El miércoles pasado, millones de pequeños ahorristas chinos hicieron fila virtual para comprar acciones de una empresa cuyos productos conocen sobre todo por videos de internet. La empresa se llama Unitree, fabrica robots humanoides y perros mecánicos, y salió a cotizar en la bolsa de Shanghái con una demanda que superó ocho mil veces la oferta disponible, un récord absoluto para el mercado tecnológico chino. Por cada acción que existía había 8 mil personas queriendo comprarla.
Unitree es la compañía detrás de esos robots que probablemente viste bailar en algún video viral, los que hacen artes marciales, los que caminan por terrenos imposibles. Sus humanoides se venden desde unos dieciséis mil dólares, bastante menos que un auto. Hasta el miércoles era una promesa tecnológica con videos espectaculares. Desde el miércoles es también el lugar donde millones de familias chinas depositaron sus ahorros y algo más difícil de nombrar, que se parece bastante a la fe.
Hace un mes escribí en esta columna sobre otra fila china, la de la gente despidiéndose de sus novios virtuales. El gobierno de Beijing había puesto reglas duras sobre las IA de compañía y las aplicaciones más usadas del país prefirieron apagar la función antes que adaptarla, dejando a millones de personas sin esa voz que les preguntaba cómo estuvo el día. Hubo despedidas por escrito, capturas de pantalla guardadas como cartas de amor, duelo genuino por algo que nunca estuvo vivo. Un mes después de aquel apagón, el mercado chino explota de entusiasmo por el compañero que viene con cuerpo.
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Porque conviene decir para qué se supone que van a servir estos robots. La industria habla de fábricas y logística, aunque el negocio que todos miran de reojo es otro, el del cuidado. China envejece a una velocidad que asusta a sus propios planificadores, con cientos de millones de personas mayores y cada vez menos hijos disponibles para acompañarlas. El humanoide que hoy baila en los videos aspira a ser, en unos años, el que le alcance los remedios a una señora que vive sola, el que la ayude a levantarse, el que le conteste cuando hable. Detrás de la apuesta de los ahorristas asoma la soledad como verdadero mercado. Están invirtiendo en la industria que promete llenar el hueco que dejamos nosotros.
Vengo escribiendo hace meses sobre ese hueco desde distintos ángulos. La mamá de un amigo que habla todas las noches con ChatGPT. El barbero de mi infancia que sabía más de sus clientes que muchos familiares, y las conversaciones de barrio que se mudaron a la pantalla. Los chinos despidiéndose de un novio de software. Cada capítulo repite la misma estructura de fondo, la de una época que produce soledad a escala industrial y después vende, también a escala industrial, los productos para administrarla. El robot con cuerpo es el paso siguiente de esa cadena, el más ambicioso y el más caro, y el mercado acaba de votarlo con un fervor de ocho mil a uno.
Me quedo pensando en la naturaleza de esa fila de ahorristas. Ahí no había fondos sofisticados con analistas, había gente común poniendo los ahorros de su trabajo en la promesa de que las máquinas van a saber acompañarnos. Cualquier analista lo describiría como una inversión de riesgo en un sector emergente, y sin embargo a mí me suena a confesión colectiva, a la admisión de que ya damos por perdida la otra opción, la de que nos acompañemos entre nosotros. Nadie invierte ocho mil a uno en algo que cree evitable.
Los robots de Unitree bailan muy bien, eso es innegable. Todavía nadie sabe si van a cuidar viejos a la escala que la acción promete, ni cuándo. Mientras tanto, en Shanghái y en Buenos Aires, hay señoras que cenan solas esta noche, y la respuesta que el mundo está financiando con récords históricos viene con motores y garantía de fábrica. El amor ya cotiza en bolsa. Los que nunca cotizaron bien somos nosotros, los que todavía podríamos llegar antes que el robot, tocando un timbre, sin pedir nada a cambio.
* Autor y divulgador. Especialista en tecnologías emergentes.