Espejo de un territorio desmembrado

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Espejo de un territorio desmembrado

“Nunca se terminan de conocer las formas que toma el amor”. (Andrea Ojeda)

Una luz tenue va iluminando la escena dejándonos ver a una mujer sentada en su vieja silla de ruedas. No está sola. Está velando a su marido, al “padre” que yace sobre la mesa en la que antes se comía. El cuerpo tieso y “ramoso” evidencia el tiempo que se tarda en enterrar lo que se nos ha marcado a fuego.

Otras sombras habitan el espacio. Ropas viejas, zapatos y objetos de todo tipo inundan el piso del lugar haciéndolo casi intransitable. Innumerables cajas distribuidas en el fondo son las que van conteniendo lo juntado y lo que se juntará.

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Vemos alrededor de la mesa donde yace el cuerpo a sus tres hijos varones mientras, las hijas mujeres, murmuran posibles soluciones detrás de la madre.

El tiempo en esa casa se ha roto.

Ellos que habían sido una familia hasta con un cartel en la puerta de la casa estaban, ahora, desmembrándose. Es que, muerto el padre, se ha roto la cadena que los enmudecía.

La madre que parecía un objeto más a embalar sorprende cuando se incorpora para dar pasos errantes por toda la habitación. Lo hace maldiciendo, increpando, arrepintiéndose o rogando. Invariablemente la travesía de su errático andar la devuelve a su silla para dejarse caer una y cien veces.

Golpeada por lo irreparable también escucha una voz que no sabe si es su voz o la de alguien más.

Mientras el padre muerto y cada vez más presente se descompone sobre la mesa, buscan como seguir, qué hacer con lo que se debe, como repartir lo que queda y, sobre todo, qué hacer con “la vieja”.

En esta atmósfera fantasmagórica y caótica es, donde hermanas y hermanos, intentan soluciones gastadas.

El espectáculo que produce el grupo Inclaudicables desenvuelve un lenguaje corrido del realismo y un humor que emerge de las contradicciones y situaciones dolorosamente desopilantes que estos personajes transitan. Buscan justificar algo que ya está mortalmente cuestionado. Parámetros que se convirtieron en “humo”.

La obra que nos entrega nuestra dramaturga Andrea Ojeda impacta planteando distintos sentidos de lectura articulados de manera inteligente. El más reconocible es el que se proyecta a través de esta familia que, con un padre a la cabeza, establece relaciones de poder que buscan silenciar y encubrir hechos inadmisibles, violatorios de toda humanidad, que han ocurrido a lo largo de su historia.

Nos presenta un modelo rígido de familia que, como unidad básica del entramado social necesita de complicidades, del mirar para el costado, de anestesiar la propia voz. Mutilaciones que, como veremos, tarde o temprano se pagarán caro.

Un “corcet” hacia su interior para que no se quiebre la “fachada” de familia funcional frente hacia el afuera social. Una “imagen” de familia que, ahora con el padre muerto, veremos estallar.

El montaje busca elaborar junto al espectador sobre posturas naturalizadas que con simples preguntas tambalean y se resquebrajan. Un “coro” familiar que queda al desnudo y con humor frente a la incapacidad real de asumir alguna responsabilidad de los actos del pasado, como de los propios y futuros pasos.

“LA MESA, o las formas que toma el amor” también nos alerta sobre las consecuencias de los modelos patriarcales y conservadores.

Una casa en la que sucede lo que, sin duda, sucede en muchas otras casas: el intento del salvarse solo, los tratos impunes sobre lxs otrxs, la ausencia de empatía, el deber ser, junto a la imposibilidad de dejar atrás aquello que ya se ha metido en el cuerpo y se ha tornado constitutivo de cada uno y cada una. El pasado como sombra latente de la situación presente.

Espejo de un territorio desmembrado, violado, codiciado, maniatado, violentamente callado.

El pasado no saldado siempre nos alcanza. Nos alcanza en lo individual y también en lo colectivo.

*Director de La mesa, o las formas que toma el amor.

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