Parece cuento: en 1938, las tres poetas más grandes de Latinoamérica se encontraron en Montevideo en un acontecimiento que permanecía casi secreto hasta que la escritora y periodista Gabriela Borrelli Azara lo descubrió gracias a una obsesión. Ella rastreaba en archivos viejísimos la voz de Alfonsina Storni; le habían contado que la poeta llenaba teatros y daba conciertos de poemas en el hotel Provincial de Mar del Plata.

En esa búsqueda, escuchó el audio de una conferencia en la que Alfonsina leía uno de sus poemas y agradecía a “Gabriela y Juana”.
Así nació Montevideo 1938. El verano interminable, un ensayo que recorre las distintas situaciones, leves coincidencias y, sobre todo, las pasiones que unían a Alfonsina Storni, Juana de Ibarbourou y Gabriela Mistral en la cima de sus carreras, trayectorias que finalmente las llevaron a un momento mítico de la poesía.
No se trata de una investigación a secas: lo que hace Borrelli se acerca al núcleo de la poética de las tres mujeres. Y lo hace a través de la indagación en las cartas que se enviaron, en esos registros mínimos pero certeros de la comunicación que mantuvieron a lo largo del tiempo.
“A la poesía como acontecimiento no se la busca en forma directa, sino que se camina constante e insistentemente hacia ella, siempre buscándola sin precisiones sobre dónde encontrarla. Así como surge el poema, surgió también el encuentro que me sigue pareciendo maravilloso”, escribe en las primeras páginas.
Inteligencia y sensibilidad
A medida que avanza, con una curiosidad llena de inteligencia y sensibilidad, Borrelli se sumerge en la vida y la obra de las tres poetas.
Lo que hace es elegir los detalles más significativos, esos que le llaman la atención y las retratan mejor que cualquier biografía exhaustiva. Habla, de muchas maneras, de lo difícil que era ser mujer y poeta en esa época, y de los recorridos y estrategias que adoptó cada una para insertarse en el mundo literario.
Por empezar, Mistral entiende desde chica que, para involucrarse en la cultura, necesita también participar en la política: escribe poesía, da clases y ofrece conferencias, tomando todo como parte de lo mismo.
En cambio, Storni tiene vocación de ser popular; se vuelve la única mujer poeta en un grupo de varones, entre ellos Baldomero Fernández Moreno y Horacio Quiroga (con quien, si bien tuvo un romance, nunca se casó, lo que le permitió conservar una libertad inusual para su tiempo).
Más allá de eso, nunca dejó de vincularse con el ambiente literario, incluso cuando perdió su trabajo por publicar su primer libro de poemas. Puede ser que la más diferente de las tres sea Ibarbourou, quien trabaja para ser consagrada como una poeta nacional.
Tanto es así que en 1929 fue ungida como Juana de América, casada con el continente entero. Es decir, de una u otra manera, las tres encontraron una forma de salir de esa jaula a la que se relegaba a las mujeres poetas en aquella época.

Fue un verano legendario. El último de Storni antes de suicidarse en Mar del Plata a raíz de una enfermedad terminal, por supuesto; y también el enero en que las tres escritoras dieron tres conferencias en una cumbre que hoy resulta mítica para la poesía latinoamericana.
Pero el ensayo no se queda ahí: podría decirse que propone un linaje de poetas que funcionan como antecesoras, reales o imaginarias, de estas tres mujeres. Entre ellas, la uruguaya Delmira Agustini, quien parece unirlas desde sus poemas y desde la tragedia de haber sido víctima de un femicidio.
A lo largo del ensayo se ven las dos vertientes que alimentan la obra de Borrelli, por un lado su labor como investigadora y especialista en poesía latinoamericana, en los que compiló libros imprescindibles para el feminismo como Lecturas feministas (Futurock); que le dan precisión y claridad a todo el recorrido que porpone; y por otro su mirada poética, es autora de los poemas de Hamaca Paraguaya (Patronus, 2019).
Voz ensayística íntima
Más aún, con tantos datos e información, podría imaginarse que se trata de una investigación dura; sin embargo, la voz ensayística es íntima: desliza hipótesis y deja que aparezcan los chismes que circulaban en la época (entre ellos, un supuesto romance de Storni con un enamorado uruguayo que escandaliza a Ibarbourou).

Con naturalidad y picardía, consigue que las tres mujeres se vuelvan de carne y hueso, no solo figuras míticas. Así se sienten las tensiones, los idas y vueltas, las mínimas disputas. A lo largo de la narración planta preguntas, aquí y allá, que abren posibilidades sobre ellas que resultaban inimaginables. En otras palabras, las tres poetas cobran vida de nuevo entre sus páginas.
“Lo que está detrás es la historia de una complicidad alrededor de una suerte de enemistad. Un evento que quedó en la historia como un hito empujado por los sentimientos humanos más universales, comunes e inevitables”, se lee antes de empezar el segundo capítulo. Claro que los lazos entre ellas no siempre fueron pacíficos.

De todas formas, decir más sería adelantar algo que la lectura del ensayo dosifica con una maestría precisa, ya que Borrelli no solo se sumerge en los archivos que dan cuenta de los sucesos, sino que también lee la vasta correspondencia que intercambiaron las escritoras y las escucha en conferencias y documentos.
Pensándolo así, más que leer, Borrelli parece poner todo el cuerpo para escuchar y sentir qué es lo que se tejió a lo largo del tiempo entre estas tres poetas maravillosas.
Quizás por eso en el ensayo aparece un enigma que se desenvuelve a medida que la narración avanza. La sensación durante la lectura es de descubrimiento y, en muchos momentos, provoca el mismo placer que la poesía que indaga.
Montevideo 1938. El verano interminable, de Gabriela Borrelli Azara (La Libre).