar y reparar, más allá del pacto de silencio de los represores.

El Estado y las personas

Lo sufrido en Argentina está en el recuento de las peores pesadillas del mundo: el terrorismo fue ejercido con todo el peso del Estado, con instituciones de la sociedad toda torturando, asesinando en la clandestinidad. Esta dimensión debería superar cualquier posición ideológica y discusión sobre números.

“El Estado debe ser mejor que las personas”, nos diría el día después el juez Jaime Díaz Gavier, que antes ya había mirado a los ojos para darles su condena al dictador Jorge Videla y a otros represores, incluyendo varias veces a Menéndez.

Y ahora, señaló: “La sociedad argentina en su conjunto fue herida por este proceder de los sectores de poder que llevaron adelante el terrorismo de Estado, tratando de imponer de esta brutal y delictiva manera una concepción de la sociedad y del Estado. Los jueces que llevamos adelante estos juicios nos imponemos la obligación no sólo de condenar a responsables directos, sino también determinar la responsabilidad del Estado argentino, representado entonces por un gobierno de facto”. Y agregó: “Pero incluso aquellos aún democráticamente constituidos incurren en violaciones de derechos humanos de segunda y de tercera generación, como el derecho a un salario justo, a la salud pública, a la educación, a la posibilidad de la investigación científica y técnica, a la justa retribución previsional”.

La sociedad argentina aún puede sostener una esperanza en sí misma luego de demostrarle al mundo que ha sido capaz de mirar a los ojos de sus propios monstruos, de juzgarlos y de condenarlos. Al menos a los ejecutores, aunque los ideólogos civiles casi no fueron al banquillo.

“Te mentiría si digo que siento odio; ni siquiera pienso en que los culpables mueran en la cárcel. Las abuelas trabajamos desde el amor. Quiero que los argentinos tomemos conciencia para que no haya impunidad. Que las generaciones que vienen no tengan que sufrir lo que sufrimos nosotros”. Fueron las palabras de Sonia Torres luego del fallo.

Si el dolor no dejara enseñanzas, tanto en las personas como en las sociedades, la aventura humana sería absurda.

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