Hay una explicación para entender por qué los políticos se pusieron a hablar ahora de las elecciones, las alianzas y las candidaturas cuando todavía falta un año entero para las PASO. En realidad, son dos explicaciones.
En el caso del peronismo, el único de los partidos, junto a la izquierda, que se para de manera indubitable en la oposición, tuvo que suspender por un rato su pelea interna para ponerse de acuerdo en defender las Primarias frente al proyecto del Gobierno de eliminarlas. Las PASO son, según ellos mismos creen, la única posibilidad que tiene el peronismo para resolver sus diferencias de manera eficiente y conseguir unificarse detrás de una candidatura única, o casi única.
El oficialismo se activó por una necesidad distinta. El Gobierno está desesperado por enviarle al mercado la señal de que puede llegar a la elección con una alianza política más amplia y sólida que la que tiene hoy, que incluya de manera formal al PRO y al menos una parte del radicalismo. Hoy, los jugadores de los mercados financieros que tienen algún interés en la Argentina no están muy seguros de que Javier Milei consiga ese reelección, sobre todo porque lo ven cada vez más solo.
El primero que detectó esa carencia fue Luis Caputo, cuando convenció al Presidente de la ventaja de preservarse del escándalo que desató el incremento patrimonial de Manuel Adorni y empezó a esquivar las fotos con el malogrado jefe de Gabinete. Hoy, Karina Milei y Diego Santilli están militando la conversación con el PRO para tratar de despejar la posibilidad de una candidatura macrista que le reste votos a la postulacción del Presidente.
Esa nueva debilidad del oficialismo, que acaba de ganar un turno electoral el año pasado, animó a una serie de autopercibidos outsiders –probablemente los outsiders con mejores conexiones con el establishment político, empresarial, judicial, religioso y diplomático de la historia mundial– a anotarse prematuramente en la carrera presidencial.
Este último fenómeno plantea una paradoja. Por el perfil que tienen, esos candidatos que se paran entre los dos polos de la grieta pueden restarle más apoyos al Presidente que al peronismo. Es decir que, en principio, le generan un problema político mayor al oficialismo que a la oposición.
Pero, a su vez, la única manera que tiene Milei de bajar el nerviosismo en el mercado, una emoción que llevó al Riesgo País a su nivel más alto en tres meses, es competir contra candidatos que prometan mantener algunos de los cambios que impuso la gestión libertaria, entre ellos la pretensión de mantener el equilibrio fiscal. Si los inversores creen que el resultado electoral no cambiará radicalmente el modelo, podrán pensar que no es tan riesgoso para su dinero al menos sobrevolar la Argentina. Para decirlo de otra manera, una desventaja política puede traerle al Presidente una sensación de tranquilidad económica que le sirva para mejorar sus posibilidades en la elección.
A pesar del apuro, todavía no hay manera de establecer qué jugadores y en qué mapa dirimirán la sucesión de Milei. Todavía falta saber si el Gobierno consigue reactivar la economía y, además, ponerse a salvo de las consecuencias de las dos grandes elecciones de este año:la presidencial de Brasil y la legislativa de Estados Unidos.