No alcanzó la derrota clara y contundente (más contundente en el juego que en los números) ante España, tampoco la infinita tristeza de Messi y sus compañeros, toda marcada en su cara al ir a buscar y colgarse la medalla plateada del segundo puesto con gran dignidad. A Leandro Paredes sólo le importó sacarse la furia golpeando a Eric García, primero, y a Gavi, después. Ahora llegaron 10 fechas de suspensión y una multa de 90.000 dólares. Es como quien hace un gran gasto con la tarjeta de crédito y después se olvida. Pero en un tiempo llega el resumen y hay que pagar.
Por su parte, Nahuel Molina se desquitó con Rodri, el virtuoso capitán español y flamante jugador del Barcelona. Pretendió corregir su floja actuación agrediendo al mejor futbolista del encuentro y ganador del Balón de Oro como mejor jugador de la Copa del Mundo. También debe pagar 90.000 dólares, aunque su suspensión abarca algunos partidos menos que Paredes, 7. Thiago Almada recibió sólo 1 partido de inhabilitación y 30.000 dólares de multa. Roberto Ayala, integrante del Cuerpo Técnico, también anduvo a los bifes. Deberá pagar 30.000 dólares y pasarse 3 partidos sin ocupar su lugar en la zona técnica. El español Gavi fue sancionado con 1 partido de inhabilitación y 30.000 dólares.

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El dolor por la derrota, la frustración por ver vencido a un equipo que ganaba casi siempre y, hasta ahí, se había llevado el triunfo en sus siete anteriores presentaciones –aún jugando por debajo del nivel que le conocimos en Qatar y en las Eliminatorias– la incapacidad general de aceptar perder un partido importante, es el disfraz que se usó para tapar el bochorno del final.
La nula resistencia a la frustración
Sin embargo, la sanción a los jugadores que participaron de la gresca final expone el papelón. Ver a Paredes a las trompadas, a Molina y Almada metidos en un lío incomprensible para ese momento, nos da el peor mensaje en el sitio y minuto menos indicado. Ni siquiera me refiero a que “nos está mirando el mundo”. Que “nos mire el mundo” es, acaso, lo menos relevante. Muchas veces, nosotros vemos papelones peores y más graves del “mundo”. Los hacen igual, nadie pide disculpas y, lo que es peor, accionan sobre la humanidad con el peso de un yunque.
Pero esto fue grave porque habla de conductas y de una casi nula resistencia a la frustración. En tiempos de José Pekerman, se hizo mucho foco en la conducta de los futbolistas que salían al bendito mundo vestidos de celeste y blanco y estos finales oprobiosos dejaron de ocurrir. Por más furia por una derrota, o mal arbitraje que hubiera, la consigna era saludar e irse. Llorar, patalear, revolear insultos, todo era permitido, pero entre las cuatro paredes de un vestuario, en la privacidad más absoluta.
Ese comportamiento fue diluyéndose en la medida que el tiempo fue avanzando. Y es curioso, porque Leonel Scaloni, Pablo Aimar y Walter Samuel son producto de la Era Pekerman, tanto en la forma de manejarse como en temas vinculados con la conducta. Incluso, el mismísimo Roberto Ayala fue jugador de José en el Mundial 2006. Tanto Scaloni como Aimar y Samuel hicieron ingentes esfuerzos para terminar cuanto antes con la gresca, pero apenas pudieron sacar a los jugadores mas enajenados.
No es la FIFA el ejemplo de todo lo bueno del mundo. Es más, en muchos casos es ejemplo de lo contrario. Tampoco se trata de ponerse a discutir si 10 fechas de suspensión –o 7 ó 3 ó 1—son muchas o pocas, si es justo o injusto. Este pensamiento no es un aval a la FIFA. De hecho, e independientemente de que el artículo 13, apartado 2, inciso C del Código Disciplinario de la FIFA (“servirse de un evento deportivo para realizar manifestaciones de índole distinta a la deportiva”) castigue con una multa de 321.000 dólares la exhibición de la improvisada bandera en favor de la soberanía argentina sobre las Islas Malvinas que tanto nos emocionó y que tuvo una influencia brutal en cuestiones políticas internas de la Argentina, nos parezca desmesurada o nos importe un bledo, no implica que puedan avalarse reacciones y agresiones a rivales que ganaron jugando mejor que nosotros.

Es más, la sanción también habla de que la AFA es castigada por violar el artículo 15 (“Discriminación y agresiones racistas”), sin que quede claro si es por el famoso canto “el que no salta es un inglés” o por qué otra cuestión. Es un disparate por donde se lo mire.
No es la FIFA el ejemplo de todo lo bueno del mundo. Es más, en muchos casos es ejemplo de lo contrario. Tampoco se trata de ponerse a discutir si 10 fechas de suspensión –o 7 ó 3 ó 1—son muchas o pocas, si es justo o injusto. Este pensamiento no es un aval a la FIFA. De hecho, e independientemente de que el artículo 13, apartado 2, inciso C del Código Disciplinario de la FIFA (“servirse de un evento deportivo para realizar manifestaciones de índole distinta a la deportiva”) castigue con una multa de 321.000 dólares la exhibición de la improvisada bandera en favor de la soberanía argentina sobre las Islas Malvinas que tanto nos emocionó y que tuvo una influencia brutal en cuestiones políticas internas de la Argentina, nos parezca desmesurada o nos importe un bledo, no implica que puedan avalarse reacciones y agresiones a rivales que ganaron jugando mejor que nosotros.
Es más, la sanción también habla de que la AFA es castigada por violar el artículo 15 (“Discriminación y agresiones racistas”), sin que quede claro si es por el famoso canto “el que no salta es un inglés” o por qué otra cuestión. Es un disparate por donde se lo mire.
Pero los casos de Paredes, Molina y Ayala y, en menor medida, Almada, acaso sean un signo de estos tiempos, en los que una derrota o una frustración es igualada al fin de todas las cosas o a que no nos entre en la cabeza la posibilidad de que gane el rival y de que ese mismo adversario juegue mejor. Esos golpes y esas peleas son parientes directos de las historias conspirativas absurdas que surgieron desde algunos medios y que, por la misma dinámica de la pelea, fueron tomadas como un hecho irrefutable. Hay un sector de la sociedad –futbolera o no—que sigue aferrada al “algo pasó”, por las palabras de Messi, porque salieron lesionados Cuti Romero (jugó 7 partidos, fue reemplazado en 5, llegó con un problema en la rodilla) y Lisandro Martínez (tuvo una temporada con lesión importante, una recuperación muy justa), porque no entró Lautaro Martínez cuando estábamos 0-1 (por las lesiones, Scaloni se quedó sin posibilidad de cambios), que la Selección Argentina no jugó bien en ningún partido salvo el segundo tiempo con Inglaterra, que España venía en ascenso y que el trámite del partido era una situación posible, al menos, para quienes estuvimos trabajando en el Mundial durante un mes y medio recorriendo miles de kilómetros siguiendo al equipo, escuchando conferencias y hablando con los jugadores y viendo y conociendo a los rivales. Ni siquiera los hizo renunciar a esa idea la delicadísima despedida de Leo Messi a su padre, fallecido el 8 de agosto. Al igual que el grotesco del final, esos pensamientos tienen un similar origen de frustración e imposibilidad de entender al fracaso deportivo como una chance concreta. Es probable que los jugadores tengan la coartada de las pulsaciones elevadas y que tanto encierro y tanta ilusión se fueran por la canaleta, después de 120 minutos sin que pudieran revertir la historia. Pero es casi el mismo origen.
AFA apelará, en busca de alguna reducción
A través de sus abogados –encabezados por el doctor Andrés Patón Urich—la AFA va a apelar las sanciones, para lo cual le cabe un plazo de diez días hábiles. Si no resulta, seguirá camino hacia el TAS (Tribunal de Arbitraje Deportivo) como última instancia. Hay alguna posibilidad de que esta gestión haga que reduzcan algunas penas.
Pero no cambia el concepto, porque esta vez fue la Selección Argentina, pero vemos equipos argentinos en los torneos continentales terminar en discusiones o peleas colectivas por el solo hecho de haber perdido o quedar eliminados, por sentirse perjudicados por el árbitro o por alguna chispa que se encendió entre dos o mas futbolistas.
Argentina debe salir rápidamente de eso. La educación deportiva que tiene Lionel Scaloni debe ser la herramienta para sacarlos de ese lugar. Nuestro equipo pierde muy poco, nos llenó de orgullo durante cinco años, obtuvo triunfos y records sensacionales, alargó la carrera de Leo Messi. No admitir la derrota como posibilidad, en el más alto nivel, es una falla grave. Las sanciones podrán parecer justas o exageradas, ya no importa. Es tema para una discusión de café.
Lo verdaderamente importante es que volvamos a ser los que fuimos. Importa que aquellas vigentes enseñanzas de José Pekerman sean un credo para esta generación de futbolistas y para las que vienen. Que una derrota, por más dolorosa que sea, no nos haga olvidar de quiénes somos, de dónde venimos y hasta dónde llegamos.